Al primer ministro de Suecia lo mataron no por ser amigo de las revoluciones, sino porque sabía demasiado de los enemigos de los revolucionarios y era un paradigma político
“Dile esto a nuestro amigo: el árbol sueco será talado”, simple contraseña secreta transmitida por télex desde Brasil a Washington, el 27 de febrero de 1986, como anuncio del crimen.
Al día siguiente, al salir con su esposa Lisbet Beck Friis, del Grand Cinema, donde vieron el filme Los Hermanos Mozart, caminaron en dirección sur por la acera oeste de la calle Sveavägen hacia la estación del metro de Hötorget. Al llegar a la iglesia Adolfo Federico, cruzaron hacia la acera opuesta y, antes de entrar en la estación, se detuvieron brevemente ante la vidriera de una tienda. A poca distancia de la entrada del metro, un hombre se acercó a ellos y disparó a quemarropa sobre la espalda del Palme, quien murió a los pocos minutos.
El magnicidio se consumó en la intersección de las calles Tunnelgatan y Sveavägen, en el centro histórico de Estocolmo, la capital sueca.
Olof cayó violentamente al suelo; fue alcanzado por dos balazos: uno en la espalda le atravesó hasta el pecho; el otro, el abdomen. Ambos proyectiles rasgaron la arteria aorta superior y dañaron la médula espinal de su columna vertebral en su parte lumbar.
El agresor corrió hacia el este por la calle Tunnelgatan, subió las escaleras de Malmskillnadsgatan y cruzó hacia la vía David Bagares, donde lo vieron por última vez. Ultimó a quien resultó ser Palme el Primer Ministro más joven de toda Europa.
Aquel magnicidio cumple 40 años. El criminal no era un enfermo mental. Conocía perfectamente la ausencia de escolta, por eso el atentado no presuponía ningún riesgo inmediato.
Desde que ocurrió el horrendo crimen se siguen ofreciendo datos y detalles sobre los culpables del brutal hecho. ¿El primer error?: Haber estado solo con su esposa, sin los guardaespaldas. Además, la alarma tardó hora y media en darse nacionalmente, facilitando al asesino darse rápido a la fuga, en un país pequeño como Suecia. Nunca se encontró el arma utilizada. Se estimó que fue empleado un revólver Smith Wesson 357 Magnum, del tipo conocido como “rompedor”, poco habitual en esa época y capaz de atravesar un chaleco antibalas. No se acordonó la zona. Ello también permitió la huida más fácil del homicida.
No hay dudas: al asesino lo mandaron. entrenaron, escogieron, asesoraron y pagaron los más beneficiados con su muerte. Lo mismo puede decirse de otros misteriosos casos como los del general Omar Torrijos, de Panamá; Indira Gandhi, de la India; y Patricio Lumumba, del Congo. Valgan solo esos tristes y dolorosos ejemplos.
Por qué mataron a un hombre tan valioso
Empecemos por recordar su prédica frecuente y honesta a favor de la paz, “delito” imperdonable para los promotores clásicos de la guerra y los fabricantes y vendedores imperiales de armas en todo el mundo. El hecho de criticar el armamentismo despiadado y el bombardeo cruel en 1945 de dos ciudades japonesas inocentes como Hiroshima y Nagasaki, el 6 y 9 de agosto, respectivamente, le había ganado a Olof Palme la simpatía del pueblo sueco y del mundo entero.
Claro, no podemos afirmar: “La CIA lo mandó a matar, o lo mató”. No es algo científico sin una prueba categórica, pero el expediente de los “cazadores” de Langley, Virginia, es sumamente largo.
Al enterarse el autor de Cien años de soledad, Gabriel García Márquez, no le temblaron la voz ni la mano un solo segundo para decir y escribir: “Todos los que hemos padecido las grandes injusticias de estos años nefastos sabemos cuánta falta le hace al mundo Olof Palme. Hoy lamentablemente se persigue con más saña a los apóstoles de la paz que a los artífices de las guerras “.
¿La CIA tras los pasos del primer ministro?
En verdad la CIA lo había declarado “peligroso”, y era cierto, pero solo un “peligro” para ella, porque Olof Palme en realidad era un amigo entrañable de los pueblos, de la verdadera democracia y de la vida en paz. Veamos en detalle las razones peocupantes para la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos.
Uno de los “pecados” iniciales cometido por él, a los ojos siniestros de la agencia principal del crimen encubierto en Norteamérica, tuvo lugar en 1965 siendo viceministro de Relaciones Exteriores de Suecia, al condenar la agresión norteamericana a Vietnam. Tres años más tarde, en 1968, como Ministro de Educación, incurrió en el “gran delito” de encabezar una manifestación junto al embajador vietnamita en Moscú, Nguyen Tho Chyan, entonces de visita en suelo sueco, repudiar la barbarie yanqui contra la tierra de Ho Chi Minh.

Justamente en esos años –otra conducta “peligrosa” según la propia CIA- Olof Palme se encargó de ser abanderado de la defensa del pueblo vietnamita dentro de la Internacional Socialista y sus opiniones sobre el conflicto las expresó hasta en los propios Estados Unidos.
Así se ganó ser constantemente vigilado por altos oficiales de la CIA, quienes lo tenían catalogado como “un riesgo para la misma seguridad de Suecia”, conforme a documentos revelados en 1984.
Por si fuera poco, el primer ministro sueco encabezó, además, diversas comisiones y propuestas para acometer el desarme y alcanzar la paz. En 1982 actuó el Premier como mediador oficial de la ONU en el conflicto Irán-Irak. Siguió “complicándose” dentro de los archivos secretos de la inteligencia yanqui cuando empezó a condenar la agresión estadounidense a Nicaragua y la ayuda del gobierno de Estados Unidos a las bandas contrarrevolucionarias. Esto provocó incluso la burda protesta oficial de la Casa Blanca.
Palme tuvo otros “atrevimientos”
Continuó –según los agentes norteamericanos– cometiendo otros “delitos graves”. Soslayó las presiones del imperio y (tremenda barbaridad) viajó a Nicaragua en 1983 y 1984, en medio de la agresión de esas bandas financiadas por Ronald Reagan y de la campaña antisandinista del gobierno yanqui en los organismos internacionales, y recibió en Estocolmo en 1985 al comandante Daniel Ortega. Igualmente, reconoció en público lo legítimo de las elecciones nicaragüenses en noviembre de 1984 y les brindó asesoramiento a su realización.
A la mirada alevosa del gobierno imperial, Palme se portó “testarudo”, pues prestó enfática y valiente atención a las relaciones con América Latina y, por ejemplo, cayó en la “deshonra” de asumir firme posición ante el brutal golpe fascista en Chile de Augusto Pinochet.
El “colmo de los colmos”, en opinión yanqui, Palme mantuvo cordiales relaciones con la Revolución Cubana y, sobre todo, su “atrevida” visita a Cuba en 1975. En aquella ocasión el destacado político sueco elogió el proceso revolucionario y el indiscutible ejemplo de Fidel y Raúl en la patria de Martí y Maceo ante el resto del continente.

Condenó entonces a los regímenes militares en Suramérica y abrió las puertas a los refugiados políticos. Luego adelantó su apoyo a las democracias reinstaladas en esa misma zona latinoamericana. En más de una oportunidad recibió al líder palestino, Yaser Arafat. Apoyó también la incansable lucha del pueblo sudafricano contra el apartheid, condenó al régimen racista y elogió la firmeza de Nelson Mandela en las sucias mazmorras de sus verdugos.
A Olof Palme lo presionaron duramente con el fin de desviar a Suecia de su tradicional política de neutralidad y volcarla a favor de los planteos coloniales e imperiales de la OTAN. Pretendieron asimismo la suspensión de su anhelado viaje a la URSS.
Por último –tamaña “desobediencia” al norte revuelto y brutal- condenó todos los proyectos de militarización del espacio o guerra de las galaxias engendrados por Reagan y seguidos por Bush.
Preguntamos nosotros: ¿Podría haber en el globo terráqueo o en el cosmos alguien más interesado en atentar contra la inefable y noble vida del primer ministro de Suecia Olof Palme? Dejemos al lector la respuesta.
Fuentes consultadas:
Versión de Siempre el águila y La clave estaba en el telegrama, Juventud Rebelde, 26 de febrero y 6 de julio de 1990, artículos históricos publicados por el autor de este material, hace más de 35 años.



















Un comentario
La fiscalía sueca dio el caso por cerrado y señaló a Stig Engström como el asesino, su muerte impidió un juicio. Previamente, Christer Pettersson fue el único condenado, pero su sentencia fue anulada. Por lo tanto, el asesinato del primer ministro sueco sigue siendo, en la práctica, un crimen sin una resolución judicial definitiva.