El 30 de noviembre de 1895, con la parada militar celebrada durante un encuentro histórico de Máximo Gómez y Antonio Maceo en Lázaro López, queda constituido el Ejército Invasor
Durante noviembre de 1895, el General en Jefe Máximo Gómez ejecutó con su tropa una serie de acciones diversionistas en el centro de Cuba, con el fin de facilitarle su paso hacia Las Villas al contingente invasor oriental, encabezado por el Lugarteniente General Antonio Maceo. Asaltó y tomó el fuerte Pelayo (16 de noviembre) y sitió el fuerte de Río Grande, mientras el Titán avanzaba a reunirse con él.
El dominicano escogió el potrero de Lázaro López para el encuentro con su mejor alumno y amigo. No lo hizo al azar. Allí durante la Guerra del 68 existía un caserío en cuyas cercanías los españoles erigieron un fuerte, el cual fue escenario de enconados combates. El 9 de septiembre de 1869 el general mambí Ángel del Castillo cayó mortalmente herido durante el primer asedio.
Los insurrectos volvieron a atacar el fuerte (18 de junio de 1870), esta vez bajo el mando del brigadier del Ejército Libertador Bernabé Varona; hicieron grandes estragos entre los defensores españoles, 72 de los cuales resultaron prisioneros. Por último, en enero de 1875, fuerzas al mando de Máximo Gómez tomaron el fuerte, incendiaron el caserío y obtuvieron con su victoria un valioso botín en armas, municiones y otros pertrechos.
¡A Las Villas valientes cubanos!

Antonio Maceo, al frente de unos 1 400 hombres, había salido de Mangos de Baraguá el 22 de octubre de 1895. Ese mismo día Gómez y unos 100 hombres abandonaron Matehuelo (Camagüey), con el objetivo de marchar hacia la Trocha Júcaro-Morón para cruzarla y llevar la guerra a tierras villareñas. La osada maniobra del viejo mambí distrajo fuerzas españolas y facilitó la marcha de 32 días de Maceo quien atravesó territorios dominados por el enemigo desde Baraguá hasta la Trocha.
Durante su recorrido por la sabana camagüeyana, en un lugar llamado finca La Matilde, encontraron en una pared insultos escritos por soldados españoles a los cubanos. Esto incitó a Enrique Loynaz del Castillo a escribir unos versos los cuales llevó a Maceo. “General, aquí le traigo un himno de guerra que merecerá el gran nombre de usted; déjemelo tararear”. “¡Pues bien!”, le respondió el Héroe de Baraguá.

Relataría Loynaz años después: “Y a medida que yo canturreaba los versos, la mirada se le animaba. Al terminar, con la estrofa evocadora de las trompetas de carga, puso sobre mi cabeza su mano, mutilada por la gloria. ‘¡Magnífico! –dijo–; yo no sé nada de música; para mí es un ruido; pero ésta me gusta. Será el Himno Invasor; sí, quítele mi nombre. Y recorrerá en triunfo la República’”.
El entonces joven comandante mambí le solicitó ayuda al capitán Dositeo Aguilera, jefe de la pequeña banda del Ejército Invasor. Ambos completaron la melodía en el pentagrama y al día siguiente ya toda la tropa pudo cantarla: “A Las Villas valientes cubanos!, A Occidente nos manda el deber, de la Patria arrojar los tiranos, ¡A la carga: a morir o vencer! […].
El 29 de noviembre de 1895 Antonio Maceo y el contingente oriental cruzaron la Trocha Júcaro-Morón sin que los españoles hubiesen notado su presencia. Cuando la noticia de la exitosa acción llegó al campamento de Máximo Gómez, mucho le divirtió a este que su mejor alumno se hubiera abierto paso sin dificultad. Los custodios españoles, dicen, se percataron de la presencia de la columna cubana al estar ella lejos de su alcance de fuego y a los disparos inútiles: los insurrectos respondían con gritos de ¡Viva Cuba libre!

Pocas horas después, tras efectuar una marcha forzada, a eso de las tres de la tarde, Maceo y su columna arribaban a Lázaro López. Esa noche (29 de noviembre de 1895) confraternizaron orientales, camagüeyanos y villareños. Abundaron las controversias y los torneos de décimas, distinguiéndose el entonces joven oficial y luego historiador mambí Manuel Piedra Martel.
“Soldados, la guerra empieza ahora”
Junto a las ruinas del fuerte, al día siguiente (30 de noviembre de 1895) se organizó la parada militar. Toda la tropa, las fuerzas que se habían movilizado en tierras villareñas y los venidos desde Oriente, formó en cuadro.
Gómez, con el presidente Cisneros y el Titán a cada lado, pasó revista al ya constituido Ejército Invasor. De las filas brotó un espontáneo ¡Viva Cuba libre!, y Cisneros replicó emocionado: “¡Viva el Ejército Libertador!”. Un toque de atención, interpretado por el corneta de órdenes, impuso silencio para escuchar al Generalísimo, quien iba a dirigirse a los futuros invasores a Occidente.
El dominicano inició su arenga: “Soldados, la guerra empieza ahora. La guerra dura y despiadada… En esas filas que veo tan nutridas, la muerte abrirá grandes claros. No os esperan recompensas, sino sufrimientos y trabajos. El enemigo es fuerte y tenaz […] El día que no haya combates, será un día perdido o mal empleado […] Soldados, no os espante la destrucción del país, no os espante la muerte en el campo de batalla. Espantaos, sí, ante la idea horrible del porvenir de Cuba si por nuestra debilidad España llegara a vencer en esta contienda […].
“España ha mandado para combatirnos al más entendido de sus generales. ¿Y bien?, eso demuestra nuestra pujanza, porque empieza por donde acabó la otra vez. Yo le aseguro a Martínez Campos un fracaso cabal, que ya empezó para él en la sabana de Peralejo, pronóstico que habrá de cumplirse al llegar los invasores a las puertas de La Habana, con la bandera victoriosa, entre el humo rojizo del incendio y el estrépito de la fusilería. Soldados, llegaremos hasta los últimos confines de Occidente, hasta donde haya tierra española, allí se dará el Ayacucho cubano”.
En nombre de las mujeres camagüeyanas, el presidente Cisneros le hizo entrega al Ejército Invasor de una bandera cubana, confeccionada por ellas para que la hicieran ondear en los lugares más occidentales de Cuba. Maceo recibió la preciosa enseña y prometió a todo el pueblo de Cuba devolverla llena de gloria y con el deber cumplido. Y estalló una prolongada ovación.
En su libreta de notas, apuntaría el joven oficial mambí Enrique Loynaz del Castillo: “Era la Epifanía de la Revolución”. Mientras, en la suya, el también entonces joven oficial José Silverio Llorens consignaría: “Indudablemente que España estaba perdida [sic] en sus últimos dominios americanos”.

*El autor es periodista y profesor universitario. Premio Nacional de Periodismo Histórico por la obra de la vida 2021.
Fuentes consultadas
La forja de una nación, de Rolando Rodríguez; el Diario de campaña de Máximo Gómez, y Memorias de la guerra, de Enrique Loynaz del Castillo.


















