La relación entre Caracas y Washington, el secuestro de Nicolás Maduro y el mensaje de Delcy Rodríguez se entrelazan en un momento de presión externa y defensa de la dignidad nacional
Durante muchos años, la relación entre Venezuela y Estados Unidos transcurrió sin sobresaltos visibles. El petróleo salía, los acuerdos se cumplían y la política seguía un guion conocido.
No había cercanía ni confianza, pero sí una rutina que parecía inamovible. Pero todo cambió a finales de los años noventa, cuando Hugo Chávez llegó al poder y dijo algo que rompió esa inercia: el petróleo no era solo un negocio, sino una riqueza para servir al pueblo.
Desde entonces, Venezuela empezó a vivir —y a hablar— de otra manera. El crudo dejó de ser un asunto de tecnócratas y se convirtió en tema de conversación cotidiana en los barrios, en los mercados, en las casas. Se habló de soberanía, de justicia, de dignidad.
Para Estados Unidos, acostumbrado a una Venezuela previsible y silenciosa, ese cambio fue una incomodidad creciente. Y para muchos venezolanos fue la sensación -por primera vez en mucho tiempo- de estar decidiendo algo propio.
Con los años, esa incomodidad se transformó en presión. Llegaron las sanciones, el cerco, el lenguaje duro que en la vida diaria se tradujo en dificultades concretas, escasez, inflación, incertidumbre.
Venezuela pasó a ser vista desde fuera como un problema a corregir; desde dentro, como un país que resistía como podía, entre tinos, errores propios y un asedio constante.
En esa historia larga y tensa se inscribe el secuestro del presidente Nicolás Maduro. El impacto no fue solo político: también emocional. En la calle, en los hogares, la sensación fue de golpe seco, de vulnerabilidad.
No era solo la ausencia del presidente, más bien la confirmación de que el conflicto había cruzado una línea peligrosa. No fue sorpresa, pero sí sacudida.
Por eso, cuando el pasado jueves 15 de enero presentó su Mensaje Anual a la Nación, la presidenta encargada Delcy Rodríguez habló desde una escena difícil, a un país cansado, dolido, lleno de preguntas.
Delcy Rodríguez explicó que asumir la lectura del mensaje anual del presidente Nicolás Maduro fue especialmente difícil. Contó que hasta seis horas antes de su secuestro, el 3 de enero, ambos trabajaban en ese discurso. El arresto del mandatario convirtió una obligación institucional en una carga personal y política que, dijo, asumió por responsabilidad con el país.
En su intervención, Rodríguez reconoció el poder de Estados Unidos y recordó que se trata de una potencia nuclear. Aun así, afirmó que no teme participar en una relación diplomática bilateral.
Ante esa realidad, llamó a los venezolanos a mantenerse unidos para defender la soberanía, la independencia, la integridad territorial y la dignidad nacional, que consideró hoy amenazadas.
Señaló que si fuera necesario viajar a Washington lo haría sin aceptar condiciones de sometimiento. “Iré de pie, caminando, no arrastrada”, remarcó.
Insistió en que toda Venezuela se encuentra bajo presión externa y convocó a una unidad nacional orientada a enfrentar ese escenario en el terreno diplomático.
Y a partir de ahí anunció la propuesta de reformar la ley de hidrocarburos y confirmó que solicitó al poder legislativo su discusión. La normativa vigente, recordó, obliga a las empresas extranjeras a operar junto a la estatal PDVSA, con participación mayoritaria en los proyectos petroleros.
Argumentó que las modificaciones permitirían atraer inversión para el desarrollo de nuevos yacimientos, en un contexto de dificultades económicas y restricciones externas. Se trata de una medida necesaria para reactivar la industria sin perder el control estatal del recurso
Finalmente, informó que instruyó a su Gobierno a crear dos fondos soberanos. Uno estará destinado a la protección social, para financiar directamente hospitales, escuelas, alimentos y vivienda. El segundo se orientará a infraestructura y desarrollo social, con inversiones en agua, electricidad y carreteras.
Las decisiones anunciadas sobre el petróleo y la economía no son abstractas para los venezolanos. El rubro sigue siendo un eje central, porque de él dependen el empleo, los ingresos del Estado y la posibilidad real de recuperar servicios básicos.
El futuro de Venezuela, quedó claro, depende en buena medida de dejar de lado todo lo pactado desde aquellos años noventa y construir ahora otros consensos para enfrentar la crisis.
Los nuevos cambios aparecen como una estrategia de supervivencia, imprescindible para reducir tensiones, contener el deterioro social y evitar que las diferencias internas debiliten al país.



















Un comentario
Venezuela ahora con esperanza(PDVSA).