Anécdotas al hilo
Foto. / Eduardo Pérez.
Anécdotas al hilo
Foto. / Eduardo Pérez.

Anécdotas al hilo

Me gusta pescar anécdotas in situ, pero esta vez tendré que enviar el sedal desde cientos de kilómetros, en estos tiempos cuando es difícil coger carretera. Marcaré las coordenadas a ver si “pican”.

Allá en las estribaciones de la Sierra Maestra está sonando el timbre y responde una voz familiar, la de Eugenio Medina Muñoz:

—“¡Oigo… oigo…!”.

—Eugenio que tal, ¿ya se tomó el café mañanero? –le pregunto.

—Oiga compay le conocí la voz, dónde usted está, apúrese pa’ que pruebe un sorbito calientico, puro del lomerío”.

—Un abrazo Eugenio, le llamo desde Alamar, ¿a unos cuantos kilómetros verdad? Parece que vamos a tener que posponer el brindis.

—Ah, pero yo lo hacía cabalgando hacia acá –me expresa.

Hablando de las lomas, le pido que me relate algunas vivencias a las que él sabe poner sabor; sobre aquellos días cuando los instrumentos musicales, por iniciativa de Fidel, fueron sus armas de guerra desafiando las balas enemigas, mientras los integrantes de su familia formaban parte del legendario Quinteto Rebelde.

“El primer combate fue el de Santo Domingo, –comienza a recordar–. Desde La Plata donde vivíamos, nos dirigimos a la zona de acción, bajando por el Alto del Naranjo. Un vecino, Mariano Pérez, al vernos con los instrumentos comentó:

—Muchachos, por allá abajo hay un tiroteo y ustedes van a esta hora para una fiesta, están locos.

—No, nosotros precisamente vamos rumbo a las metrallas –respondió Osvaldo, nuestro padre.

— ¿Con esas armas?, ¿y las de tirar? –preguntó Mariano.

—Estas son nuestras armas, que Fidel nos mandó a tocar al combate –manifestó papá.

— ¿Y ustedes van a ir? ¡Hum!, sigo diciendo que están locos –comentó nuestro vecino.

“Fidel estaba dirigiendo la acción cerca del Alto de Sabicú. Al pasar por su lado y vernos ordenó que nos situaran cerca de Braulio Curuneaux, quien manejaba la ametralladora 50. Al llegar a aquella posición, este nos preguntó si teníamos miedo. Aunque respondimos que no, al escuchar las descargas por todas partes no podía sostener mi barriga y mis rodillas. El tiroteo fue tremendo.

“Alguien gritó: ‘¡Fuego, fuego!’. Se veían candelitas por las bombas incendiarias. Hicimos una trinchera, pero era un huequito ahí en el terreno. Hubo una fuerte explosión y nos lanzamos para la trinchera del rebelde más cercano quien nos dijo: ‘Ustedes son como el cernícalo, que espera que el pájaro carpintero haga el nido para meterse’.

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En la Sierra Maestra, con Fidel. / Cortesía del Quinteto Rebelde

“Comenzó una supuesta calma, nos situamos detrás de una lomita y a través de un micrófono que habían instalado los locutores de Radio Rebelde, arrancamos nuestro ‘bombardeo’ cantándole las 40 al enemigo. Cayó un obús de mortero muy cerca y nos vimos como en el aire, sentí un frío en el pecho y dije: ‘Parece que esa no fue pa’ mí’. Me pasé la mano por el pecho a ver si estaba herido y uno de mis hermanos, entre risas me gritó: ‘¡Oye Eugenio, si te pasas la mano por otro lugar no es sangre lo que vas a encontrar!’”.

Escucho las carcajadas de Eugenio a través del teléfono mientras sigue narrando: “El segundo combate fue el del Jigüe, al que también Fidel nos convocó y salimos de noche para el lugar”.

El testimonio me hace imaginarlos envueltos en una oscuridad que no permitía distinguir las propias manos, recorriendo un trayecto que parecía interminable, mientras golpeaba en sus oídos el chirrido de las aves nocturnas, entre grandes árboles, bejucos impenetrables, arroyos, cañadas y ríos tejedores de las montañas, que como largas culebras se adueñan del mar.

“Ya en las trincheras entonando las parodias, –imagínese usted, música contra metralla–, como al segundo día llevaron un queso y Curuneaux nos dio un pedazo. Al partirlo salió un gusano medio amarillo y Gerardo le comentó a Orestes Valera, el locutor:

— ¿Por qué no abres completo el queso para ver si queda algún bicho?

—Qué va –respondió desesperado por organizar la cena lo antes posible–. Contando los pedazos que se pueden caer y el espacio que ocupa cada animalito nos quedamos sin queso. Es mejor comer y no mirar.

“En uno de aquellos momentos, cuando los guardias no disparaban, salí de la trinchera pensando que dos piedras eran suficientes para tumbar un panal de avispas que colgaba desafiante en una mata de guásima situada a mis espaldas. ¿Para qué sirven? –pensé–. Si produjeran miel otro insecto cantaría. Es hora de desquitarme de estos bichos odiosos que le hinchan la vida a cualquiera. Porque en más de una ocasión se achinaron mis ojos por las picadas, y allí estaba el desquite. Después supe que aquellos insectos participaban en un proceso biológico de las flores, pero para entonces no lo entendía.

“Levanté el brazo derecho para lanzar el pedrusco… cuando una fuerte explosión sacudió los contornos. Llegué a pensar que todos los árboles del monte me sepultarían. ‘¡Eugenio, Eugenio! –gritaron mis hermanos–. Vuelve a la trinchera, no estamos cultivando malangas allá en el conuco’.

“Era pleno día y una maldita fragata desde la costa estaba tirando con todo. No sé cómo se me ocurrió en medio de una balacera fajarme con las avispas así al descubierto. Para entonces yo tenía 16 años y lo de muchacho todavía me rondaba.

“En otra de aquellas jornadas Braulio envió a Gerardo –otro de nuestros hermanos–, en plena noche, con varias cantimploras a buscar agua a un arroyo situado entre nosotros y el enemigo. Cuando Gerardo avanzó un pequeño trecho escuchó el sonido de los caos (ave negra de pico corvo) y regresó a la trinchera.

—Gerardo, ¿dónde está el agua? –preguntó Curuneaux.

—Escuché que los caos empezaron a chirriar y recordé que mi abuela decía que cuando la guerra de independencia, ese sonido alertaba a los mambises de la presencia de los españoles. Imagínese, yo no porto ningún arma y pensé que me decían: ‘Ahí vienen los solda’o’, ‘ahí vienen los solda’o’.

“Y aunque lo envió a un arroyo más lejos en sentido contrario, Curuneaux puso una cara de risa al comprender que aquel adolescente aún estaba en el cascarón y no podía comprender aquella complejidad.

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Caricatura de la agrupación musical campesina. / Santiago Armada.

“Allí nos la jugábamos de verdad, cayó una bomba gigante y nos dimos a la desbandada para resguardarnos mejor, pero sin abandonar los instrumentos. Al viejo le era más difícil llevar la marímbula. Por el lugar que pasamos crecía un bejuco que le dicen tibisí o lambe-lambe, con tallitos muy fuertes, largos y finos y las espinas en forma de serrucho que te desgarran la piel o la ropa. Se decía que los guardias en el llano podían deducir que alguien, con marcas de aquel bejuco, había bajado de la Sierra. Lo cierto es que cuando llegamos a un arroyo le preguntamos a papá:

—Viejo, ¿dónde está la marímbula?.

—Me la quitaron compay, me la quitaron. Dentro de la bejuquera sentí que la alaban una y otra vez y se la dejé.

—Entonces estamos rodeados, pero no vemos a ningún guardia por aquí.

“Regresamos por el mismo lugar, con la preocupación de la manera en que se perdió el instrumento, hasta que uno de nosotros comentó: ‘Caballero, ahí está la marímbula… pero en los brazos de tibisí’.

“Un día, cuando la guerra, papá le pidió al Comandante en Jefe armas de verdad para combatir al enemigo. Recibió por respuesta que nosotros contábamos con el arma más poderosa de la Sierra, el arma ideológica. En aquel momento, por no tener nivel cultural, no comprendimos esa terminología. Esperábamos un arma sofisticada, con varios peines y aditamentos. Triunfó la lucha guerrillera, y solo cuando fuimos alfabetizados comprendimos que el arma especial siempre nos acompañó y en la actualidad, aún crepita desde nuestros corazones.

“Bueno compa, usted me ha sacado estos recuerdos que han animado más el día. Tiene que volver por acá y para entonces habrá más que decir y usted mismo se pone a pilar y colar el café como otras veces. Ahora voy a preparar unos ‘pescaítos’ mientras escucho a mi hermano Alejandro puntear el tres”.

— ¿Fue de pesca Eugenio? –le pregunto.

—Bueno sí pesqué, pero… con dinero –me dice bromista.

Mientras recojo pita, en la distancia unos acordes armonizan el tiempo; como arpegios que transitan por la floresta para unirse a los ecos de la armonía guerrillera, y hacer vibrar el indómito lomerío.

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