Aquella mujer podría haber protagonizado una novela de Gabriel García Márquez
Llevaba una diadema con un dije que le colgaba en la frente, cuya piedra luminosa tenía el mismo color esquivo de sus ojos y todo en ella exhalaba un aura de frescura.
Así describió el autor de El amor en tiempos del cólera a su principal figura femenina, Fermina Daza. Tan deslumbrante y amada como ella fue una cubana, devenida celebridad; hasta la cadencia de su nombre Catalina Lasa se añade a las similitudes.
Entre los múltiples sucesos protagonizados por la bella nacida en el mayor archipiélago de las Antillas, uno involucra a cierta tarde-noche de 1905 y una casona del entonces aristocrático Paseo del Prado. Unámonos a los visitantes.

Puertas adentro, el vitral que mostrará a la Diosa Fortuna y atraerá sus favores demorará un poco en sustituir al ventanal, tan blanco aún como los mármoles de la escalera. Los cristales se ocultan tras las guirnaldas de utilería. Sobre un escalón se alza la reina Luisa de Prusia, casi cual la pintara Gustave Ritcher: el manto de armiño sobre los hombros, un zapatico de raso despuntando insolente (el escenógrafo y la modista, o el modisto, se esmeraron en copiar los detalles). Hierática, la dama observa el pasmo de sus invitados. Diríase que una semisonrisa altera la majestuosidad de la cabeza femenina. Alguien ríe, aprobatorio. Dos o tres señoras le hacen coro y el grupo masculino, vestido de etiqueta, pierde su aire almidonado.
La mano de la soberana se eleva hacia el frente, sensualmente criolla; las voces crecen hasta apenas caber en los salones engalanados, haciéndole competencia a la música. Se mueven con sus bandejas los criados, mientras Catalina recibe parabienes de sus súbditos y los conduce –quién osaría rebelarse– pasillo adentro, a disfrutar de reproducciones pictóricas: L’Escarpolette, de Fragonard; un cuadro atribuido a Gérôme; La visión de Juana de Arco, obra de Lepage…
Se esmera al máximo la anfitriona en satisfacer las expectativas de la alta sociedad habanera, cuyas tertulias se han nutrido durante meses de la esperadísima inauguración del palacete Estévez-Lasa. Y triunfa este 22 de mayo.
Igual lo hizo Fermina Daza, tras su boda con el doctor Juvenal Urbino y el paseo por la capital de Francia: Las mismas damas de alcurnia que al principio la menospreciaban y se burlaban de ella por ser una advenediza sin nombre, se desvivían porque se sintiera como una de las suyas, y ella las embriagaba con su encanto […] Era otra: la compostura de persona mayor, los botines altos, el sombrero de velillo con una pluma de colores de algún pájaro oriental, todo en ella era distinto y fácil, como si todo fuera suyo desde su origen.
También Catalina, sin ilustre apellido, se casó con un excelente partido. Pedro Luis Estévez Abreu es hijo de los acaudalados –y respetados por sus actividades patrióticas– esposos Marta Abreu y don Luis Estévez Romero. La ceremonia no tuvo lugar en Cuba. El cronista social habló de París, pero las bendiciones religiosas las recibieron en Tampa, luego la pareja viajó a Europa.
Tres años después, en 1901, El Fígaro reseñaba el triunfal regreso: “¡Vedla ahí! Ved a la cubana parisiense que vuelve con tesoros de seducciones […] tan bella, tan espiritual y tan distinguida […] El traje, la actitud, el precioso hat que corona su rubia cabecita, dirían que es una parisiense la que aparece ante nuestros ojos”. A tal joya le concedieron un lujoso estuche, la mansión de Prado 48. Sin embargo, tras un período de tranquilidad doméstica una fiesta trastocaría su vida.
Según afirman algunos, a orillas del Sena –allí los Estévez tenían una residencia y la ocupaban de cuando en cuando– se conocieron Catalina Lasa y Juan Pedro Baró, hacendado cubano de bien valoradas posesiones, dueño del central Conchita. Ni su sentido práctico ni su exterior “frío y reposado de un inglés” lo preservaron de la pasión generada y correspondida por la hermosa. Cuentan que esa noche del primer encuentro bailaron sin descanso, sintiéndose más jóvenes, y desde entonces se visitaron demasiado.
EN SU HABITACIÓN DE LA SEGUNDA PLANTA, Catalina duerme bajo el dosel de encajes, sola. El marido desayunó y salió a sus gestiones hace ya largo rato. Un espejo refleja todo el cuarto, los cepillos dorados sobre el tocador de maderas preciosas, los frascos de perfume, las alfombras junto a la cama, las flores blancas, el farolito empotrado en la pared.
Espiada por los amorcillos de una pintura ingenuamente erótica, la mujer sueña. Nadie tan diferente a Pedro Luis Estévez como ese hombre que la toma del brazo y la conduce al petit-salón, escoltada por los desnudos de estatuas y cuadros. Ganada por la ansiedad, ella casi no repara en las magníficas cenefas de las paredes, los motivos del techo, las plantas ornamentales colocadas en esquinas y corredores, sustitutas del jardín imposible en esta céntrica arteria que corre recta hacia la entrada de la bahía habanera. Pasa, sin ver, cerca de vitrales decorados con flores y pájaros. Quiere detenerse en las mecedoras de mimbre, recostarse sobre los cojines. No lo consigue.
Finalmente, él la deja libre bajo Edipo y la Esfinge. La durmiente comprende: su casa de Prado es una catedral de la sensualidad y la sala donde se hallan el sitio principal de adoración. En cada pared un fresco proclama los atractivos del cuerpo humano y la justeza de solazarse con ellos. Aquí el Amor cabalga sobre el hombro de una muchacha; Hércules duerme a los pies de la semidesnuda Omphale. Una colección de abanicos –al estilo de los comprados en Europa por Fermina– sirve de contrapunto visual a El Amor y Psique, o a la pareja absorta en su lección de música.
Acudir a la cita, aceptar los abrazos de Juan Pedro Baró, tal es el mensaje del sueño. La suite del hotel Inglaterra la espera. ¿Se arriesgará?
VIENDO L´AFFAIRE CON OJOS DE HOY, surge una pregunta: ¿estaba Catalina perdidamente enamorada, o era voluntariosa y le costaba acatar los frenos? Tal vez se dijo: al diablo los abanicos, que es tiempo de brisas, mientras se exponía al escándalo posible cuyas consecuencias podían privarla de la tutela de sus hijos.
Fallido resultó el intento de actuar discretamente. El Inglaterra, situado frente al Parque Central, no era propicio para ocultaciones. Atenta a ciertos indicios, Rosalía Abreu, hermana de Marta, se erigió en guardiana de la honra familiar. Logró sorprender a los adúlteros y dar por terminada la convivencia de los excelentísimos esposos Lasa-Estévez.
Los amantes decidieron residir en la parisina avenida de Bois y batallar por la anulación de sus respectivos matrimonios. Por esa época Catalina proclamó en la prensa que el mejor lugar para vivir era, por supuesto, la ciudad de la luz.
Su gusto coincide con el del personaje femenino garciamarquiano, patente en un párrafo de la novela: A París, a pesar de la lluvia perpetua, de sus tenderos sórdidos y la grosería homérica de sus cocheros, había que recordarla siempre como la ciudad más hermosa del mundo, no porque en realidad lo fuera o no lo fuera, sino porque se quedó vinculada a la nostalgia de sus años más felices.
NI CATALINA LASA NI FERMINA DAZA MANTENÍAN LA BELLEZA Y LA LOZANÍA DE LA JUVENTUD, aunque sí la elegancia, cuando se embarcaron en la última travesía de sus vidas. Una era viuda y estrenaba amores con Florentino Ariza, quien la había idolatrado a lo largo de medio siglo. Al aprobarse el divorcio en Cuba, en 1918, la cubana había vencido en la batalla de legitimar su unión con Pedro Baró.

Durante una cena privada –según rumores– la pareja regaló unos aretes de brillantes a la esposa del presidente de la República Mario García Menocal, cuya firma refrendó la ley. Además, rodearon de misterio la construcción de su vivienda en otra de las calles habaneras descollantes: la arbolada Paseo, en el Vedado. Sobre la flor, al parecer creada por Forestier, sí se habló abiertamente. El afamado arquitecto paisajista se había encargado de internacionalizarla. La rosa Catalina Lasa adornaba los jardines allende los mares.
Hasta dos semanas antes de la fiesta inaugural, a finales de los años 20, no se divulgó quienes disfrutarían aquella mansión de diseño florentino, estilo renacimiento, edificada con arena traída del Nilo, mármoles de Carrara, herrería francesa y vidrios del famoso cristalero francés René Lalique, cultivador del art nouveau y el art déco, inventor del “claro de luna”, un cristal nevado blanco. Los propietarios del palacete no habían reparado en gastos. El nuevo estuche para la joya debía eclipsar al anterior.

Cada invitado recibió un presente la noche del convite: objetos de arte y cristalerías de Lalique. Nadie pensó en el panteón concebido para el cementerio Cristóbal Colón, cuyos ángeles guardianes habrían de cumplir sus funciones mucho antes de lo esperado.
Pocos años separan los desplazamientos finales de las dos mujeres. Narra García Márquez: En enero de 1824 el comodoro Juan Bernardo Elbers, fundador de la navegación fluvial, había abanderado el primer buque de vapor que surcó el río de La Magdalena, un trasto primitivo de cuarenta caballos de fuerza que se llamaba Fidelidad. Más de un siglo después, un 7 de julio a las seis de la tarde, el doctor Urbino Daza y su esposa acompañaron a Fermina Daza a tomar el buque que había de llevarla en su primer viaje por el río.
Debido a una epidemia de cólera, la embarcación se vería imposibilitada de tocar puerto, lo cual no inmutó a sus dos únicos pasajeros.
El capitán miró a Fermina Daza y vio en sus pestañas los primeros destellos de una escarcha invernal. Luego miró a Florentino Ariza, su dominio invencible, su amor impávido, y lo asustó la sospecha tardía de que es la vida, más que la muerte, la que no tiene límites.
—¿Y hasta cuándo cree usted que podemos seguir en este ir y venir del carajo? —le preguntó.
Florentino Ariza tenía la respuesta preparada desde hacía cincuenta y tres años, siete meses y once días con sus noches.
—Toda la vida —dijo.
Catalina Lasa fue menos afortunada. Una intoxicación causada por un pescado en mal estado –tal afirma el certificado oficial, otras fuentes especulan acerca de diversas enfermedades– truncó su existencia. Navegó de Francia a Cuba no en brazos de su amado, sino embalsamada. En diciembre de 1930 el Diario de la Marina ofreció primicias del sepelio: “El vapor francés Mexique que tomará puerto del viernes al sábado trae el cadáver de la señora Catalina Lasa de Pedro […] Viene en capilla ardiente. Cubierta de flores, orquídeas, azaleas […] Del muelle será trasladada directamente al Cementerio de Colón en cuya capilla central se le cantara un responso figurando en el cortejo fúnebre los que fueron sus amigos”.
Libros y artículos fomentan el recuerdo en torno a la otrora beldad habanera y su pasión transgresora. Parece que desafiará al tiempo, como lo hará la historia de Fermina Daza, literaria y a la par tan vívida que no sorprendería si en el futuro se tomara por verdadera.



















Un comentario
Sra. Tania Chappi, muy buen trabajo, como nos tiene acostumbrados. Adecuado vocabulario, excelente ambientación, excelente ese fondo de romanticismo decimonónico , … Mis felicitaciones.