La imagen data de 1899. Desde azoteas como esta, los habaneros observaban un año atrás los movimien-tos de los buques sitiadores. /rarehistoricalphotos.com
La imagen data de 1899. Desde azoteas como esta, los habaneros observaban un año atrás los movimien-tos de los buques sitiadores. /rarehistoricalphotos.com

Historias ¿solo de ayer?

El primer bloqueo estadounidense a La Habana ocurrió a finales del siglo XIX, sin tomar en consideración las penurias que acarrearía a sus habitantes; pocos años después, un testigo relataría en tono irónico y humorístico, lo vivido


Buscando algo para leer mientras el apagón me impide escribir en la computadora, llegó a mis manos un libro publicado hace una década, pero en cierto sentido igual de oportuno ahora, incluso más relacionado con las contingencias diarias de nuestra actualidad. Se titula El bloqueo de La Habana y su autor es el abogado español, periodista y crítico musical, Isidoro Corzo Príncipe (1869-1936).

Sus Cuadros del natural, subtítulo del conjunto integrado por 19 textos, narran lo observado y sentido por él a partir del 22 de abril de 1898 –en ese momento Estados Unidos desplegó una flotilla ante la capital cubana e impidió la entrada de mercancías– y hasta agosto del mismo año. Entonces, como hoy, el Tío Sam apostaba por el estrangulamiento político, sin importarle los sufrimientos del pueblo al cual, según pregonaba, venía a emancipar.

El volumen primigenio vio la luz en 1905. En su prólogo, Alfredo Martín Morales subrayaba: “Briosamente trazados los cuadros más conmovedores y los más risibles que la miseria económica y moral ofrecía a la contemplación del observador, son además palpitantes páginas históricas […] ‘¡A centavito la melcocha!’, ‘Camisones para hombres’, ‘Diversiones públicas’, ‘Panes y panecillos’, ‘Los reconcentrados’, ‘El viaje de la escuadra’, ‘Tamalitos calientes’ y ‘Un globo cautivo’, entre otros interesantes relatos, nos dicen más del bloqueo que las pesadas informaciones de los periódicos, y presentan una verdad más real y positiva que cuantas narraciones pudieran hacernos los cronistas más puntuales”.

Corzo nos acerca de forma amena a un episodio que los cubanos no debemos olvidar. /libreriavirtual.cu

La edición de 2016, a cargo de Ciencias Sociales, se vio enriquecida por una cronología de sucesos relevantes acaecidos entre octubre de 1896, cuando el capitán general Valeriano Weyler ordenó a la población rural reconcentrarse en las ciudades, y el 20 de mayo de 1902, fecha en la cual se proclamó la República de Cuba. También de la investigadora Ana Cairo, se añadió una introducción que ofrece datos biográficos del autor, menciona características específicas de los escritos y resalta elementos esenciales: el carácter testimonial de lo referido, el uso de la ironía, la sátira y la crónica costumbrista.

Isidoro Corzo cuestiona de ese modo la actuación de las autoridades hispanas (el general Ramón Blanco y el gobernador-jefe militar de La Habana, Juan Arolas), de los fanáticos integristas y los yancófilos (retratados ambos en una anécdota: en cierto café de moda, los dos protagonistas se enfrentaron de palabra, la temperatura de los comentarios subió en demasía y el segundo terminó derribado a golpes). Asimismo, revela la deshonestidad de los oportunistas escudados tras el discurso patriotero o dispuestos a cambiar de bando en el instante preciso; y se mofa de la manera en que algunas piezas teatrales recreaban inexistentes proezas bélicas.

Los mercados, bien surtidos antes del asedio, luego resultaron incapaces de abastecer convenientemente a toda la población. /rarehistoricalphotos.com

Acerca de cómo empezó aquel período trata la primera remembranza del volumen, donde se mencionan las disposiciones gubernamentales para organizar la defensa de la urbe –por ejemplo, anunciar mediante tres cañonazos la cercanía de los barcos enemigos, cuando estos fueran avistados desde el castillo de El Morro–, y la reacción de los ciudadanos: unos mantuvieron la serenidad, otros deseaban que los navíos estadounidenses acabaran de arribar y comenzara el combate.

Llegó el 22 de abril, “un día espléndido, despejado y tibio, propio de las primaveras tropicales”, prosigue el narrador, quien poco después de las cinco de la tarde, al salir de su bufete, escuchó las inquietantes detonaciones. “Apenas se dio la señal convenida aquello fue un trastorno general. Oíase por todas partes el cerrar de las puertas que se cerraban; el correr de los coches que conducían a los militares y voluntarios a los puestos señalados de antemano; el sonido guerrero de las trompetas tocando llamada”. Pero los movilizados nunca entrarían en acción; los adversarios no desembarcaron, ¿para qué arriesgarse a sufrir bajas si podían causar daño a distancia?

Frente al acoso, la inventiva

A pesar de las carencias, el temor a los bombardeos o a la invasión, en La Habana se celebraban espectáculos públicos: las bandas de música ofrecían conciertos en el Prado, la Plaza de Armas, la Alameda de Paula, el Parque Central, con una nutrida concurrencia. También funcionaban los teatros Albisu, Irijoa, Alhambra. Otras fuentes de entretenimiento eran los paseos y mirar con prismáticos y catalejos, en La Punta y el litoral de San Lázaro, los movimientos de los buques norteamericanos.

Tras correr el rumor de que al ponerse el sol los sitiadores hacían volar sobre la ciudad un aerostato espía, provisto de un reflector eléctrico, se puso de moda reunirse por las tardes en las azoteas y los balcones, para otear el cielo, cuenta Corzo en “Un globo cautivo”.

Menos divertida era la tarea de conseguir alimentos. El escritor llegó a desesperar por la falta de pan –aunque era de los afortunados cuya despensa estaba surtida con otros víveres– y, ante la negativa de la criada a ser de nuevo vapuleada en las aglomeraciones frente a los establecimientos, debió dedicarse él mismo a rastrearlo en los cafés donde se vendían panecillos en cantidad limitada.

Aparecieron novedades culinarias de dudosa procedencia y contenido inconfesable –tema de no pocas canciones coreadas en los escenarios teatrales y plateas–, como los tamalitos pregonados por un vendedor callejero, personaje central del cuento que Ana Cairo considera “una de las joyas del libro”, merecedor de “integrarse a la saga del imaginario popular sobre las comidas en tiempos difíciles”.

Pese a la ausencia de solemnidad y al buen humor prevalecientes en el conjunto, algunos relatos destilan melancolía, tristeza. Tal ocurre en “A oscuras”: una caminata nocturna por las calles en tinieblas; “El desastre de Cervera”: la desesperación al conocer el hundimiento de los cruceros españoles; “Los muelles y el puerto”: cómo fueron agotándose los productos hasta no quedar nada.

Quienes más sufrieron las carencias fueron, por supuesto, los pobres y los campesinos reconcentrados. /rarehistoricalphotos.com

Aflora sin veladuras la aflicción en “Los reconcentrados”, desde sus líneas iniciales. “La visita a los Fosos Municipales, donde se hospedaban centenares […] producía en el corazón menos dado a la caridad una impresión de amargura […] La caridad municipal mantenía a sus expensas cuantas mujeres y niños le consentían sus recursos. Dábales […] un techo que les preservara del sol y de la lluvia; una tarima de madera donde acostarse; y un rancho aderezado con los víveres que el bloqueo permitía”. Quienes no cupieron en el lugar, debieron vivir a la intemperie; “muchos de ellos solo se alimentaban con los mendrugos sobrantes de las casas”.

Sin embargo, el cronista retoma el acento socarrón en las dos últimas anécdotas del libro; una pone en la picota a las damas “caritativas” que, en vez de ayudar a los necesitados, perdían el tiempo en banalidades y cotilleos; la otra, critica maniobras militares pomposas e inútiles dentro de la ciudad asediada.

Estos recuerdos de Isidoro Corzo, presentados en su mayoría cual tragicomedia, dotan de cuerpo y sustancia a un capítulo de la historia de Cuba y sus relaciones con el voraz vecino del norte. Recordémoslo con ojo avizor, pero sin perder el sueño.

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