Según reseñaron la prensa colombiana e internacional, Petro y Trump “hicieron las paces” este 3 de febrero en la Casa Blanca. / @petrogustavo
Según reseñaron la prensa colombiana e internacional, Petro y Trump “hicieron las paces” este 3 de febrero en la Casa Blanca. / @petrogustavo

Petro y Trump: alivio sin giro

Sin anuncios relevantes, el encuentro entre el presidente colombiano y el estadounidense dejó una tregua funcional, marcada por el narcotráfico, las sanciones, Venezuela y una relación desigual con que, por ahora, se evita una escalada


Gustavo Petro habló como quien respira aliviado. “Del 1 al 10, para mis expectativas, la reunión fue un 9”, dijo a la prensa pocas horas después de salir de la Casa Blanca.

Acompañó la frase con elogios personales al anfitrión, destacó el aspecto del edificio y enumeró, con cuidado, los temas abordados: transición energética, Venezuela, narcotráfico y erradicación de la hoja de coca. El mensaje fue claro: una reunión cordial, ordenada y, sobre todo, sin sobresaltos.

El tono no es un detalle menor. Petro llegó a Washington tras semanas de tensiones bilaterales, amenazas y duros cruces verbales entre ambos gobiernos. El encuentro había sido pactado con antelación, aunque se producía en un contexto marcado por la fricción.

Visitó el Despacho Oval en el tramo final de su mandato, sin posibilidad de reelección y con el legado como principal activo político. Después de un año de sanciones y desencuentros, salir con una evaluación positiva no es triunfalismo; es alivio. En política exterior, muchas veces, el éxito consiste simplemente en que nada empeore.

Un encuentro para cerrar sin incendios

La reunión no estaba pensada para inaugurar una nueva etapa estratégica, sino para evitar un cierre traumático de la relación bilateral.

Petro llega con Colombia bajo presión de Washington en la lucha antidrogas, cuestionada más por no ajustarse al enfoque estadounidense que por falta de resultados. Con sanciones financieras vigentes y una oposición interna que apuesta por la presión externa como mecanismo de reordenamiento político, el objetivo central no era avanzar, sino contener.

Que el presidente colombiano haya sido recibido pese a no contar con visa –retirada en septiembre pasado– ya fue una señal significativa. No hubo anuncios de restitución ni levantamiento formal de sanciones, pero sí la decisión clave de no escalar el conflicto.

Cuando Petro afirmó que “Trump no cree en sanciones”, no describía una convicción personal del mandatario estadounidense, más bien una lectura coyuntural. Las sanciones siguen siendo una herramienta disponible, aunque por ahora permanecen en reserva.

Desescalamiento o administración del conflicto?

Hablar de “desescalamiento” puede resultar engañoso. Lo ocurrido se asemeja más a una administración prudente del conflicto que a un giro político. La política exterior de Estados Unidos no se rige por gestos personales, se guía por prioridades estructurales que se ajustan según el contexto global.

Hoy Washington está implicado –directa o indirectamente– en múltiples frentes: Venezuela, Cuba, Gaza, Ucrania e Irán, además de una guerra económica de baja intensidad con competidores estratégicos, entre ellos China, Rusia y el bloque de los Brics.

En ese tablero, Colombia no figura entre la prioridad inmediata, pero sí como un actor cuya alineación suele darse por sentada. Por tanto, reducir tensiones con Bogotá permite liberar recursos y atención para escenarios más sensibles, sin renunciar a la capacidad de presión futura.

Narcotráfico: lenguaje persistente de poder

La lucha contra las drogas volvió a ocupar el centro de la conversación, no como política pública transformadora, acaso como el lenguaje tradicional de la relación bilateral.

Colombia llevó a la mesa un informe técnico que cuestiona la metodología de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (Unodc), utilizada para sustentar la narrativa de inacción del gobierno de Petro. Ese documento logró, al menos por ahora, frenar la lógica automática de cifras seguidas de castigos.

Ante ese contexto, Petro respondió con números y una definición política de los métodos.

Frente a la prensa sostuvo que su gobierno encabeza la mayor incautación de cocaína registrada en el país y el mayor número de extradiciones por narcotráfico. Con la afirmación, el colombiano apuntó directamente contra la narrativa de fracaso que suele justificar sanciones y presiones externas.

De igual manera insistió en que, pese a los resultados operativos, su administración es la que “menos mata” en esta lucha. Con esa frase marcó distancia frente a enfoques militarizados que acumulan víctimas y dejan escaso control territorial.

Inteligencia, cooperación internacional y contención del uso de la fuerza aparecen así no solo como una opción ética, es una apuesta política que confronta la lógica histórica de la guerra antidrogas.

Venezuela en la agenda

Las diferencias de enfoque no fueron ocultadas durante la reunión. Petro reconoció que ambos gobiernos observan los problemas desde “líneas diferentes”, algunas más agresivas desde Washington y otras deliberadamente pacíficas desde Bogotá.

Venezuela ocupó un lugar central en la conversación. El mandatario colombiano planteó la necesidad de reactivar su economía como una cuestión regional, no ideológica. Levantar sanciones, permitir el flujo comercial y recuperar la integración energética aparecen como condiciones básicas para estabilizar no solo a Caracas, también a Colombia y, en última instancia, a Estados Unidos.

Según relató Petro, el propio Trump calificó las sanciones como “una tontería”, una frase que sorprendió al presidente colombiano y que, más que un compromiso, refleja el pragmatismo volátil de la política exterior estadounidense.

Petro fue más lejos al definir los bloqueos de “antieconómicos e irracionales”. Recordó que una de sus primeras decisiones fue reabrir la frontera colombo-venezolana, no solo por afinidad ideológica, sino por la realidad evidente de sus economías entrelazadas, flujos comerciales activos y sociedades profundamente conectadas a ambos lados de la frontera.

En su lectura, los principales perdedores de las sanciones no han sido los gobiernos, han sido las poblaciones.

La foto calma, pero no reordena

Las imágenes de Petro y Trump sonriendo, los elogios cruzados y los gestos simbólicos reducen la tensión; sin embargo, conviene no sobredimensionarlas.

En la historia de la relación entre Estados Unidos y América Latina, las fotografías cordiales han coexistido demasiadas veces con decisiones duras tomadas lejos de las cámaras.

La reunión salió bien, aunque no marca un cambio de fondo en una relación estructuralmente desigual. El “9 sobre 10” de Petro no habla de una victoria diplomática, sino de haber evitado –por ahora– un escenario peor.

En el ocaso de su gobierno, ese resultado puede presentarse como éxito. En términos más amplios es apenas una pausa funcional dentro de una relación complicada que no se “arregla” con una reunión, por cordial que haya sido.

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