Escena del filme La canícula de agosto. / rtve.es
Escena del filme La canícula de agosto. / rtve.es

Mentiras y desengaños

Un tórrido verano, dos muertes violentas, los afanes de un policía por hacer justicia en un entorno de corrupción y negocios turbios


Durante este verano la TV cubana ha vuelto a retransmitir episodios de El comisario Montalbano, serie de filmes para la televisión muy exitosa dentro y fuera de Italia. El primero de ellos se estrenó en 1999, luego las temporadas se sucedieron hasta la década actual, con entregas que en total superan la treintena de películas.

Igual que la saga literaria homónima, las acciones transcurren en Sicilia, en una pequeña ciudad costera imaginaria: Vigata. Asimismo, las versiones cinematográficas se ciñen a lo narrado en los textos originales y al diseño de personajes concebido por el escritor, guionista, director teatral y televisivo Andrea Camilleri (1925-2019).

Su protagonista, Salvo Montalbano, no representa al clásico héroe de una sola pieza, infalible, irreprochable e inalterable. Tampoco sus capacidades deductivas siguen la línea de un Holmes, un Poirot o un Maigret. Por el contrario, es un hombre común, con dudas, disgustos y hasta explosiones; a veces se equivoca y debe reconsiderar sus ideas. Cuando no queda otro remedio es capaz, aunque se lo autorreprocha, de mentir y amedrentar a los delincuentes para obtener sus confesiones. Con toda razón, no tiene buen criterio de sus superiores y a menudo elude indicaciones o se divierte a costa de ellos. Quizás por eso el espectador lo siente, más que verosímil, cercano.

Foto. / penguinlibros.com

El filme La canícula de agosto corresponde a la séptima temporada (2008) y se basa en una novela publicada dos años antes. En el libro (y la cinta) a Salvo lo acompaña su equipo de siempre: el ingenuo agente Catarella, una especie de niño grande, torpe, sentimental, que confunde nombres y órdenes; el inspector Fazio, serio, eficiente, puntilloso; el imprudente policía Galluzzo. Además, nos reencontramos con el forense, el cascarrabias doctor Pasquano. El mujeriego comisario adjunto Mimí Augello no participa en la solución del enigma, pues disfruta de vacaciones.

Montalbano ha mantenido durante años una relación amorosa a distancia con Livia. Cada cierto tiempo ella viaja a Vigata o él se traslada a Génova, donde reside su pareja. Claro, las desavenencias y reconciliaciones son frecuentes. Esta vez la abogada llega acompañada por un matrimonio y el pequeño hijo de ambos. Tales amigos se instalan en un chalet que el propio comisario ha alquilado, situado junto a la costa, en una zona alejada de la Marina de Montereale.

Enseguida empiezan a ocurrir hechos inusuales: el aparente desplazamiento de la franja de dunas sobre la cual se asienta el inmueble; surge una grieta en el piso del salón; los moradores deben enfrentar invasiones de escarabajos, ratones y arañas. Un día en que el grupo (Livia incluida) se dispone a bañarse en la playa, el niño desaparece.

Tras varias búsquedas, el protagonista lo rescata de una especie de sótano en el cual el chiquillo penetró por una ventana ahora abierta, a ras del suelo. En realidad, se trata de una vivienda similar a la visible, impermeabilizada, sellada y tapada con arena. La incógnita adquiere proporciones de tragedia cuando allí descubren, dentro de un baúl, el cuerpo de una adolescente degollada.

A lo largo de 19 capítulos Camilleri utiliza un lenguaje ligero, anecdótico, no exento de humor e ironía; las descripciones son breves y el desarrollo de la historia recae sobre todo en los diálogos, sintéticos, vivos y por momentos desenfadados.

Pero no es un relato inocente para olvidar en cuanto se acaban las páginas. De nuevo el autor alude a las componendas entre las estructuras de poder “legales” y el crimen organizado.

“Por espacio de un instante, Montalbano se desanimó. ¿Sería posible que las cosas no cambiaran jamás? Pirilí-pirulá, las cosas siempre acababan entre parentescos peligrosos, relaciones entre mafia y política, entre mafia y empresariado, entre política y bancos de blanqueo y usura…

“¡Qué baile tan obsceno! ¡Qué bosque petrificado de corrupción, estafas, negocios sucios, indignidades, especulación!”, escribe el novelista.

Michele Spitaleri, propietario de empresas constructoras y cuñado del alcalde, paga comisiones a las familias mafiosas del lugar: los Cuffaro y los Sinagra, quienes controlan a jueces venales. Por esa doble vía consigue la mayor parte de las contratas municipales.

Tal estatus dificulta las indagaciones policiales cuando se torna evidente que una de esas compañías (sus obreros edificaron el chalet) está conectada no solo con la muerte de la muchacha, también con la de un albañil árabe que trabajaba en otra obra y cayó, supuestamente borracho, de un andamio. El comisario sospecha que, en el segundo caso, se halla ante una puesta en escena. Y el lector entrevé la desprotección, la precaria subsistencia de los inmigrantes ilegales en Italia.

“¿Cuántos presuntos accidentes laborales había que nada tenían de accidentes, sino que eran auténticos crímenes del empresario?”, se pregunta el investigador. Sabe, como le recalcó un colega, que sin pruebas irrebatibles e imposibles de esconder el poder judicial no molestará a los padrinos y sus testaferros. Esa situación indigna a Montalbano. Y su humor no mejora al constatar los destrozos de los veraneantes en su amada playa de Marinella.

Salvo trata de no ceder a su apasionamiento por la hermosísima e insinuante Adriana, hermana gemela de la joven asesinada. A la par, intenta demostrar la culpabilidad de Spitaleri, quien, además de marrullero, practica el turismo sexual fuera del país con menores de edad. De no lograrlo, reflexiona: “el derrotado no era solo él […] sino la propia justicia, mejor dicho, la idea misma de la justicia”.

Como en cualquier narración policiaca que se respete, el final nos sorprende. Aquí dejo en pie dos interrogantes: ¿fue o no Spitaleri el responsable de los delitos?, ¿pagó por ellos? Y les adjunto Ardores de agosto (La vampa d’agosto), una idónea lectura de verano.

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