Las elecciones del 17 de agosto en Bolivia se desarrollan en un escenario inédito: sin Evo Morales ni Luis Arce en competencia, con una izquierda dividida y la oposición en ventaja
Por primera vez desde 2006 el Movimiento al Socialismo (MAS) llega a las elecciones sin sus figuras más emblemáticas. Evo Morales, inhabilitado por el Tribunal Constitucional y acorralado por causas judiciales fabricadas, llama a votar nulo como forma de protesta. Luis Arce, desgastado y sin respaldo interno, renunció a la carrera.
La ruptura expone una herida profunda en la fuerza que transformó a Bolivia con reformas sociales, nacionalización de recursos estratégicos y protagonismo indígena. Aquella maquinaria electoral parecía invencible y está desarticulada; la derecha ve el momento de volver al poder.
Desde el Trópico de Cochabamba, Morales insiste en la anulación del voto, única forma de rechazo al calificarlo de proceso “fraudulento e ilegítimo”. Afirma que el gobierno de Arce rompió la unidad y abrió la puerta al avance conservador.
El respaldo de comunidades campesinas e indígenas, antaño sólido, está fragmentado. Algunos siguen a Evo, otros a Andrónico Rodríguez o a Eduardo del Castillo.
El primero, antiguo delfín político de Evo Morales, actual presidente del Senado y dirigente cocalero, lidera la candidatura izquierdista por la Alianza Popular (agrupa al Movimiento Tercer Sistema y otros) y compite como opción emergente frente al declive del MAS.
Por su parte, Del Castillo, exministro de Gobierno y candidato oficialista del MAS, es la opción de Arce y su partido al representar al Movimiento en los comicios.
No obstante, el dirigente campesino Adalberto Ticona advierte de que las encuestas ignoran el peso del voto rural y anticipa “sorpresas” en las urnas.
Los punteros opositores y sus planes
En el frente contrario, los favoritos son Samuel Doria Medina, empresario centroderechista, y Jorge Tuto Quiroga, expresidente y representante de la derecha tradicional. Ambos rondan el 20-24 por ciento en intención de voto y se perfilan a un balotaje el 19 de octubre.
Doria Medina plantea recortar subsidios, dar autonomía al Banco Central y acercarse al FMI y al Banco Mundial.
No lejos de su adversario y al mejor estilo motosierra de su vecino argentino, Quiroga promete romper relaciones con Venezuela, Cuba e Irán, firmar tratados de libre comercio y abrir el país a inversiones en litio, con un enfoque empresarial y promercado.
Ya adelantó sobre un análisis de la permanencia de Bolivia en el grupo de los Brics, enfatizando el vínculo comercial con la India y China. También criticó al Mercosur y adelantó apostar por un “triángulo sudamericano” en la explotación de litio junto a Argentina y Chile, además de mantener una “agresiva posición” para buscar tratados de libre comercio con varios países, incluido EE.UU. “Motosierra, machete y tijera”: es su plan para la nación cocalera.
Crisis económica y mercados expectantes
Bolivia vive la peor crisis económica en décadas, con inflación, escasez de combustibles y reservas internacionales en mínimos. Sin embargo, los bonos internacionales han subido más de 30 por ciento este año, impulsados por las expectativas de un cambio de rumbo si gana la derecha.
El contraste con los años de Morales es evidente: entonces, la nacionalización de hidrocarburos y la redistribución de excedentes permitieron crecimiento sostenido y reducción de la pobreza.
Con Arce, el desgaste político y la puja interna han debilitado la respuesta gubernamental.
Del ciclo progresista a un posible retorno neoliberal
La distancia entre Evo y Arce no es solo personal. Morales construyó un proyecto soberanista, antimperialista e inclusivo, mientras Arce, quien fuera su ministro de Economía durante 11 años, gestionó entre crisis internas y externas sin recomponer la cohesión del movimiento.
El exvicepresidente de Bolivia (2006-2019) Álvaro García Linera calificó esta pugna de “guerra fratricida” que “juega con monstruos”, aludiendo a la derecha, hoy fortalecida por la división.
Si las tendencias se mantienen, no habrá ganador en primera vuelta y la derecha tendrá la oportunidad de volver al Palacio Quemado, poniendo fin –al menos por ahora– a un ciclo que cambió la fisonomía social y política del país.
El desenlace será seguido de cerca en Sudamérica. Bolivia, clave en el eje progresista latinoamericano, podría pasar de referente del Estado Plurinacional y la soberanía sobre recursos a un modelo neoliberal condicionado por organismos internacionales.
En un continente donde las fuerzas políticas se reacomodan –como en Ecuador, Uruguay, Brasil y Colombia–, el resultado boliviano reconfigurará el equilibrio regional.
El 17 de agosto, los bolivianos decidirán no solo quién gobernará, sino qué proyecto de país sobrevivirá a la fractura del MAS.


















