Honduras enfrenta una crisis electoral marcada por denuncias de fraude, actas inconsistentes y la influencia de Washington, mientras crece la tensión política
Honduras se ha mantenido en el primer punto de la agenda mediática regional de los últimos días. El proceso electoral, celebrado el pasado 30 de noviembre, se ha convertido en una amarga y prolongada teleserie de incertidumbre, denuncias de fraude y la palpable, aunque negada, mano de la injerencia desde el norte.
Casi dos semanas después de la jornada, el escrutinio provisional otorga una estrecha victoria al candidato de la derecha, Nasry Asfura, del Partido Nacional de Honduras (PNH), abiertamente respaldado por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Sin embargo, este resultado pende de un hilo, tras serias acusaciones y un recuento plagado de inconsistencias que amenaza la estabilidad de la nación centroamericana.
La ventaja de Asfura, un exaltado empresario, exalcalde de Tegucigalpa, sobre su rival, el centrista Salvador Nasralla, del Partido Liberal (PLH), es mínima: apenas 42 407 votos luego de escrutadas el 99.4 por ciento de las actas. No obstante, la atención se centra ahora en las 2 749 actas con inconsistencias, que pueden representar un crucial 15.5 por ciento de los votos emitidos.
El Consejo Nacional Electoral (CNE) se ha enredado en una extrema lentitud, interrupciones injustificadas y fallos técnicos que han minado la credibilidad del proceso, llevando a que uno de sus consejeros lo tildara del “más manipulado y menos creíble” en la historia democrática de Honduras.
Denuncias de fraude y petición de anulación
La reacción de la oposición ha sido categórica y unánime en su rechazo. Salvador Nasralla calificó el proceso de “robo” y “fraude monumental”, exigiendo un recuento voto por voto de todas las actas, ante la detección de supuestos sufragios inflados y fallos en el sistema de validación.
Pero el punto más álgido lo ha marcado el oficialismo, de izquierda. La candidata del Partido Libre (representa la continuidad de la presidenta Xiomara Castro), Rixi Moncada, y la propia presidenta saliente han denunciado la “falsificación” de los resultados. Moncada y Castro han llegado al extremo de solicitar la anulación total de las elecciones y la repetición de los comicios.
Este llamado, si bien emana del partido que quedó en un distante tercer lugar, refleja la profunda desconfianza en la transparencia del CNE y el sistema.
La sombra larga y condenable de Washington
Este laberinto electoral no puede entenderse sin la ominosa presencia de los Estados Unidos. La injerencia de Washington, descarada y sin tapujos, ha sido un factor decisivo y constituye un acto de flagrante violación de la soberanía hondureña.
El apoyo explícito de Donald Trump a Nasry Asfura, manifestado en plenas jornadas de reflexión y justo antes de la votación, es una maniobra de condena. Trump no solo respaldó al candidato derechista, sino que lanzó una amenaza clara: la retirada de ayuda económica a Honduras si no ganaba Asfura.
Un portavoz del Departamento de Estado se apresuró a declarar que “no hay ninguna evidencia creíble” de manipulación, en un intento de validar el resultado del candidato que Washington deseaba.
A esto se suma la aberrante decisión de Trump de indultar al expresidente Juan Orlando Hernández, correligionario de Asfura y condenado por narcotráfico en Estados Unidos, liberándolo apenas un día después de las elecciones.
De acuerdo con la presidenta Castro “la postura de Estados Unidos demuestra que los conservadores desde Washington han tomado la decisión de aliarse con el narcotráfico, con el crimen organizado y las maras”.
Honduras se encuentra al borde de una crisis institucional. La exigencia de transparencia y el recuento riguroso de cada voto son el único camino viable para restaurar la maltrecha credibilidad del proceso y evitar que el país caiga en el abismo de la confrontación social.





















