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Emilio Bacardí: el siglo de las sombras

Foto. / Archivo Museo Bacardí

Para el verano de 1922 don Emilio Bacardí está en su otoño. Lleva semanas retirado de la vida pública y ha abandonado la agitación urbana para refugiarse en Villa Elvira, finca familiar de bucólico paisaje y aledaña al crucero de tren en el caserío de Cuabitas, 20 minutos al norte de Santiago de Cuba. El agravamiento de su dolencia cardiaca y los achaques propios de sus 78 años de edad, le han confinado a la cama. Está enfermo, muy enfermo.

Debe interrumpir la preparación de un nuevo tomo de sus Crónicas de Santiago de Cuba, a la que ha dedicado años de búsqueda en los baúles de la historia para salvar del olvido episodios lejanos. Pero no le alcanzarán el tiempo ni las energías para culminarla.

A pesar del padecimiento que disemina en su entorno las sospechas de un desenlace aciago, hace gala de su distintivo carácter estoico y procura mantener buen ánimo para superar el trance. Continúa leyendo, escribe cartas; hospitalario como siempre, recibe a amigos que llegan para animarle o dialogar con él, decano sabichón y locuaz, sobre cualquier tema de cultura e interés.

Las fotos de sus postrimerías dejan ver un semblante tan patriarcal y plácido, como enjuto y exhausto; de blanco puro y espesos son el bigote y la cabellera lacia, peinada hacia la coronilla; clavados sobre el puente de la nariz los espejuelos de aros finos, inexorables para un varón más miope que presumido. El rostro encarna la cicatriz de sus intensas luchas por la libertad de Cuba y el progreso de la urbe natal.

En una apuesta desesperada por retardar lo ineludible, algunos médicos le han recomendado viajar al extranjero, creyendo que otro clima pueda revigorizar la endeble salud. Sin embargo, temeroso de que le sorprenda la muerte en la lejanía –o quién sabe si convencido ya de que está echada su suerte– rechaza la opción. El 25 de agosto un infarto del miocardio atiza la llama de la agonía.

Tres días después, Bacardí amanece algo repuesto. Recibe la visita –entre otros– del promisorio Fernando Ortiz. Apenas dos horas antes de morir debate sobre la violencia sectaria en Irlanda, y concluye que el problema radica en el fanatismo y la intolerancia allá existentes. Como en una escena de antología, justo cuando en su natural declive tras las lomas el sol deja de iluminar la mansión de ecléctica arquitectura y finas esculturas, se apaga el corazón del venerable santiaguero. Al pie del lecho, el doctor Antonio Guernica remata con negra letra el dictamen y, con el garabato de la muerte, nace el espectro del luto. Son las seis de la tarde del lunes 28 de agosto de 1922. Se decreta el fin de una era. Entra el hombre al laberinto de sombras y tiempo donde su luz se difumina.

Réquiem por el Hijo Predilecto

Nacido el 5 de junio de 1844, en la Calle del Jagüey –hoy Cornelio Robert–, en la villa fundada por Velázquez y Cortés, Emilio Bacardí Moreau fue como un diamante de múltiples facetas: fruto de catalán emigrado y criolla-francesa, amoroso padre de familia, conspirador independentista (sufrió en dos ocasiones la deportación), político honesto, alcalde pionero que reconstruyó Santiago tras la devastadora guerra de 1898, senador de la República en 1906, promotor cultural, mecenas, escritor, historiador, orador e industrial afamado.

Para él no había más religión que profesar el bien, incluso en la peor circunstancia. En sus días de prisionero en Chafarinas, organizó una escuela para impartir clases a iletrados y en varias ocasiones costeó la compra de ropas y alimentos para el grupo. Ante la tiranía política, las desigualdades, el abuso, la ignorancia, los vicios y otras máculas sociales, mostró siempre su apóstrofe y rechazo.

Militó en el Grupo Librepensadores Víctor Hugo, nucleado por hombres con inquietudes políticas y filosóficas. Como propagandista incansable, llevó a las conciencias adormecidas la fiebre separatista, aprovechó reuniones masónicas, tertulias literarias y círculos espiritistas para promover el credo libertario. En esos espacios hablaba de Saco, Heredia y otros cubanos esclarecidos.

“Amigo querido” lo llamó Martí en una carta de 1894. También sostuvo comunicación con jefes mambises como los hermanos Antonio y José Maceo, Máximo Gómez, Calixto García y Estrada Palma. Bajo el seudónimo de “Phoción” fue jefe en la clandestinidad y envió a la manigua soldados, armas, pertrechos, medicinas y vituallas; sirvió de enlace entre el territorio insurrecto y la emigración.

Atendiendo a sus méritos, en noviembre de 1898, el mando provisional americano lo designó alcalde municipal. Durante su gobierno fomentó numerosas obras, brindó empleo a quienes lo merecieran y atendió con esmero las preocupaciones comunitarias. Puso de manifiesto una corriente de pensamiento inaudita para la época: “Gobernante es ser servidor del pueblo y no el amo”.

En sus días de alcalde imprimió un nuevo carácter a Santiago de Cuba y abrió puertas a la modernidad. / Autor no identificado

Fundó la Asamblea de Vecinos, la cual constituyó un modelo avanzado de democracia y prueba de que los cubanos tenían facultades para ejercer gobierno propio. Ejecutó disímiles proyectos en favor del florecimiento urbano: ordenó los servicios comerciales, reabrió y fundó academias; promovió la construcción de aceras, dictó bandos contra el derroche de agua, la marginalidad y los habitantes callejeros; firmó leyes para disminuir el ruido ambiental y el desorden en carnavales. También electrificó parte de la ciudad; rescató sitios patrimoniales; impulsó de manera especial la educación, la cultura y la higiene. Moralizó la administración pública.

Bacardí imprimió un nuevo carácter a Santiago, abrió sus puertas a la modernidad y sembró en su gente la ilusión del progreso y el civismo. Bajo su auspicio se experimentó una suerte de relación hombre-ciudad tan intensa que deviene ícono de la identidad local.

Asimismo, ejecutó proyectos que aún perviven para orgullo y beneplácito de la nación. De ellos, el más edificante y simbólico fue el Museo Municipal –hoy lleva su nombre y es Monumento Nacional desde 1999–, primero de su tipo en Cuba. Gracias a su labor filantrópica se conservan allí valiosas reliquias de la gesta independentista, armas antiquísimas de la conquista, piezas de culturas aborígenes y documentación histórica de valor incalculable. Existen, además, objetos exóticos de milenarias civilizaciones, una fastuosa galería de artes plásticas –que incluye cuadros procedentes del Museo del Prado– y una exclusiva momia egipcia. Igualmente, bajo su pupila fueron fundadas la Academia de Bellas Artes y la Banda Municipal.

Resultado de su amor por lo autóctono es la instauración –por idea original de su coterráneo Ángel Chichí Moya– de la Fiesta de la Bandera. De una generación a otra ha perdurado la tradición de izar la enseña tricolor frente al céntrico Parque Céspedes, como acto de renovación de las aspiraciones del pueblo santiaguero, ante el advenimiento de cada nuevo año.

El aporte de Bacardí a la cultura y las letras cubanas es significativo. Frutos de su genio prolijo son crónicas de viajes, monografías, piezas teatrales, cuentos infantiles, las interesantes novelas Vía Crucis, Doña Guiomar y Filigrana. Pero su obra más celebrada ha sido Crónicas de Santiago de Cuba, en 10 tomos.

Sus virtudes intelectuales y humanas le permitieron ingresar en instituciones socioculturales como el Ateneo Cultural, la Academia de Artes y Letras, la Academia de Historia de Cuba y la Sociedad Económica de Amigos del País. En 1906 fue declarado Hijo Predilecto de Santiago, título que resume su magnánima valía.

Crónica de una muerte olvidada

Capilla ardiente en Villa Elvira. / Autor no identificado

Hecho curioso y apenas conocido es que el día de su muerte llegó desde La Habana una comisión de la Agrupación Patria, con la misión de proponerle al veterano su candidatura a la presidencia de la República.

Poco después del arribo, los emisarios chocan con la frustrante novedad, por lo que no pueden hacer más que transmitir sus condolencias a doña Elvira Cape. “Piense Ud. cuál ha sido nuestro dolor al encontrar sin vida, al que era para nosotros y para Cuba, una justa esperanza nacional”, reza el mensaje a la viuda.

La infausta noticia vuela, estremece rincones. Desde los más encumbrados hasta los más humildes sectores colman calles y plazas para registrar una de las mayores manifestaciones de duelo vistas en Santiago.

Durante sucesivas jornadas, los rotativos locales publican en sus portadas grandes titulares, esquelas mortuorias y cartas de pésame llegadas desde diversos confines del país y del mundo. El martes 29 de agosto, el Diario de Cuba informa en mayúsculas: “HA MUERTO UN GRANDE DE LA PATRIA”; mientras El Cubano Libre estampa a página completa: “Emilio Bacardí será inmortal en el corazón de sus compatriotas”, “A la memoria del gran patricio y benefactor”, “Homenaje póstumo de Cuba a su egregio hijo”. La prensa habanera y de otras provincias se hace eco de los honores.

A las 3:10 de la tarde, del 29 de agosto de 1922, parte el séquito luctuoso desde Villa Elvira, donde se veló el cuerpo en capilla ardiente desde la noche anterior. El sarcófago es soberbio, bronceado, estilo Mc Kinley, y conducido en la carroza Yero Sagol, tirada por dos parejas de caballos. Delante, abriendo la procesión, un par de vigilantes de la Policía Montada; detrás del armón van cubiertos de coronas dos carros del Cuerpo de Bomberos; completan el desfile decenas de automóviles que trasladan a familiares, amigos, autoridades y representantes de la sociedad civil.

La ciudad viste de luto. Las oficinas y dependencias oficiales, varios consulados, centros sociales, empresas y establecimientos han colocado banderas a media asta. Muchas casas de comercio cerraron puertas desde las 11 de la mañana, generalizándose la clausura de los servicios poco después del mediodía. En señal de duelo fueron enlutadas las fachadas de los hoteles Venus y Casa Granda, el Club San Carlos; los teatros Aguilera, Rialto y Martí; la mayoría de los negocios, sociedades y casas en la ruta del cortejo, en algunos casos hasta con los bombillos eléctricos encendidos y envueltos en crespones, y colgaduras negras en balcones y ventanales.

La comitiva transita la Carretera de Cuabitas hasta salir al Paseo de Martí –por frente a la Fuente Luminosa–, ahí se detiene un instante. En puntos diferentes se incorporan la Banda Municipal, que ejecuta la marcha fúnebre de Boza; y la Banda Militar, que toca la de Chopin. La familia Bacardí ha accedido a la solicitud de que el cadáver pase por el Ayuntamiento, donde está previsto un tributo especial. Por eso, en lugar de tomar a la derecha e ir directamente al cementerio, la procesión sube por la Calle del Calvario (hoy Porfirio Valiente) hasta la populosa Aguilera, y baja al Parque Céspedes.

Hacen una pausa frente al edificio del consistorio. Entonces se efectúa un acto inolvidable para la compacta multitud y que queda grabado en la historia. Varios exalcaldes y concejales extraen la mitad del sarcófago, mientras el alcalde Ruiz Cazade arría la enorme bandera del mástil para dejarla rozar el ataúd, al compás del himno tocado por la Banda Municipal. Este hecho sin precedentes se registra como el Beso de la Bandera.

Este hecho sin precedentes se registra como el “Beso de la Bandera”. / Archivo Museo Bacardí

Luego vuelven a elevar la enseña a media asta y se retoma la marcha. Miles de personas le dan su adiós solemne en el tránsito por la calle de Estrada Palma (hoy Félix Pena o Santo Tomás), el Paseo de Martí y la Avenida de Crombet hasta la necrópolis de Santa Ifigenia.

Al llegar al cementerio, el ataúd es sacado del armón por familiares y amigos, y depositado en un panteón familiar (Faja 2, hilera 2, fosa 283). Una tumba “humilde hasta la extrañeza”, se asombra el intelectual Fernando Portuondo.

Bacardí era idolatrado y venerado cual reliquia viviente. Fue bajado al sepulcro entre una lluvia de lágrimas y flores, reseñaría el literato y pedagogo Max Henríquez Ureña.

El toque de corneta reclama atención y se escucha la voz del licenciado Antonio Bravo Correoso, encargado de despedir el duelo con sentida oración. También expresan conmovedoras palabras sus amigos Federico Pérez Carbó y Federico Henríquez y Carvajal, el dominicano amigo de Martí. Tres descargas de fusilería y unos acordes lánguidos firman, en el aire, el cierre del funeral.

Una semana después, el 4 de septiembre de 1922, se leyó en el Ayuntamiento el siguiente mensaje:

“Los restos de Don Emilio Bacardí han sido colocados en una fosa común, situada en el interior de uno de los patios de nuestra Necrópolis, cuya propiedad adquirió el insigne patriota hace algunos años. A la grandeza de su nombre no corresponde, por cierto, ese lugar tan reducido donde no es posible realizar ninguna obra por lo pequeño que resulta el terreno y por estar rodeado de otros mausoleos que le quitarían la perspectiva al de nuestro ex alcalde municipal.

“Los restos del insigne repúblico, historiador y patriota deben conservarse en un lugar digno de su recuerdo y de su nombre para que ahí, algún día se levante un mausoleo que constituya el homenaje póstumo de sus deudos y admiradores”.

El 25 de agosto de 1925, a poco de conmemorarse el tercer aniversario de su desaparición física, los restos mortales serían trasladados al monumento funerario, de simbólica estructura piramidal, que aún los abriga en un reposo digno y a la altura de su renombre.

La tumba piramidal cargada de simbolismos y belleza que guarda sus restos en Santa Ifigenia. / Perfil de Facebook del Cementerio

Hombre de todos los tiempos

Al abandonar la existencia terrenal, Emilio Bacardí Moreau dejó un incomparable legado de altruismo, diligencia, modestia y civismo; una huella edificante. Sin duda, fue un nombre distinguido del período colonial finisecular e inicios de la etapa republicana. Ese actuar le aseguró la admiración de sus contemporáneos.

Por ejemplo, el sabio Fernando Ortiz lo enalteció magistralmente como “uno de los cerebros cubanos… más cubanos”; y le dedicó una conmovedora crónica donde expresaba: “Bacardí fue sapiente sin petulancia, erudito sin arideces, novelista sin espejismos, enérgico sin exhibiciones, libre pensador sin cautelas, constante sin tozudeces, paterno sin flaquezas, y cubano, siempre cubano…

“¡Morir ahora, cuando en Cuba apenas si hay ya cubanos!

“¡Qué desconsuelo! ¡Qué soledad!”

Para Fernando Portuondo fue “un hombre bueno, que supo ser generoso, patriota y optimista en la hora en que la generosidad, el patriotismo y el optimismo parecían otras tantas utopías”.

El literato Max Henríquez Ureña sentenció: “Bacardí era un hombre de todos los tiempos. Jamás admitió claudicaciones en sus ideas: las profesó libremente y abiertamente, poniéndose frente a todos los convencionalismos. Fue la virtud personificada y el bien hecho verbo y hecho carne. Fue un patriota sin tacha y sin miedo. Y su corazón de hombre libre supo palpitar junto al de todos los oprimidos, rebelarse contra todas las tiranías, y defender el derecho de los más débiles. Sírvanos su ejemplo de norte y de guía, e inspirémonos en sus virtudes”.

Su compadre y compañero de aventuras, el coronel Federico Pérez Carbó, se aferró a su imagen: “¡Que tenga muchos imitadores; que sirva su desinteresada ejecutoria de norma y guía en el pecho de cada cubano, y Cuba será rehabilitada!”. Mientras el historiador Francisco Ibarra Martínez valoró: “Hombres de sus virtudes, de sus principios y de su firmeza moral son los que nos hacen falta. Para indicar o insinuar lo que ansiamos indudablemente que tenemos que poner como ejemplo valioso y excepcional el de este patriota honesto, capaz y valiente, que en todas las circunstancias puso sobre los intereses materiales sus anhelos de gloria y grandeza para Cuba, pero muy especialmente para su querido Santiago”.

Sin embargo, la gratitud de las generaciones contemporáneas le ha resultado esquiva. Apenas es mencionado y su nombre pervive bajo el estigma y la hojarasca. Momento hubo en el que Bacardí dejó de ser recordado como patriota y devino mero nombre alusivo al ron; sus célebres Crónicas de Santiago no han vuelto a editarse, por lo que los pocos y ajados ejemplares existentes pueden tener sus horas contadas; hasta hoy no han sido debidamente señalizadas y preservadas su casa natal ni otras que habitara en la urbe. En la vivienda donde murió radica una escuela que bien pudo llevar su nombre y donde las labores de remodelación no respetaron el valor patrimonial.

Por si fuera poco, se intentó quitar su nombre al museo que fundara y el área expositiva de sus objetos dentro del inmueble quedó restringida al espacio de una vitrina, luego de ocupar una sala. Tampoco faltó la retirada, por algún tiempo, de la mascarilla broncínea exhibida en un pequeño monumento erigido a su memoria. Mientras que apuntes, artículos y estudios sobre su figura, solo pueden hallarse de manera esporádica y de selecta autoría.

Emilio Bacardí Moreau perteneció a la pléyade heroica protagonista de las guerras libertarias y destinada a fundar la patria nueva. Encarnó una especie de cacique urbano, de Quijote criollo, un arquetipo de hombre de su tiempo, adalid en una época de transición. Por su loable ejecutoria constituye un auténtico orgullo santiaguero y más allá, pues su vida y obra lo llevan a trascender el ámbito local para insertarse en la universalidad cubana. Santiago, y Cuba toda, le deben un monumento.

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Fuentes Consultadas

Crónicas de Santiago de Cuba de Emilio Bacardí; Emilio Bacardí Moreau: de apasionado humanismo cubano de Olga Portuondo; Por su alma sencilla. Monumento a la memoria de Emilio Bacardí de AidaMorales y Omar López; los periódicos El Cubano Libre y Diario de Cuba (agosto-septiembre/ 1922).

5 respuestas

  1. Bello e interesante recorrido biografico de la vida de Bacardi y su entorno, que hace justo reconocimiento a tan grande ser humano, cubano y santiaguero por demas.

  2. Sentir la Historia es más que contar un hecho. Sin dudas, gracias al estilo y pasión del autor, aquí podemos casi vivirla. Coincido en su reclamo, se le debe más que un monumento.

  3. Este artículo es tan hermoso que casi me hace saltar las lágrimas, de verdad que le debemos mucho a este insigne patriota que no ha recibido todo el honor que merece como decía Martí, aún estamos a tiempo

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