Foto. /Jorge Luis Sánchez Rivera
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Un mexicano que amó a Cuba

El II Foro “Gilberto Bosques Saldívar: embajador en Cuba”, evocó la impronta en Cuba del destacado diplomático mexicano 


Gilberto Bosques vivió 103 años y más de siete décadas las dedicó a la labor diplomática y a representar a su país en una decena de naciones donde defendió el Derecho Internacional y el de asilo en momentos en que se violentan esas prerrogativas.

Foto. /Jorge Luis Sánchez Rivera

Fue un baluarte de la diplomacia histórica basada en los principios de su país. Su gobierno lo designó como embajador en Cuba entre 1953-1964, años de importantes definiciones y de un fortalecimiento en las relaciones –entrañables hasta hoy– entre la nación azteca y el nuestro.

Desde Cuba hizo historia primero en la protección de muchos de los perseguidos por la dictadura de Fulgencio Batista y, luego del triunfo de enero de 1959, ocupó un sitial cimero en la historiografía diplomática con la naciente Revolución cubana.

A resaltar la memoria histórica durante ese período, historiadores y miembros del servicio exterior cubanos y mexicanos dedicaron el II Foro “Gilberto Bosques Saldívar: embajador en Cuba”, un evento para documentar la historia, recuperar la memoria y dar vida al acervo de este profesor, periodista, político y diplomático que llegó a la nación caribeña en un convulso momento, cuando padecía los estragos del golpe de Estado de Fulgencio Batista en 1952.

Durante dos jornadas, los expertos analizaron documentos históricos, fotografías y cartas rescatadas que constatan sus valores humanos, audacia y su acercamiento a Cuba.

Su misión en La Habana fue la consecuencia de la brillante trayectoria que desempeñó como diplomático.

Según recordaron los expertos, la Embajada de México en la capital cubana llevaba meses desocupada y el entonces presidente del país azteca, Adolfo Ruiz Cortines, no confiaba a nadie ese cargo en aquel contexto y miraba con recelo al gobierno impuesto por las armas en la nación caribeña.

Le tocó una Cuba prerrevolucionaria muy palpable y vivió momentos intensos de solicitudes de asilo de perseguidos políticos por la dictadura.

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En el encuentro se mostraron documentos de peticiones de asilo e historias de salvamento para varios de esos cubanos hostigados.

Ya lo había hecho antes, durante sus años como cónsul general de México en París, Bayona y Marsella. Desde allí auxilió a los refugiados republicanos españoles y cientos de personas a salir de la Europa turbulenta sacudida por la Segunda Guerra Mundial.

Por su apoyo a la causa cubana, después del 1° de enero de 1959 el gobierno revolucionario solicitó al de México la permanencia en su cargo del embajador y amigo. Y no fue hasta que él mismo lo decidió, en 1964, que culminó su misión diplomática en Cuba.

Se dedicó entonces a revisar su labor y a escribir sobre muchas de sus visiones personales. Reseñó en textos sus días en Cuba, su amistad con el Che o su relación especial con el excanciller Raúl Roa.

Al despedirse aseguró: “He vivido muy intensamente la vida del pueblo cubano durante 11 años. Si acaso lo merezco, que me recuerden como un mexicano que ama a Cuba”.

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