Realmente no soy una amante de esos mamíferos adorados en el Egipto de los faraones. Sigo sin comprender a quienes se enternecen al ver a un minino acicalarse, o se derriten al admirar las manchas del pelaje y cómo se desplazan. Tal vez para esas personas representa un pasatiempo relajante, similar a cuidar una pecera; o equivalente al placer de acariciar a un tigre en miniatura (frase atribuida a Víctor Hugo). A ellas no les molesta, más bien disfrutan, percibir en los muebles y hasta en las sábanas y en las fundas de las almohadas el olor penetrante de sus mascotas.
Sobre los gatos se han escrito fábulas e incontables frases, poemas. Muchos inspirados en la independencia y donaire de esos felinos. Pablo Neruda escribió: No hay unidad / como él, / no tienen / la luna ni la flor / tal contextura: / es una sola cosa / como el sol o el topacio, / y la línea elástica de su contorno / firme y sutil es como / la línea de la proa de una nave.
Y según Jorge Luis Borges:
No son más silenciosos los espejos / ni más furtiva el alba aventurera, / eres, bajo la luna, esa pantera / que nos es dado divisar de lejos.
Pero no todos estamos dispuestos a adorar sin límites. Conocí a una muchacha cuyas relaciones amorosas fracasaban por culpa de sus ahijados. Tenía la vivienda repleta de gatos, eran los dueños de sillones, butacas, la mesa del comedor, el baño, la cama. Pocas parejas logran aguantar algo así y no plantear la disyuntiva: “¡O ellos o yo!”.
Sin embargo, reconozco el gran servicio que esa especie proporciona a los seres humanos. Aunque Walt Disney los muestre en sus dibujos animados como los malos de la historia, los mininos contribuyen a mantener el entorno libre de plagas: a lo largo de siglos han protagonizado innumerables batallas libradas contra las ratas transmisoras de enfermedades.
Disímiles monumentos dan fe de nuestra gratitud. Por ejemplo, les han dedicado un parque ambientado con esculturas en Tiumén; desde allí y otras urbes se enviaron animales a Leningrado (en cuanto la segunda de las poblaciones nombradas rompió el cerco del ejército alemán) para eliminar los roedores instalados en el Museo del Hermitage. El Gato de Río, obra realizada por el escultor Hernando Tejada, se ha convertido en un símbolo de la ciudad de Cali, en Colombia.
Pocos especímenes gatunos han captado mi atención. Uno de ellos es un hermoso macho gris. Solía encaramarse y permanecer largo rato en equilibrio encima del estrecho muro del balcón contiguo al mío, a cinco pisos sobre el pavimento; la cabeza vuelta hacia mi espacio, quizás valorando la posibilidad de saltar y ampliar su reino. Hace unas semanas el vecino y su curiosa mascota se mudaron. Adiós a la sorpresa de toparme en medio de la noche con sus brillantes ojos.
Otro perteneció a mi esposo, cuando aún no vivíamos juntos. Era amarillo, corpulento, de pelo reluciente y porte señorial. Buena parte del tiempo andaba fuera de la casa. Eso lo condujo a un final prematuro: al parecer murió envenenado (al menos no presentaba señales de golpes), o por comer algo descompuesto, en los albores de los años 90.
Por entonces, los grupos de cuadrúpedos maulladores habían mermado bastante en algunos barrios habaneros. Se decía que eran cazados y servidos cual si se tratara del aristocrático conejo. ¿Ocurrió de veras o se trataba de infundios? Personalmente, nunca pasé por dicha experiencia.
Ahora veo escasos ejemplares rondando el edificio. El pasado miércoles me puse a contarlos y me sobraron los dedos de las manos. Asombra, pues lo habitual era observar una treintena de lomos blancos, negros, manchados o rayados. Otrora, junto al macho alfa y a las matriarcas corrían numerosos pequeños. De madrugada escuchábamos peleas.
¿Emigraron a ecosistemas más favorables, dígase residencias ajardinadas y con cocinas bien surtidas? ¿Fallecieron porque dejaron de alimentarlos? ¿Aplicaron –¡vaya especie inteligente!– un control de la natalidad hasta que cambien las circunstancias?
Me pregunto si podrán, siendo tan pocos, vencer a los roedores que encuentran en los sótanos de las edificaciones un refugio ideal. También, no lo niego, extraño aquel escenario bullente de movimiento y promesas de vida.
¡Debe regresar la normalidad!, me digo. Una vez conseguida, ya habrá oportunidad de despotricar por los maullidos, similares a llantos de niños inconsolables; y por los animalitos inquietos que se cuelan en el inmueble, suben las escaleras y dejan sus desechos en las esquinas de los pasillos; de tirarles agua a las dos de mañana para enfriar sus trifulcas por el poder o los favores de las hembras.
Parodiando versos infantiles muy conocidos en Cuba, confieso:
La nariz su olor me aprieta / Sus pelos me dan picor/ Pero no verlos despierta / Nostalgia en mi corazón.
Mejor no cierro así la crónica de hoy. En consideración a los lectores que fruncen el ceño ante textos melancólicos o enrabietados y nos piden optimismo, los dejó con un fragmento del poema Gatos de Roma, cuyo autor es Jorge Guillén:
Los gatos / Inmortales de modo tan humilde. / Retan al tiempo, / duran / Atravesando las vicisitudes, / Sin saber de la Historia…
























Un comentario
Sra. Tania Chappi muy buen artículo, como nos tiene acostumbrados. Además es que estoy de acuerdo con sus reflexiones y consideraciones. Yo tampoco soy amante de los gatos, no he tenido nunca gatos, no me acaban de gustar ni siquiera su comportamiento felino. Lo de la falta de ellos me parece normal, es que más que nada los que quedan en las ciudades se han vuelto muy recelosos y bastante comodones, ya eso de cazar ratones y ratas no les va, prefieren la comodidad de una buena casa y unos atentos dueños. Saludos cordiales.