Así se expresó Pablo de la Torriente Brau a raíz de la manifestación del 30 de septiembre de 1930, cuando la juventud cubana le declaró la guerra sin cuartel a la tiranía machadista
Por. / PEDRO ANTONIO GARCÍA*
Aquel día amaneció muy nublado. Una molesta llovizna, a intervalos, bañaba el pavimento de la calle San Lázaro. José Lezama Lima recordaría en su novela Paradiso, un clásico de la literatura cubana: “Los estudiantes no suben la escalera de piedra hablando, ni se dirigen a la tablilla de avisos en los distintos decanatos para tomar con precisión en sus cuadernos los horarios de clases […] Se fueron situando en la plaza frente a la escalinata”.

Por aquellos días, Enrique José Varona había cuestionado a la juventud cubana por su pasividad ante el machadato. Años más tarde, Raúl Roa García, Canciller de la Dignidad de la Revolución de 1959, escribiría: “Aunque injustas, aquellas palabras fueron como un puñado de ortigas restregadas en carne viva. Se hizo cuestión de amor propio demostrarle al viejo mentor que éramos sus legítimos discípulos”. Y así nació la idea de marchar el 30 de septiembre de 1930 hacia la casa del pedagogo.
En el Instituto de La Habana (única escuela pública de bachillerato en la capital) se había corrido esa noticia desde la tarde anterior. Ayudaron a propagarla el posteriormente comandante del Ejército Rebelde Luis Orlando Rodríguez y Juan Mariano González Rubiera. Alrededor de ellos se nucleó un grupo, el cual acordó ir ese día a la Universidad.
Llegaron temprano. Policías a pie y a caballo patrullaban las cercanías de la casa de altos estudios; “ya con los sables desenfundados, […] movilizándose como si fueran a tomar posiciones”, según describiría décadas más tarde Lezama Lima. A la cabeza de esas huestes iba el esbirro Ainciart, quien ya ostentaba un largo expediente criminal. El sátrapa, al saber de las intenciones de la muchachada, acuarteló a la policía, ordenó reforzar la guarnición del Castillo de la Fuerza y el emplazamiento de 12 ametralladoras en sitios estratégicos de la ciudad.
Los uniformados de a pie, los llamados de infantería, impacientes, acariciaban las cartucheras donde guardaban sus revólveres, como si con ese gesto pudieran intimidar a los jóvenes. Entre ellos, al lado del Alma Mater, se confundían obreros, profesionales y gente de pueblo.
Y circuló la consigna: “¡Al parque Alfaro!”. Según Roa, “de allí partiríamos en manifestación al Palacio Presidencial a demandarle a Machado la renuncia en su propia cara. La determinación, aunque asaz peligrosa, era políticamente más efectiva que ir hasta el domicilio de Varona”. En la primera fila iba un veterano mambí, corneta de órdenes en mano. “Toca algo ahí”, le gritaron los jóvenes. “¿Qué toco?”. “Toca a degüello”.

Tras el toque de clarín, aumentó el vocerío: “¡Muera Machado!”. “¡Abajo la tiranía!”. La policía arremetió a golpes de tolete. Los jóvenes estudiantes, encabezados por Pablo de la Torriente Brau, Rafael Trejo, Pepelín Leyva y otros deportistas caribes se defendieron con los puños.
A los universitarios se les sumó un refuerzo inesperado: un alumno del Instituto, Rodolfo de Armas, boxeador amateur, a quien le llamaban “Trompá” debido a la fortaleza de su pegada (luego integró con Guiteras la Joven Cuba y fue internacionalista en España). “Policía que tocaba, policía que caía”, solía Roa describir con fruición.
Los alumnos de la Enseñanza Media no se quedaban atrás. Lezama, jadeante y sudoroso, coreaba encendidas consignas antimachadistas. Luis Orlando Rodríguez, junto con el años más tarde escritor costumbrista Eduardo Robreño, lideraban la lluvia de ladrillos lanzados por los estudiantes del Instituto contra los sicarios de Machado, quienes apelaron a las armas de fuego.

Para neutralizar los derechazos de Pablo de la Torriente Brau, seis policías, blandiendo sus toletes, le agredieron al unísono. Cayó el joven sobre el pavimento con la cabeza ensangrentada,. El poeta Juan Marinello acudió en su auxilio y lo aprehendió el propio Ainciart.
Trejo se enredó en un cuerpo a cuerpo con un policía. Otro estudiante, Antonio Díaz Baldaquín, acudió en su ayuda al ver al uniformado esgrimir el revólver. Sonó una descarga. Uno de los estudiantes del Instituto de La Habana, que estaba cerca de allí, le confesaría a un periodista años más tarde: “Increíblemente, cuando veo a Trejo derrumbarse, chorreando sangre, arreció el aguacero”.
Los manifestantes lograron romper el cerco y enfilaron hacia el Palacio Presidencial (hoy Museo de la Revolución). De acuerdo con Roa, “una parte bajó por la calle San Lázaro; y a toda velocidad, pisándole los talones, la jauría policíaca enrumbó hacia Belascoaín”. En la esquina de esta calle y San Lázaro, los sicarios recibieron a los manifestantes con una lluvia de balas. Recordaba Pepelín Leyva: “Como nos entraron a tiros, ahí se tiró mucha pedrada a los policías». En una misma ráfaga resultaron heridos el líder obrero Isidro Figueroa y una vecina de la zona. Los esbirros arrestaron a numerosos estudiantes.
El poeta José Lezama Lima rememoraría: “Ya los estudiantes tenían la salida al mar. Entrando y dispersándose por las calles travesañas a San Lázaro se hicieron casi invisibles a sus perseguidores”. Pablo recuperó el sentido en el hospital: “Rafael Trejo, tranquilo sobre su cama, me sonrió con afecto como para darme ánimos para pasar ese momento doloroso. Los ojos se me nublaron y, al volver en mí, ya se lo habían llevado para operarlo”. No lo vio más. Trejo falleció el 1° de octubre.

A partir de la manifestación del 30 de septiembre de 1930, la juventud cubana le declaró la guerra sin cuartel a la tiranía machadista. Pablo de la Torriente Brau expresaría ese sentir en un artículo aparecido en la revista Alma Mater (noviembre de 1930): “¡Arriba muchachos, que la dignidad de Cuba es hoy menor de edad! ¡Arriba muchachos, con la vergüenza viva y sin miedo, que una herida hoy es un honor y una prisión un mérito!
“[…] Cae Trejo en las calles de La Habana… Cae no. Se levanta más alto que una estatua inmensa y desde lo alto del granito, forjado por su valor y la cobardía de sus asesinos, lanza un poderoso grito que despierta todas las conciencias dormidas: ¡Abajo la tiranía y la opresión!”.
*Periodista y profesor universitario. Premio Nacional de Periodismo Histórico por la obra de la vida 2021.
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Fuentes consultadas
Testimonios de Pepelín Leyva, Luis Orlando Rodríguez, Eduardo Robreño, Alberto Saumell y Enrique de la Osa, ofrecidos al autor de este trabajo. Los libros Pluma en ristre, de Pablo de la Torriente Brau; La Revolución del 30 se fue a bolina y El fuego en la semilla del surco, de Raúl Roa García. Textos y testimonios recogidos por la revista Pensamiento Crítico en su número de abril de 1970.


















