El ultraderechista Abelardo de la Espriella y el candidato del oficialismo, Iván Cepeda, se verán las caras en el balotaje del próximo 21 de junio. /elcolombiano.com
El ultraderechista Abelardo de la Espriella y el candidato del oficialismo, Iván Cepeda, se verán las caras en el balotaje del próximo 21 de junio. /elcolombiano.com

Votos bajo sospecha

El Pacto Histórico congela el reconocimiento del preconteo tras detectar anomalías en casi 900 000 cédulas. Mientras la izquierda logra su mayor votación histórica, la derecha tradicional se desploma y abre paso al sorpresivo crecimiento de Abelardo De la Espriella, un candidato radical respaldado desde el exterior


Las elecciones presidenciales en Colombia de este 31 de mayo dieron un vuelco inesperado que sacudió las proyecciones políticas. Tras el cierre del preconteo oficial, que proyecta una segunda vuelta para el próximo 21 de junio, el país ha entrado en una etapa de fuerte tensión e incertidumbre.

La jornada electoral no terminó con la aceptación de los resultados, sino con una fuerte impugnación por parte de la coalición de gobierno que ha decidido no validar los datos preliminares hasta que se aclaren graves dudas sobre el sistema informático.

Cuentas bajo recelo

La gran contradicción de la jornada radica en la falta de transparencia de los datos emitidos por la Registraduría Nacional. El candidato de la Alianza por la Vida, Iván Cepeda, logró un resultado sin precedentes para la izquierda colombiana al captar 9.6 millones de sufragios, lo que representa el 40.9 por ciento del total.

La cifra supera los 8.5 millones de votos obtenidos por Gustavo Petro hace cuatro años, que ya eran un récord para ese sector político en una primera vuelta. Sin embargo, la celebración en las bases populares fue frenada en seco por el propio Cepeda. Según advirtió el abogado, existe un desfase que quieren verificar de 885 000 cédulas o personas que no cuadran con la auditoría, y un número indeterminado de mesas en que se presentaron votaciones atípicas. Asimismo, condicionó cualquier aceptación al dictamen definitivo hasta que la comisión escrutadora emita su veredicto en un plazo de 72 horas.

El reclamo cuenta con el respaldo directo del presidente Gustavo Petro, quien criticó de frente la fiabilidad de la firma privada contratada para el procesamiento de los datos oficiales.

Petro denunció que los algoritmos del software de escrutinios fueron modificados en tres ocasiones durante la última semana de campaña, introduciendo de forma anómala unas 800 000 cédulas que no figuran en el censo oficial presentado.

La raíz del problema es el cese de cumplimiento legal en el que permanece la Registraduría Nacional. La institución ha ignorado de manera reiterada un fallo del Consejo de Estado de 2018 que la obliga a desarrollar y operar herramientas tecnológicas de propiedad enteramente estatal, prefiriendo dejar el conteo en manos de operadores privados.

En Colombia, los errores en los datos preliminares no son nuevos: en las legislativas de marzo, la revisión de inconsistencias por más de 600 000 votos permitió al Pacto Histórico recuperar más de 20 curules en el resultado final. Por ello, ante la falta de garantías, el oficialismo ha llamado a la ciudadanía a cuidar los votos mediante la movilización activa.

El factor De la Espriella

En tanto la izquierda exige transparencia, el espectro de la derecha vive su propia transformación. Los comicios confirmaron el desplome definitivo del uribismo clásico; su candidata, Paloma Valencia, quedó relegada a un lejano tercer lugar, con apenas 1.6 millones de votos, el 6.9 por ciento del total.

Este vacío no fue capitalizado por opciones moderadas, sino por una alternativa mucho más radical: Abelardo De la Espriella. Al frente del movimiento Salvación Nacional y bajo la consigna de imponer la autoridad «por la razón o por la fuerza», este mediático abogado penalista de 47 años dio la gran sorpresa al alcanzar 10.3 millones de boletas (43.74 por ciento).

De la Espriella es un outsider que jamás ha ejercido un cargo público, presentándose ante el electorado como un empresario exitoso que no debe favores a los partidos tradicionales. Con un discurso que combina un perfil de dandi cosmopolita con planteamientos populistas inspirados en Nayib Bukele y Javier Milei, el “nuevo” promete construir megacárceles de alta seguridad, reactivar las fumigaciones aéreas contra cultivos ilícitos y reducir el tamaño del Estado.

Su campaña, caracterizada por declaraciones provocadoras, nacionalismo conservador y banderas cristianas recibió los resultados en Barranquilla detrás de un cristal a prueba de balas. Desde allí, lanzó una frase inquietante: «en 21 días las elecciones serán a otro precio», al tiempo que pedía la vigilancia de los Estados Unidos para el balotaje.

Se hace llamar “el tigre”, un símbolo de campaña que él mismo adoptó y promocionó para moldear su imagen política.

El empuje externo

El rápido crecimiento de De la Espriella en la recta final de la campaña no se explica solo por factores internos, responde a una estrategia de polarización muy efectiva y a un fuerte respaldo de redes internacionales ligadas al trumpismo estadounidense.

Actores como el senador por Ohio Bernie Moreno –quien estuvo en Colombia como observador electoral, reuniéndose con la oposición– y el mandatario ecuatoriano, Daniel Noboa, han apoyado su propuesta.

De hecho, una llamada con Noboa dos días antes de la votación para anunciar acuerdos arancelarios buscó mostrarlo como un «presidente en acción».

El historiador y analista Lautaro Rivara señala que la derecha colombiana logró unir casi todo su electorado en torno a este candidato gracias a un articulador extranjero, haciendo evidente la influencia de la Casa Blanca para frenar las reformas progresistas en la región.

De la Espriella supo canalizar el miedo al cambio, el sentimiento antipetrista y el descontento de los sectores urbanos acomodados ante las reformas sociales del actual gobierno.

Debate y fractura

Ante el avance del candidato derechista, Iván Cepeda reaccionó rápido y lo emplazó públicamente a un debate cara a cara. Cepeda, un filósofo adusto que suele apegarse a discursos leídos, busca obligar a De la Espriella a salir de las redes sociales y de su zona de confort mediática para confrontar programas reales de gobierno.

Para la izquierda el reto es enorme, pues la votación de junio definirá dos modelos opuestos: la continuidad de los derechos sociales frente a lo que Cepeda califica como el regreso del paramilitarismo y el recorte de los programas públicos.

Geográficamente, el análisis electoral evidencia una fractura territorial profunda: las regiones rurales y periféricas, históricamente afectadas por la exclusión y la violencia armada, optaron por la continuidad del proyecto de Cepeda, mientras que los núcleos urbanos de mayor desarrollo prefirieron la alternativa de la derecha radical.

Con un padrón electoral de 41.4 millones de ciudadanos y un porcentaje de abstención del 44 por ciento, el resultado del 21 de junio sigue abierto. Aunque Paloma Valencia y el expresidente Álvaro Uribe anunciaron de inmediato su apoyo a De la Espriella para sumarle votos, el triunfo de la derecha no es automático.

El desenlace dependerá de la capacidad de Cepeda para atraer a los votantes de centro de Sergio Fajardo o de la fuerza de De la Espriella para movilizar el voto urbano. Por ahora, el futuro político del país se encuentra bajo el estricto arbitraje de una auditoría electoral.

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