Por estos días los habaneros asistimos a una cruzada con el objetivo de limpiar la ciudad. En mi caso, junto con el regocijo debido a la mejoría en el paisaje y los olores, afloran algunas asociaciones ¿peregrinas?
Desde hace ya largo tiempo la capital de Cuba se ha transformado en una inconmensurable galería a cielo abierto. En buena parte de sus esquinas el transeúnte encuentra multicolores instalaciones que particularizan cada sitio con volúmenes, alturas y formas disímiles.
Una definición incidental: para los artistas y críticos de las artes visuales, el vocablo realzado con letras cursivas significa (según la página web https://www.lifeder.com/instalacion-artistica) “un género […] contemporáneo […] se trata de la configuración de una obra artística tridimensional o bidimensional en un área determinada, lo que permite cambiar la percepción de un espacio”.

Las anárquicas instalaciones en las cuales ahora pienso se extienden por municipios y barrios, desde el oeste (La Lisa, Marianao, Playa) hasta el este (Alamar, Reparto Guiteras…) y de norte (La Habana Vieja, Centro Habana, Plaza) a sur (Arroyo Naranjo, Boyeros…). No son en sí mismas objetos ornamentales, además carecen de cualquier propósito aleccionador. Pero por su conexión tangencial con una modalidad dentro del arte efímero paso a describir también esta tendencia: “toda manifestación plástica hecha para no perdurar […] porque los materiales usados y las composiciones son temporales […] la obra se modifica por acción del tiempo, la naturaleza o la intervención humana. Desaparece sin dejar huella material, aunque puede quedar registrada en fotos o videos”.
Lo confieso, no acabo de sentirme cómoda con esa corriente, excepto en circunstancias ineludibles; por ejemplo, disfruto las esculturas de hielo construidas en el planeta durante disímiles festividades invernales e incapaces de sobrevivir al ascenso de las temperaturas.
Recuerdo dos exposiciones inauguradas en la galería Espacio Abierto, de la revista Revolución y Cultura, ambas vinculadas con el arte perecedero y el conceptual (este último “prioriza el concepto o la idea de fondo por encima del resultado artístico”). La primera exhibición se titulaba Después de la fiesta, o algo así, y consistía, ni más ni menos, en lo que su nombre indicaba: el día previo a la apertura los jóvenes realizadores armaron un festejo en el salón principal, tiraron por doquier cuanto se bota en tales ocasiones, hicieron retoques y al concluir cerraron la puerta. Hasta ahí todo sencillo, placentero. El problema apareció al amanecer siguiente, pues un trabajador de esa publicación, muy entretenido, olvidó las advertencias recibidas y limpió el local. Por suerte no se deshizo de los artículos, el estropicio se descubrió de inmediato y fue posible reponer la “obra” antes de la llegada del público.
De la siguiente muestra no retuve en mi mente el título, pero sí el olor. Fetidez, esa es la palabra exacta, despedía una de las salas cuando el osado, o incauto, visitante levantaba una cortina y se adentraba en la oscuridad de la habitación. ¿Qué lo motivaba? No quise averiguarlo. Tampoco supe nunca cuáles nociones o preocupaciones intentaban fijar los noveles creadores.
Sin embargo, a menudo respiro una pestilencia similar cuando recorro la urbe. Tal vez por eso miro, huelo, establezco comparaciones ¿descabelladas? entre ciertas propuestas estéticas chocantes, aunque sean bien valoradas por los críticos y nuestras espontáneas instalaciones urbanas de construcción colectiva en perenne mutación dentro del entorno citadino. No incluyo en el segundo grupo a los grafitis, estos frecuentemente han dejado de ser perecederos en las ciudades cubanas o perduran bastante hasta que una capa de pintura los cubre. Me refiero a las colecciones de tanques rebosantes y rodeados de desechos.
No resulta inusitado que en una pieza real de arte efímero la última de sus fases, es decir, la destrucción, tenga tanta importancia como el proyecto y el emplazamiento. Viene a mi memoria el performance de Kcho deshaciendo en la Plaza Vieja del centro histórico habanero el conjunto titulado Vive y deja vivir, al repartir entre la concurrencia sus ladrillos de barro.
Siguiendo esa filosofía; sin duda, el mejor momento de las instalaciones basurísticas es cuando arriban los trabajadores de comunales e higienizan la galería, si bien a veces lo hacen con tanto celo que la modifican, levantando con las palas mecánicas un fragmento de acera aquí, llevándose un contén o un parterre allá…
Ir contra la tendencia de los seres humanos a ensuciar su hábitat es difícil, lo comprendo –una anécdota reciente: un muchacho toca a la puerta de mi apartamento, pregunta por el vecino, le respondo, da las gracias y antes de alejarse tira el cabo del cigarro en el pasillo, justo frente a mí, sin apagarlo siquiera; protesto, entonces, asombrado, lo recoge. Sin embargo, campañas de bien público inteligentemente diseñadas y multas contundentes han logrado en otras latitudes ciertos resultados.
A la par se precisan constancia, alternativas viables para que la población pueda deshacerse de escombros y objetos pesados; e incluso, a falta de los recursos idóneos, aplicar métodos de recogida utilizados siglos atrás. Porque si quienes limpian los vertederos demoran semanas en volver a cada punto –debido a escasez de equipos modernos, combustible, empleados– y a ello se suma la insuficiencia de tanques colectores y el canibalismo al que la población somete a los contenedores, en breve prosperarán las próximas muestras.
O sea, los lugares expondrán nuevas versiones de Doña Basura, personaje de aquella maravillosa serie televisiva Fraggle Rock. Aunque las de nuestras calles son poco simpáticas y no rebasan el estatus de materias primas en parte útiles a quienes realizan lo que se denomina, valga la redundancia, arte basura; sus artífices, como David Smith, Vik Muniz, Sayaka Ganz, Tim Noble y Sue Webster por mencionar solo unos pocos, han aprovechado telas y papeles ya usados, chatarra, maderas rotas, vidrio, plástico y demás materiales de desecho para dar vida a creaciones en algunos casos efímeras y en otros no.
En el mundo existen instituciones dedicadas a esa manifestación artística, entre ellas The Garbage Museum (Stratford, Estados Unidos), el Plastic Museum (Madrid, España), o el Museo de Residuos SOS (Morelia, México). No estaría mal fundar una en Cuba para promover así el reciclaje, el cuidado del medioambiente y la conciencia a todos los niveles de la sociedad; de que urge desterrar de nuestras cuadras las malolientes e insalubres instalaciones. Que estas sean hoy, mañana, siempre, más que temporales, fugaces.


















