Narradora perteneciente a la Generación del 55 o de la posguerra, poeta, dramaturga, ensayista, académica, Carmen Martín Gaite diseccionó las relaciones entre mujeres y hombres bajo el franquismo
La han calificado de “una de las escritoras más importantes del siglo XX” en lengua hispana; “aguda, profunda y lúcida” observadora de la cultura, la política y la cotidianidad; cultivadora de una prosa “límpida y ágil”, en la cual combina “introspección, experimentación formal y una honda preocupación por la memoria”. Este año se cumplió su centenario, pues nació el 8 de diciembre de 1925 (y falleció el 23 de julio de 2000).
Ya había cursado Filosofía y Letras en la Universidad de Salamanca, dado a conocer obras de ficción y varios ensayos, cuando Carmen Martín Gaite empezó a pensar en el tema de Usos amorosos de la posguerra española (1987, Premio Anagrama). Sin embargo, casi nos perdemos esa joya. La autora del volumen, lo cuenta en el prólogo: el impulso de investigar y escribir un estudio al respecto, dio paso al de emplear esa información en la novela El cuarto de atrás (se publicó en 1978 y obtuvo el Premio Nacional de Narrativa). Pero a comienzos de la década siguiente, “con ocasión de revisar apuntes atrasados a ver lo que tiraba y lo que no, la vieja idea […] volvió a resucitar con el mismo entusiasmo inicial, presentándose a mi imaginación como una cuenta pendiente”.
Finalmente, el nuevo texto abarcó el período comprendido entre 1939 y mediados de los años 50. Múltiples fueron las fuentes utilizadas: vivencias personales, periódicos, revistas (artículos, comentarios, columnas reservadas a consultorios sentimentales, “sección fija de la que no prescinde casi ninguna publicación periódica de la época”, asevera la analista), arengas de figuras religiosas y políticas, novelitas populares, letras de canciones, radionovelas.
El oficio adquirido por Martín Gaite en la narrativa y como crítica literaria, le aportó a Usos amorosos de la posguerra española un estilo desenvuelto, fluido. Además, sin perder hondura sociológica e histórica, el relato nos divierte con su tono irónico, el enfoque testimonial, las citas e interpretaciones de los consejos brindados a las lectoras y en los programas radiales.

Ante todo, el libro aborda el contexto nacional durante la primera etapa de la dictadura franquista, signada por la intolerancia política y la imposición del catolicismo acérrimo, las privaciones materiales, el aislamiento diplomático a nivel internacional; asimismo, cómo los medios de comunicación masiva, sometidos a censura, reflejaban de manera sesgada la existencia diaria e intentaban promover la ideología de El Caudillo, mediante la retórica y las constantes alusiones a la pasada grandeza de la nación.
Durante la derrotada República los horizontes de la mujer se habían ampliado, al verse con buen ojo que no fuera solo madre y esposa. Bajo Franco, tal emancipación fue tildada, por el discurso oficial y mediático, de “esnobismo”, “deplorable” desapego de las virtudes inherentes al sexo débil: la moral, la prudencia, el comedimiento, la discreción, el trabajo hacendoso en el hogar, el acatamiento al hombre. Actuar de otra forma, reiteraba la propaganda, era seguir modelos “nada dignos de imitar”.
“Pero había que reconocerlo: el ‘made in U.S.A.’ era mucho más atractivo para un amplio sector de la juventud que los modelos de comportamiento basados en el aguante y la austeridad, por muy castizos que nos los quisieran presentar. Y había que estar en guardia, no cejar en los sermones. Porque casi todo lo que se escribía en la prensa por los años 40, tratara de cine, de modas o de decoración de interiores, tenía tono de sermón”.
De la cruzada moralizadora no se salvó la producción cinematográfica. “Los jóvenes de posguerra sabíamos muy bien que una película española o nos iba a contar una historia heroica de las que venían en los libros de texto o nos iba a ensalzar las delicias de un amor sacrificado y decente”, rememora la escritora.
En los capítulos posteriores se profundiza en una “historia enredosa y compleja”, saturada de mensajes contradictorios, causantes de un “lío verdaderamente horroroso”, pues las protagonistas se veían obligadas a andar “entre la ilusión y el desencanto, el ardor y la sensatez, el optimismo y el pesimismo, la valentía y la pasividad como por el filo de una navaja”.
Solterona, fea palabra
Siguiendo el principio de que la carrera de la mujer debía ser el matrimonio, a quienes no lograban casarse se las miraba “con una mezcla de piedad y desdén”. Sin embargo, en esa pesca de un marido existían líneas que no podían cruzarse. Lo adecuado era mostrarse ingenua, crédula, dulce, púdica, esmerarse en el arreglo personal, suprimir cualquier muestra de inconformidad con las conductas masculinas.
Se insistía en que desde pequeña necesitaba aprender a cocinar, religión, costura, floricultura, canto, economía doméstica. Martín Gaite evalúa el currículum del Servicio Social obligatorio para todas las solteras o viudas, de 17 a 35 años, sin hijos. Solo si mostraban el certificado acreditativo, les era posible emprender estudios superiores, ocupar plazas en dependencias estatales, “obtener pasaportes, carnets de conducir y licencias de caza y pesca, así como seguir perteneciendo a centros o asociaciones artísticas, deportivas, culturales, de recreo o análogas”. A lo largo de seis meses las inscriptas recibían formación teórica (en la cual se inculcaba que el hombre era, y siempre sería, superior a su media naranja), gimnasia, bailes tradicionales y las materias de las escuelas del hogar. Al mismo tiempo, laboraban en comedores infantiles y centros afines.
Ninguna “de aquellas enseñanzas –atestigua la ensayista– ayudaban […] a entender al hombre ni a acompañarlo en sus problemas […] además se introducía otro elemento de desconexión […] Esa misma mística que elevaba a la mujer también al hombre lo incapacitaba para verla y entenderla de verdad. Cualquier análisis de sus verdaderas necesidades afectivas –y ya no digamos sexuales– estaba desterrado”.
Una fuente insoslayable para precisar los usos amorosos de la época, puntualiza la investigadora, es la revista satírica La Codorniz, “por la revolución que supuso en materia de costumbres y lenguaje”. Desde los años 40 puso “los dogmas oficiales en tela de juicio”, al burlarse de los nuevos ricos, las madres de familia, las jovencitas casaderas, la cursilería. Para eludir las reprimendas apeló al “humor ligero y un poco absurdo”, en apariencia inofensivo. No obstante, desató numerosas polémicas y, en ocasiones, por más que sus editores se hicieran los tontos, padecieron el embate de los censores.
Antípoda de la visión modélica, la “niña topolino” (atolondrada, mimada, gastadora) era ridiculizada tanto por este semanario como por los promotores de la España austera y tradicionalista. Gran parte de tales muchachas, y de sus pares masculinos, pertenecía a la élite adinerada o había conseguido acercarse a personas con recursos holgados.
Martín Gaite hace hincapié en las consecuencias nefastas de la educación separada (vigente por ley a partir de 1939) para chicas y chicos, tendiente a impedir los contactos entre ellos. Asimismo, en la doble moral imperante en la crianza y en las relaciones sociales: mientras se consideraba idóneo inculcar recato a las niñas y conservarlas ignorantes sobre el sexo, se exaltaba la “mística de la masculinidad”, que permitía a los varones gozar de este fuera del matrimonio.
Al “hombre que llegaba virgen a la boda se le miraba como a una ‘avis rara’ y nadie le auguraba muchos éxitos ni como pretendiente ni como marido ni como padre”. ¿Cómo adquiría habilidades el galán en ciernes? La mayoría de las veces seduciendo criaditas y en las abundantes “casas de tolerancia” (prostíbulos) diseminadas, y aceptadas, por todo el país.
Machaconamente, el discurso público describía la maternidad como entrega, renuncia, martirio. A la par, a las progenitoras se les investía con un poder casi omnímodo: influir, e incluso decir la última palabra, en materia del noviazgo y los esponsales de sus descendientes. “Las dignas y suspicaces madres exigían garantías de porvenir a sus futuros yernos y soñaban para sus hijas un ascenso en la escala social. Para sus hijos varones, a los que nunca tenían tanta prisa por ver casados, deseaban […] una mujer que no los echara a perder y que se pareciera lo más posible a ellas mismas”.
El hogar, repetían las/los consejeras/ros matrimoniales en los medios de comunicación, no solo debía permanecer organizado, limpio, impecable; una buena ama de casa finalizaría todas las tareas antes de que el esposo regresara del trabajo. Y, sin importar cuán agotadora hubiera sido la jornada de ella, lo recibiría acicalada y de buen humor. “Es preciso hacerle olvidar su fatiga, su disgusto y su enfado, mostrándose cariñosa, interesándose por sus asuntos y rodeándole de atenciones”.
Cuestiones detalladas en Usos amorosos… son también el simbolismo del blanco traje nupcial, la moda y la alta costura españolas, los productos de belleza, los peinados sugeridos a las muchachas honestas. Por entonces, generó polémica el uso del pantalón femenino; igualmente preocupaban a los mojigatos los trajes de baño, tanto que se elaboraron bandos de moralidad pública en playas y piscinas. Tampoco había consenso en cuanto a cuál literatura resultaba conveniente para las lectoras.
Perplejos, desinformados, arribaban las y los jóvenes al momento de elegir pareja. Cada paso, entre las primeras miradas hasta el sí frente al altar, se hallaba constreñido por reglas o rituales destinados a garantizar la integridad del vínculo amoroso (en esencia, preservar la virginidad de las involucradas).
“Este ten con ten de la chica decente para mantenerse fiel a los mandatos del pudor sin que el novio perdiera el interés por ella llegaba a convertirse en una estrategia fatigosa y monótona, sobre todo si se tiene en cuenta que la ‘zona templada’ del noviazgo podía durar años y más años”.
Aunque la represión sexual “pudo efectivamente provocar la infelicidad de muchos matrimonios, no era ni mucho menos tan grave como otro fenómeno […] Más que las trabas que se les ponían a los novios de posguerra para besarse sin remordimientos y tener ocasión de conocer, antes de la boda, sus respectivos cuerpos, considero perniciosas las que se les pusieron, al amparo de la insinceridad, para llegar a ser amigos y conocer sus respectivos deseos, miedos, decepciones y esperanzas. En una palabra, para dejarse querer y ver por el otro en su verdad desnuda, no con arreglo a los datos falsos que se proporcionaban mediante la representación de un papel”, concluye la ensayista.
Numerosos homenajes se le rindieron a la escritora con motivo de su centenario. El Ministerio de Cultura y múltiples instituciones españolas organizaron presentaciones en ferias del libro internacionales, ciclos de conferencias, talleres, un congreso, la emisión de un sello postal en su honor, exposiciones conmemorativas.
Entre los muchos elogios suscitados, ahora y antes, por su obra, se incluye la reflexión de una colega, la poeta y narradora Ana María Moix: “siempre al margen de modas [Carmen Martín Gaite] eligió sus modos. Y fue su lección. Escribió […] sin atender a los reclamos del yugo del mercado editorial, lo que creía firmemente que debía escribir”.




Otros libros de Carmen Martín Gaite
Novelas: Entre visillos (1957, Premio Nadal), Ritmo lento (1963), Retahílas (1974), Fragmentos de interior (1976), Nubosidad variable (1992), La Reina de las Nieves (1994), Lo raro es vivir (1996), Irse de casa (1998), Los parentescos (publicada póstumamente, en 2001). Relatos breves: El balneario (1954), Las ataduras (1960), Cuentos completos (1978). Literatura infantil: El castillo de las tres murallas (1981), El pastel del diablo (1985), Caperucita en Manhattan (1990).
Ensayos: Usos amorosos del XVIII en España (1972), Desde la ventana (1987), Agua pasada (1992), Cuadernos de todo (2002). Poesía: A rachas (1976). Otros géneros: Aldecoa y Macanaz, Visión de Nueva York, Tirando del hilo.
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