Me alquilo para vocear

Cuba es tierra fértil para los inventos en todas las áreas del quehacer humano. Y para la fe en el éxito de estos. Un ejemplo es la críptica nomenclatura adoptada por la Unión Eléctrica (UNE) en sus mensajes a la población, con el propósito de informar sobre los horarios de los apagones. Sin embargo, como estamos en los meses veraniegos, me ceñiré a reflexiones suscitadas por cierta actividad recreativa.

A finales de junio una carpa amplia y alta se elevó en un descampado a pocas cuadras de mi edificio. Había llegado el circo. Recordé los espectáculos de la compañía nacional, hará más de un decenio, en su sede junto a las playas del oeste habanero; la juventud y profesionalidad de los artistas, el dinamismo del programa. Luego, en trance de remembranzas, viajé cinco décadas atrás, a cuando las variedades circenses soviéticas se instalaron en la Ciudad Deportiva de la capital cubana y sus audacias nos dejaron boquiabiertos.

En ambas épocas las funciones se difundían por la prensa escrita, la radio, la TV. ¡Cuánto han cambiado los tiempos! Ya no circulan publicaciones impresas diarias, por falta de electricidad vemos la televisión ocasionalmente y la mayoría de las estaciones de radio perseveran en el mutismo. No es preciso ser vidente para concluir que la divulgación de las actividades necesita seguir otras estrategias.

Numerosas instituciones basan hoy su promoción en el soporte digital. Nada tengo en contra de las TICs; pero no siempre constituyen la mejor alternativa y lamento que demasiadas veces actuar de forma creativa o moderna implique sinónimo de rechazo a cualquier método anterior, aunque “lo viejo” todavía sea eficaz.

Desde hace centurias se han puesto en práctica maneras sencillas y exitosas de atraer a los públicos. Los comediantes que con sus retablos recorrían sobre carretas la Europa medieval las conocían. Y sus émulos tropicales de inicios del siglo XX no las desdeñaron.

Disímiles circos ambulantes refrescaban el letargo de los pueblos cubanos; solían enviar pregoneros a los cuatro puntos cardinales de la localidad, a pie, en bicicleta, a caballo, a lomo de mulo, con un altoparlante –o por lo menos, la voz más potente de la troupe– proclamando sus atracciones, los horarios y el precio de la entrada. También fijaban notas en postes y árboles. Cada jornada el vocero, acicalado con un atuendo llamativo, repetía llamados de este tipo:

Oigan todos, niñitos, padres, abuelitooooos. A las tres de la tarde el magnífico circo Etchegaray presentará un espectáculo sin igual, aplaudido en La Habana y el país entero: la mujer de dos cabezas, el Atlas que levanta con una mano ruedas de central, el payaso Chiringuito, el león devora hombres, la bella Estelita sobre su corcel de fuego, el mago Aladino y los trillizos equilibristas capaces de saltar a 20 metros de altura… ¡Diversión, emociones! ¡Y por unos centavos!  NO SE LO PIERDAAAAN.

No se limitaban a un solo aviso, pues quien no divisara al pregonero en el primer recorrido, podría enterarse en el segundo o el tercero.

Ahora, verano de 2026, no oí –si bien permanecí en mi casa a menudo por el día– anuncios procedentes de la carpa azul. Tampoco me topé con carteles de ninguna especie. Alguna propaganda hizo el colectivo, porque varias personas llevaron a sus hijos. Sin embargo, no fue con la constancia y el olfato publicitario de los predecesores.

Eso me ha hecho pensar en las entidades “innovadoras” que apuestan por el misterio, la curiosidad y la sorpresa. Se trata de un recurso antiguo; el “invento” actual radica en fiarse del azar, no avivarlas por medio de acciones oportunas y adecuadas a las condiciones en las cuales transcurre la vida en los barrios cubanos.

O sea, el aporte en materia de comunicación es aplicar el término mínimo común múltiplo, extrapolado de las matemáticas. Veamos: mínimo = la menor cantidad de información previa posible; común = dirigida a todos los pobladores del lugar; múltiplo = multiplicada por cuantas actividades se realicen.

Quizás mi preocupación carece de base, pues tal proceder no es una equivocación u omisión, sino un experimento a largo plazo, diseñado para detectar si la telepatía actúa masivamente a distancia.

¿Podrían haber acudido a la carpa azul más personas? Tal vez a un buen número de ellas les pasó igual que a mí: descubrieron su existencia cuando ya la estaban desmontando.

Cavilando acerca del asunto, me ha surgido una idea: como el nuevo paquete de 176 medidas económicas y sociales aprobadas por el gobierno permite ejercer el trabajo por cuenta propia en mayor cantidad de oficios, desde mañana mismo me alquilaré para vocear. Mientras encuentro clientes arreglaré mi megáfono, una reliquia familiar, y distribuiré volantes explicando las características del servicio.

Ojalá compartan mi perspectiva los realizadores de planes de la calle, presentaciones de libros, charlas sobre salud y medioambiente, espectáculos de artistas aficionados y demás acciones cuyo alcance suele quedar por debajo de las expectativas, debido a la escasa divulgación previa.

Será ganancia por partida triple, para quienes me contraten, los ciudadanos y mi solvencia económica. Si las cosas marchan bien, iré ampliando el negocio, superaré la cifra de 100 empleados y lo convertiré así, legalmente, en una empresa privada, orgullo del barrio, paradigma de entrega al bienestar comunitario, merecedora de aparecer en el Noticiero estelar de las 8:00 p.m., por Cubavisión.

Imaginen las palabras de la locutora: “Iniciativa de triunfante empresaria revoluciona la manera de comunicar sobre actividades educativas, recreativas, culturales”. No descarto que durante la entrevista el reportero empiece por preguntar cómo se me ocurrió tan significativa innovación. ¿Deliro? Quién sabe. En este alucinante mundo nuestro cualquier cosa puede suceder.

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