“Juro por Dios que era un gato lo que se cruzó en mi camino. Ahora tendré mala suerte, y algo malo, muy malo”, musitaba mientras se apoyaba en el muro próximo al hospital donde acababa de tener la consulta. Una aprensión desmedida le hacía suponer cómo el felino, ese animal del Quinto Infierno, incidiría, aun de lejos, en el futuro diagnóstico.
Siempre había escuchado que eran la encarnación del Diablo y que incluso las brujas, de mujeres se trasmutaban en uno, haciendo el mal, hechizando hombres, destruyendo cosechas, y, lo peor, sin cazar ratones. Luego, deambulaban por nauseabundos y oscuros callejones: si toda la literatura universal lo relataba, ni qué decir del cine.
¿Sería cierto?, cavilaba mientras se llevaba la mano al pecho en un intento de frenar las taquicardias. Ay, cuánta calamidad la suya, si además del seguro negativo diagnóstico iría a padecer del corazón con lo joven que era. No solo eso; las tantas cosas todavía sin hacer: casarse, reparar la casa, recibir el ansiado aumento de salario, ir de vacaciones a una isla paradisiaca llena de palmeras y hasta llegar a descubrir por dónde le entra el agua al coco, con lo cual cambiaría a las ciencias agronómicas.
Esta última meta era un propósito serio, a pesar de que suscitaba carcajadas de amigos y familiares, quienes le pedían centrarse en un objetivo de vida y no andar pensando en niñerías sin sentido. Y de pronto, ¡zas!, un gato en su camino; ese maldito animal de cuatro patas; escurridizo y diabólico justo de regreso del hospital con augurios de fatalidad… Le temblaba medio cuerpo, sudaba frío.
Su pavor era grande y necesitaba consuelo. Un ser cercano o al menos conocido que le dijera había sido, como mínimo, alguien bueno. Aparte de las molestias habituales al orinar, de las que desconocía la causa, habrían de sumársele la comezón reciente en el brazo izquierdo, los ahogos repentinos y un terror indescriptible.
¡Todo por culpa de ese emisario de Satanás!, mas ya estaba en la puerta salvadora. Al entrar, su grito: “Vengan rápido. Ayuda, me muero”. La octogenaria madre salió en un santiamén: “¿Por fin tienes una enfermedad renal, te ingresan? Dime, dime, ¡habla!, ¿qué te dijo el médico?”. “Nada de momento, mamita, debo hacerme nuevas pruebas, pero un gato enorme se cruzó en el camino de regreso aquí. Desde entonces su sombra me persigue”.
“¿Y?”, sonó burlona la octogenaria, quien lo conocía bien. “Cómo que no lo entiendes; un gato, te lo deletreo: G- A -T- O, y traen mala suerte”. “Cálmate, de qué color era”, preguntó la viejita, paladeando el triunfo sobre el vástago miedoso, desde chiquito. “Blanco, por supuesto, de cuál otro.” “Serás idiota”, afirmó la madre entre apenada y guasona, y cerró el diálogo con un coscorrón.



















Un comentario
Exquisito divertimento. Me encantó. No me cansaré de insistirle cada vez que puedo hacerlo, como también aquí y ahorra, a la estimada colega y querida amiga María Victoria, que incursione más a menudo y todo cuanto le sea posible conforme a su tiempo, no solo en el periodismo literario, que se le da tan bien, sino además y de lleno en la literatura, para la que tiene vocación y apreciable talento, como de cuando en cuando lo muestra en sus siempre disfrutables cuentos cortos. Y felicidades por este gato blanco, que sin duda supera al clásico cuento del gato.