Superman no logra escapar de un tono simplón y caricaturesco que sepulta cualquier comentario atingente. / theguardian.com
Superman no logra escapar de un tono simplón y caricaturesco que sepulta cualquier comentario atingente. / theguardian.com

Superman con la capa caída

La nueva película del Hombre de Acero trivializa conflictos reales bajo un espectáculo hollywoodense


Superman es innegablemente un ícono imperialista. Su figura representa la máxima expresión del capitalismo hegemónico estadounidense, cuyo único fin es expandir su dominio ideológico más allá de sus fronteras para explotar los recursos naturales de otros países y enriquecer a unos pocos millonarios. Sin embargo, el llamado Hombre de Acero primero fue un referente de la clase obrera estadounidense y los migrantes. Ese impacto en la niñez de varias generaciones hizo que una gran cantidad de artistas hayan dado una enorme lucha ideológica a contracorriente por rescatar la pureza del personaje y que las nuevas generaciones pudieran representarse en él también.

La nueva película de Superman (2025), dirigida por el cineasta norteamericano James Gunn, intenta abordar los conflictos de Israel/Palestina y Rusia/Ucrania, trasladándolos a territorios ficticios llamados Boravia y Jarhanpur, y creando un presidente, Vasil Ghurkos, que amalgama rasgos de Trump. No obstante, no logra escapar de un tono simplón y caricaturesco que sepulta cualquier comentario atingente debajo de la frivolización de la tragedia bélica y del genocidio.

Una cosa es que Superman deba tomar una postura moral frente a estos conflictos, otra distinta es utilizar problemáticas reales para engrandecer la figura nostálgica del héroe, que más allá del símbolo moderno del “bien”, es una marca registrada que pertenece a Warner Bros y DC Comics. Que un niño de “Jarhanpur” levante una bandera de Superman para que este lo salve de los tanques de Boravia funciona dentro de la lógica de la película, pero es un completo desatino cuando se extrapola al conflicto palestino y a los horrores que hemos presenciado en ese lugar.

Superman es una marca registrada que pertenece a Warner Bros y DC Comics. / pagina12.com.ar

Sin la profundidad suficiente para ser crítica, la película transforma el genocidio en una escena donde Superman actúa únicamente por ser bueno y correcto. Un mensaje que podría ser poderoso se ve debilitado por la obsesión de construir un universo cinematográfico y forzar momentos cómicos, por ejemplo las constantes interrupciones del perro espacial Krypto. En ningún momento vemos a Superman acudir realmente al llamado desesperado de Jarhanpur, como si la editorial quisiera proteger la imagen intachable de su héroe.

Esa doctrina de poner el producto de “consumo seguro” por sobre cómo el personaje se relaciona con el mundo real está destinada a llevar al ícono al ostracismo y el eventual ocaso de su figura.

Superman es, en definitiva, una maquinaria hollywoodense que busca generar millones explotando un personaje popular. Sin embargo, alguna vez logró conectar con la clase trabajadora, no solo estadounidense, sino mundial. Aunque en esta nueva versión el héroe aparezca “de capa caída” y bajo un cielo sin estrellas, queda la pregunta de cómo alcanzó semejante impacto en la infancia de tantas generaciones. Quizás esa reflexión nos lleve, de una vez por todas, a comprender que no necesitamos hombres voladores que nos “salven”, sino pueblos que se levanten: Hacia una kriptonita emancipadora.

Comparte en redes sociales:

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Te Recomendamos