En cuanto se conoció que Estados Unidos había sancionado como Ley el apéndice constitucional, los cubanos se lanzaron a la calle a protestar contra las imposiciones del codicioso vecino norteño
Fotos. / Archivo de BOHEMIA
Cuando los tanques pensantes de Washington comprendieron en 1901 que la anexión de Cuba no era factible debido al espíritu independentista de los cubanos, apelaron a formas más sutiles de dominación. Así, con el pretexto de dotar a la futura nación independiente de una Carta Magna, se convocó a una Asamblea Constituyente, la cual concluyó su tarea el 21 de febrero de ese año.
Cuatro días después, el congresista Orville Platt presentó en el Senado de los Estados Unidos una enmienda sobre las relaciones que habrían de existir entre los dos países. Entre otros acápites controvertidos, en este proyecto el imperio norteño se arrogaba el derecho a intervenir en el archipiélago antillano cada vez que lo estimara necesario. Además, Cuba debía cederle parte de su territorio para bases navales y carboneras.

Aprobado el documento injerencista por los senadores, la Cámara de Representantes estadounidense lo ratificó sin modificación alguna el 1º de marzo y, al siguiente día, el presidente William McKinley la ratificó como ley. Se le comunicó 24 horas más tarde a la Asamblea Constituyente cubana la inclusión obligatoria de la Enmienda Platt como apéndice de la Carta Magna de la futura República.
El país entró en un período de agitación extraordinaria. Las manifestaciones se sucedían unas a otras en todos los pueblos, en son de protesta contra la imposición del codicioso vecino del norte. Según el diario La Discusión, en su edición del 4 de marzo, miles de personas marcharon por las calles de La Habana y se detuvieron frente al hoy Teatro Martí, donde sesionaba la Asamblea Constituyente.
Allí confraternizaron con todos los convencionales, menos los archirreaccionarios Eliseo Giberga y Joaquín Quílez, quienes encontraron pretextos para no participar. “Una concurrencia genuina y absolutamente cubana”, subrayaba el periódico habanero, el cual consignó la presencia de la mujer cubana en estas protestas.
Después de departir con los constituyentes, los manifestantes marcharon hacia la Plaza de Armas a entregarle al interventor yanqui, general Leonard Wood, una exposición dirigida al mandatario estadounidense. Con cinismo inaudito, Wood declaró ante el pueblo “que el acuerdo tomado por ambas cámaras norteamericanas, aprobando la Enmienda Platt, no es definitivo, pudiendo sufrir modificaciones”.
No solo La Habana fue conmovida entonces por la protesta popular. Fuera de la capital, llegaban mensajes a los ayuntamientos con resoluciones de condena al intervencionismo. En toda Cuba se llevaban a cabo desfiles y mítines, con despliegue de banderas cubanas y carteles que denunciaban la Enmienda Platt y proclamaban: “Nada de carboneras”.
Ante esta situación, Wood comenzó a maniobrar a fin de amortiguar “excitaciones y enemistades contra los (norte)americanos”, como después confesaría. En una entrevista con un delegado a la Constituyente, a la cual tuvo acceso la prensa, dejó escapar que la Ley Platt no era definitiva, sino “una proposición que los convencionales tendrían a bien aceptar o no”.
Días más tarde, Wood negaba públicamente haber hecho esas declaraciones. Desde Washington se oyeron voces asegurando la perpetuación de la Enmienda. En esa fecha, 7 de marzo de 1901, la Asamblea Constituyente recibía la comunicación del Gobernador Militar sobre la aprobación de la Enmienda Platt como Ley por el Ejecutivo de los EE.UU.
Un delegado a la Constituyente, Antonio Bravo Correoso, describiría este momento histórico así: “Días de angustias profundas fueron para los delegados los que subsiguieron a partir de la lectura de dicho documento. El país entró en un período de agitación extraordinaria. Las manifestaciones se sucedían unas a otras en todos los pueblos, en son de protesta, que repercutió en Washington, contra la imposición de los Estados Unidos”.

Otro de los delegados, Salvador Cisneros Betancourt, declaró: “con las dichosas relaciones propuestas, Cuba no tendrá su independencia absoluta; y desafío al más erudito diplomático que me diga qué clase de Gobierno tendrá, porque al aceptarlas, ni tendrá soberanía, ni independencia absoluta, ni será república, ni anexada, ni protegida, ni territorio de los Estados Unidos”.
En medio de ese clima, los convencionales acordaron crear una comisión para redactar una respuesta a la comunicación del Gobernador Militar. Juan Gualberto Gómez presentó una ponencia, la cual resultó ser, en opinión de la historiadora Hortensia Pichardo, “un admirable análisis crítico de la Enmienda y una demostración de la capacidad y el patriotismo del exponente”.
Según dicha ponencia, “la Enmienda altera esencialmente el espíritu y la letra” de la Resolución Conjunta de abril de 1898 y del Tratado de París, los cuales, según su expositor, reafirmaban el derecho del pueblo cubano de ser libre e independiente. La Enmienda, añadía, “tiende por los términos de sus cláusulas principales a colocar a la Isla de Cuba bajo la jurisdicción, dominio y soberanía de los EE.UU.”.
Al reservarse la facultad de decidir cuándo intervenir en Cuba, seguía razonando Gómez, le correspondería al coloso yanqui “de hecho y de derecho la dirección de nuestra vida interior, […] solo vivirían los gobiernos cubanos que cuenten con su apoyo y benevolencia; y lo más claro de esta situación sería que únicamente tendríamos gobiernos raquíticos y míseros […] condenados a vivir más atentos a obtener el beneplácito de los poderes de la Unión [EE.UU.] que a servir y defender los intereses de Cuba […].
“Solo tendríamos una ficción de Gobierno y pronto nos convenceríamos de que era mejor no tener ninguno y ser administrados oficial y abiertamente desde Washington que por desacreditados funcionarios cubanos, dóciles instrumentos de un Poder extraño e irresponsable”.
La presentación de la ponencia de Juan Gualberto en la Asamblea suscitó enconados debates, tras los cuales no se llegó a consenso alguno. Se acordó, en cambio, enviar una Comisión a Washington para “conocer las miras y propósitos del expresado Gobierno de los EE.UU.”.
Ciertas personalidades de la época, algunas procedentes del campo mambí, comenzaron a predicar la aceptación de la Enmienda como un mal menor para salvar a Cuba de “una perpetua ocupación militar estadounidense”. Estas declaraciones comenzaron a amortiguar las espontáneas protestas populares. Y sobre los miembros de la Asamblea Constituyente empezaron a ejercerse fuertes presiones de grupos económicos nacionales y extranjeros.
A la vez, el desaliento y el derrotismo cundían entre algunos delegados, quienes comenzaban su marcha hacia la capitulación. En cambio, Juan Gualberto Gómez, Salvador Cisneros Betancourt y otros intransigentes patriotas continuaron manteniendo en alto, hasta el final, las banderas de la dignidad.
*Periodista y profesor universitario. Premio Nacional de Periodismo Histórico por la obra de la vida 2021.
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Fuentes consultadas
Los libros Historia de la Enmienda Platt. Una interpretación de la realidad cubana, de Emilio Roig de Leuchsenring, y Cuba, las máscaras y la sombra, de Rolando Rodríguez.


















