El recuento de las elecciones del 30 de noviembre no acaba tras nuevas interrupciones en el sistema de transmisión del CNE, que asegura sigue procesando ac-tas./euronews.com
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Honduras: injerencia y retroceso

Las elecciones hondureñas continúan sin un resultado firme, mientras la influencia de Estados Unidos evidencia cómo cambió el curso político del país


Honduras atraviesa un momento decisivo, no solo para su política interna sino para el futuro inmediato de la región. Las elecciones del pasado 30 de noviembre, interrumpidas, cuestionadas y sometidas a una presión sin precedentes, han revelado la fragilidad estructural de una nación que, desde hace más de un siglo, ha vivido bajo la sombra de élites económicas locales y de la tutela directa de Washington.

Esta vez, sin embargo, la interferencia no fue diplomática ni silenciosa: fue abierta, digital, pública y calculada.

En una conversación franca y contundente con TeleSUR, la candidata del oficialista Partido Libre y figura clave del proyecto refundacional impulsado por la presidenta Xiomara Castro, Rixi Moncada, describió un escenario que supera con creces la noción de irregularidad.

Para ella, lo ocurrido constituye un golpe electoral en curso, ejecutado mediante una combinación corrosiva de manipulación técnica, sabotaje mediático, restauración oligárquica e injerencia extranjera de una crudeza inédita en el país.

Moncada sostiene que las advertencias no se limitan a fallas técnicas, sino apuntan directamente a la estructura de poder dominantes en el sistema político hondureño y al rol de Estados Unidos en el intento de torcer el resultado electoral.

Las denuncias sobre actas atrapadas, verificación biométrica eliminada y transmisión interrumpida se combinan con un historial de fraudes y con el recuerdo aún vivo del golpe de Estado de 2009, configurando un ambiente donde la sospecha no es casual, sino estructural.

Intrusión de EE. UU. y reposición del viejo orden

Lo que distingue a este proceso de los anteriores es el nivel de intervención directa de Estados Unidos. No se trató de una presión diplomática tradicional, sino de una ofensiva propagandística abierta en la que Donald Trump emitió tres mensajes públicos pidiendo explícitamente no votar por Moncada, la etiquetó de comunista y aseguró que no podría trabajar con ella.

Mientras, su maquinaria digital inundaba el país con millones de mensajes donde advertían de que si la candidata oficialista ganaba, las remesas de diciembre no llegarían.

En un país donde más de dos millones y medio de personas dependen de esos envíos, la amenaza operó como un mecanismo de coerción económica y afectó directamente la voluntad popular.

A ello se sumó el hecho más perturbador de toda la jornada electoral: la liberación, en plena campaña, del expresidente Juan Orlando Hernández, condenado por traficar más de 400 toneladas de cocaína hacia Estados Unidos.

Su indulto, seguido de un agradecimiento público a Trump, dejó en claro que la geopolítica volvió a imponerse sobre la justicia y que la elección hondureña no se desarrolló en un terreno neutral.

Este escenario revela la persistencia de una estructura de poder que combina oligarquía local, narcopolítica e influencia extranjera.

Tanto Nasry Asfura como Salvador Nasralla representan opciones distintas en estilo, pero coinciden en responder a los intereses económicos de los grupos que dominan la riqueza del país y en alinearse con la agenda de Washington.

Más de 50 figuras del bipartidismo han sido condenadas por narcotráfico en tribunales estadounidenses, aunque esa realidad no ha impedido que el sistema político mantenga los mismos patrones de subordinación.

Otra lección para América Latina

La estructura mediática completa el cuadro. Los principales medios pertenecen a los mismos grupos económicos que controlan el país, y su narrativa se alinea con los intereses de quienes temen un proyecto de democratización económica.

La campaña de Moncada, pese a haber recorrido todo el país y consolidado una base electoral sólida, enfrentó una maquinaria comunicacional diseñada con el objetivo de instalar miedo, distorsionar su propuesta y justificar la intervención extranjera.

El proyecto refundacional impulsado por Xiomara Castro logró avances verificables en reducción de pobreza, ampliación de políticas sociales y disminución de la violencia, sin embargo ingresó en estas elecciones enfrentando a un aparato que no estaba dispuesto a ceder espacios de poder.

Moncada pagó el costo político de encarnar esa transformación, pero su discurso posterior a los comicios no es el de una candidata derrotada. Asegura que las elecciones no están perdidas, exige revisar el ciento por ciento de las actas y anuncia un frente de lucha técnico, jurídico, político y territorial.

Honduras envía hoy un mensaje de advertencia a América Latina. La combinación de injerencia extranjera, restauración oligárquica, manipulación mediática y debilitamiento institucional puede reproducirse en otros países donde proyectos progresistas disputan el poder en condiciones adversas.

Para Moncada, la resistencia debe ser permanente y no limitarse al terreno electoral, porque la disputa real es por la soberanía de la nación.

El futuro de Honduras no se decidirá únicamente con la oficialización de un ganador. Lo que está en juego es si el país podrá romper su histórico sometimiento geopolítico o si continuará como pieza subordinada en un tablero donde intereses externos y élites internas definen los límites de la democracia.

La lucha por una Honduras soberana, democrática y no tutelada continúa abierta, y atraviesa, de manera decisiva, el destino de toda la región.

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