Mi adiós al Brother

Un periodista deportivo de 1 000 batallas


No siempre coincidimos. A veces discutimos más de la cuenta. Pero cuando pienso en él hoy, lo primero que me llega no es la discrepancia, sino la gratitud.

El miércoles, al enterarme que Abelardo Oviedo –el Brother–había muerto, sentí cerrarse sin ruido una puerta vieja.

Era un hombre de aristas y empujones, de pasiones intensas. A veces difícil, luminoso, siempre vivo, en movimiento, con esa mezcla rara de humor, terquedad y, en muchas ocasiones, nobleza inconfundible.

Lo conocí en 1981, en la redacción del periódico Trabajadores, en la antigua sede de El Mundo, en la calle Virtudes. Yo era apenas un muchacho que soñaba con escribir de deportes. Él, coordinador de la sección, fue quien me abrió la puerta. Y aunque la vida nos llevó después por caminos que chocaron más de una vez, hoy, al recordarlo, no queda el ruido: es la huella.

Tenía un sentido de competencia feroz. “Vamos a barrer con Granma”, repetía, como si la redacción fuera una cancha y él entrenador de un equipo que no podía permitirse perder.

Se decía –y le decían– el Brother, y lo disfrutaba.

Mi primera entrevista publicada –la primera de mi vida– salió en Trabajadores: al expelotero Eladio Sauquet, primera base del equipo Cuba en el Mundial de Costa Rica 1961.

Había un especialista en béisbol, Luis Hernández Iglesias, y Oviedo me permitió tener una sección semanal, En tres y dos, firmada como Los Peloteros.

Abelardo Oviedo dejó huellas. /Gilberto Rabassa

En 1982, antes de los Juegos Centroamericanos de La Habana, terminé haciéndole una entrevista al compositor, pianista y profesor Harold Gramatges. Todavía recuerdo la mirada del músico, cordial y sorprendida, como preguntándose: “¿De dónde salió este chiquillo?”. Salí de la mano de Oviedo.

Estuve como periodista en Habana 1982 sin haber terminado siquiera el nivel medio. Y tiempo después cuando le pedí entrevistar a mi pelotero ídolo, Rey Vicente Anglada, me dijo: “Dale”, y se publicó.

En un cartel de boxeo nos dividimos a partes iguales las peleas.

Estuvo en mi primera boda, en 1983. En algún lugar guardo una foto juntos de ese día. Luego la vida nos llevó por caminos distintos: él quedó en Trabajadores, yo llegué a Granma.

Me consta: fue un buen esposo y un buen padre. A su hijo le decía “El Huevo”. Una tarde, en la esquina de Granma, me habló con la preocupación de quien no sabía cómo proteger lo que más quería. En la beca donde estaba el muchacho había violencia, peligro.

“No lo pienses más –le dije–. Mañana vas, pides la baja y te lo llevas”. Ese día entendí algo todavía más: detrás de su carácter había un corazón que no sabía permanecer quieto.

En los Juegos Panamericanos de Mar del Plata 1995 coincidimos como enviados especiales: él por Trabajadores, yo por Granma. El viaje fue largo y agotador. Los amigos del grupo de solidaridad nos llevaron a un restaurante. Hubo un momento en el cual no pude más con la carne argentina.

“Oviedo, ¿te paso este pedazo?”. “Dale”, me dijo.

“Con una condición: en La Habana me devuelves uno igual”, le expresé. Nunca lo hizo.

Sí, me llevó a comprar jabones de lavar –estábamos en pleno Período Especial– y les dijo a los de la tienda: “Este es mi amigo cubano. Puede pagar esto…”. Ese gesto vale más que cualquier pedazo de carne.

Años después coincidimos aquí en BOHEMIA: él en 2008, yo en 2010. Luego debí pasar a ser jefe –algo que nunca quise ser– y ahí las cosas entre nosotros se complicaron.

Pero incluso en esos momentos había algo en él que no cambiaba: su intensidad, su humor, su manera de empujar la vida como si fuera un partido que no podía perder.

Su estatura y su complexión lo habían llevado al baloncesto. Creo llegó a la preselección nacional en tiempos de mucho nivel. Quizás tanto jugar sobre cemento le pasó factura: al final de su vida tenía serios problemas de locomoción.

Pese a ello continuaba siendo un cubano ocurrente, con sentido del humor. Caía bien.

En una de nuestras reuniones calientes perdió el equilibrio. Lo sostuve para no caerse. Un compañero, con humor negro, me dijo después: “Hubieras dejado…”.

“Noooo…”, le respondí.

Sabía que, en la reunión siguiente, lo más probable era volviéramos a fajarnos. Así era él. Así éramos nosotros.

Mi caso fue el de otros: nos dio un gran apoyo al inicio; después, bueno… después… Pero la vida no es una línea recta. Es una curva llena de encuentros, choques, silencios y regresos.

Le encantaba repetir una palabra: “muerto”. Y también, allá en 1981, los leads (o primeros párrafos) de AFP, que invitaba a leer como ejemplo.

Era ocurrente. Era intenso. Era él. Yo no le decía “Brother”. Le decía Oviedo.

Pero haré una excepción: “Brother… graciasssss.”

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3 comentarios

  1. Es que el brother fue más allá del amigo, del compañero de redacción… a su paso dejaba enseñanzas que a todos nos servían en alguna ocasión. Fue un profesional celoso y preocupado por su trabajo, a todos les daba la misma importancia, y a los que aprendímos de él, tuvimos la suerte de aprender para toda la vida. Hoy te ha tocado partir pero dejaste huellas demasiado profundas y sobre todo, marcadas con tu eterna sonrisa. Descansa en paz hermano, tu partida física nos deja vivencias únicas difíciles de olvidar.

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