Con apenas 5 000 efectivos pobremente pertrechados, el contingente invasor recorrió unos 1 700 kilómetros dominado por un enemigo atrincherado en fortines, plazas fortificadas y trochas con armamento moderno, y más de 200 000 hombres
Por. / PEDRO ANTONIO GARCÍA*
Años después, en sus Crónicas de la Guerra, José Miró Argenter describiría: “Íbamos a Mantua ¡Hermoso día! Aún veíamos los cerros de Guane, azules, pintorescos, y las ondas del Cuyaguateje marchando lentamente hacia el mar; sobre nuestros flancos se alzaba la cordillera de los Órganos […] La marcha fue dura; de un tirón se anduvieron las siete leguas y un pico largo, que miden de un lugar a otro, de Guane a Mantua. La patrulla exploradora señaló el pueblo a las tres de la tarde”.

En las afueras de la localidad, una comisión presidida por el alcalde José Fors e integrada por prestigiosos vecinos de la villa le dio la bienvenida al Lugarteniente General Antonio Maceo. Una hora más tarde el Ejército Invasor entró al poblado y, según el capitán insurrecto Israel Consuegra, marchaba “ordenadamente en dos filas, entre los vítores y aclamaciones de las multitudes frenéticas de entusiasmo patriótico, y el incesante sonar de las campanas de la iglesia echadas al vuelo, para saludar a los que venían desde Oriente”.
A la vanguardia cabalgaba el abanderado Panchito Figueroa, seguido del Regimiento Vueltabajo; inmediatamente detrás cabalgaba el general Antonio rodeado por su escolta y el Estado Mayor; después, el Regimiento Las Villas, con el joven brigadier Juan Bruno Zayas al frente; luego el Regimiento Céspedes; y, por último, la infantería oriental de Quintín Bandera y el resto de las unidades invasoras.
Entrevistado 70 años después por el historiador mantuano Danilo Pulido, un testigo presencial, Paulino Cáceres, rememoraba: “Si para todos fue una fiesta su llegada, para mí, un niño de ocho años, eso sí, muy despierto, fue la realización de un sueño, ver de cerca al personaje del que contaban hazañas prodigiosas […] Lo vi entrar en su caballo, el cinturón terciado, un machete al cinto, armado de fusil, el sombrero con el ala virada y en el centro una estrella, vi a mi general saludar al pueblo que lo aclamaba con auténtico júbilo, entre ellos un catalán, Don Francisco Fontanella; tiró al aire su boina y repitió enardecido: ¡viva Maceo, viva Maceo!”.
El sacerdote Martín Viladomat, bayamés de nacimiento, había ordenado a su sacristán tocar a rebato, no para avisar de una catástrofe, sino con el fin de anunciar, como afirmara Miró Argenter, “el término de la gloriosa campaña de Invasión, con la entrada triunfal del Ejército Libertador a Mantua, último baluarte español del lejano Occidente”.
De Baraguá a suelo pinareño
La Invasión a Occidente fue una obsesión para los más altos jefes mambises en el 68. Al pronunciarse por la independencia en su ingenio Demajagua, Carlos Manuel de Céspedes la señaló como un objetivo a cumplir tarde o temprano. Ignacio Agramonte, por otra parte, tuvo siempre entre sus planes el llevar la guerra hasta los últimos confines de Vueltabajo.

Máximo Gómez, en 1875, se propuso hacer realidad el viejo sueño del primer presidente insurrecto, Carlos Manuel de Céspedes, y del Mayor Ignacio Agramonte, pero el regionalismo imperante provocó su salida de Las Villas y el fracaso de ese intento. Al reiniciarse la guerra en el 95, Martí, Gómez y Maceo coincidieron totalmente en la necesidad de incorporar a la insurrección al oeste del país.
Apenas ocho meses de iniciada la contienda, el 22 de octubre de 1895, el contingente invasor, con el Titán al frente, partió de los históricos Mangos de Baraguá, donde se había alzado en la Guerra Grande la intransigencia revolucionaria ante la capitulación del Zanjón. En tierras avileñas se encontraron con Gómez, quien ya había reunido bajo su mando a cientos de patriotas villareños y del Camagüey.
Como un huracán indetenible, los mambises campearon por Las Villas. El 15 de diciembre derrotaban en Mal Tiempo a los peninsulares y se abrieron paso a Matanzas. En Coliseo (23 de diciembre) los españoles no pudieron detener su marcha triunfal. Seis días después, los mambises volvieron a salir victoriosos en Calimete y el año nuevo de 1896 lo festejaron en suelo habanero (en el territorio, hoy día, de la provincia de Mayabeque).
Entre el pánico y la tea
En La Habana cundió el pavor entre los colonialistas españoles y los autonomistas cubanos. Todos creían ver aproximarse a Gómez y Maceo hacia la urbe. El capitán general Arsenio Martínez Campos había decretado el estado de guerra para las provincias habanera y pinareña.
Se prohibía publicar cualquier información sobre la contienda que no fuera aprobada por las máximas autoridades. Las tropas ibéricas se movían nerviosamente por las calles y se emplazaban piezas de artillería en los caminos de Jesús del Monte (Víbora), Vento (hoy Casino Deportivo), Puentes Grandes, Guanabacoa y Atarés.
Las noticias no eran nada halagüeñas: los mambises habían tomado Melena del Sur, Guara y San Antonio de las Vegas. Los cañaverales de Quivicán ardían. En comunicación al Estado español, Martínez Campos informaba: “El enemigo sigue avanzando por las líneas del norte y el sur de La Habana. Viene destruyéndolo todo. El pánico es extraordinario”.
Después de la toma de Cabañas por el Titán (9 de enero de 1896) fue cuando los españoles supieron que ya estaba en Pinar del Río. Gómez permaneció entre La Habana y Matanzas con unos 2 300 efectivos. El mambí santiaguero conservó unos 1 500 bajo su mando, quienes culminaron triunfalmente la campaña invasora en la villa más occidental de Cuba.
Retrospectiva desde 2026

Hubo quienes calificaron de “quimera mambisa” a la Invasión a Occidente en sus inicios. Era difícil predecir el éxito de un contingente con apenas 5 000 efectivos, pobremente pertrechado, que debía recorrer unos 1 700 kilómetros de territorio dominado por un enemigo que se atrincheraba en fortines, plazas fortificadas y trochas con un armamento moderno y poco más de 160 000 hombres y 42 generales, sin contar las tropas paramilitares, alrededor de 60 000.
Contrariamente a lo supuesto por muchos, la columna invasora solo contaba con los ya tradicionales machetes, algunos fusiles Mauser y viejas carabinas Remington, no todas en excelente estado. El parque solo alcanzaba a 10 cartuchos por combatiente. Y a pesar de ello, en 92 días sostuvieron 36 combates y ocuparon 22 poblados.
No es de extrañar que el historiador y tratadista militar Clarence King definiera a la proeza mambisa como “el hecho militar más audaz de la centuria”. Entretanto, el general Sickles, veterano de la Guerra Civil norteamericana y muy reputado como estratega durante esa contienda, propuso “poner a Gómez y Maceo en la primera fila de la capacidad militar”.
La repercusión internacional de esta gesta se reflejó en la prensa mundial. The New York Herald comentó por aquellos días: “[cuando esta gesta se describa] el mundo militar la admirará como una de las más atrevidas de que se tienen noticias en los designios de forzar líneas enemigas”. Y el periódico estadounidense Sun consignaba en su edición del 14 de enero de 1896: “Se acerca más a los prodigios de la leyenda que a los anales auténticos de nuestro tiempo”.
• Periodista y profesor universitario. Premio Nacional de Periodismo Histórico por la obra de la vida 2021
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Fuentes consultadas:
Los libros Cuba. Crónicas de la guerra, de José Miró Argenter; Mayor general Máximo Gómez Báez. Sus campañas militares, del Centro de Estudios de Historia Militar de las FAR, y Mambiserías. Episodios de la Guerra de Independencia 1895-1898, de Israel Consuegra. El Diccionario Enciclopédico de Historia Militar de Cuba. Documentos localizados en el Archivo del Museo de Mantua.


















