La visita del actual “presidente” sirio a la Casa Blanca fue un evento sintomático. Igual significación tienen las posturas rusas y chinas
En Siria convergen preocupaciones de varias naciones, algunas de ellas colindantes, motivadas por intereses territoriales o de seguridad nacional, habida cuenta los grupos étnicos adversos, como son las apetencias israelíes o el caso de los kurdos sirios, todavía en animosidad con Turquía, país de la OTAN y de creciente militarismo.
Empero, en las coordenadas de este comentario me referiré a Rusia, los Estados Unidos y China. Y casi nada importa que, hasta hace relativamente poco tiempo, el antiguo gobierno de Bashar al Asad (independentista) haya sido derrocado tras una operación relámpago de extremistas integristas, tildados incluso por Washington de terroristas. Pues su líder, el renombrado Ahmed Al-Sharaa, cuenta con el beneplácito de la inmensa mayoría del mundo tras declararse dentro de la senda de la moderación.
En alta política priman el pragmatismo y las apuestas arriesgadas cuando están en juego los posicionamientos geoestratégicos. Veamos este asunto más minuciosamente, empezando desde la Federación de Rusia: el 1º de agosto de 2025, el presidente Vladímir Putin se reunió con el canciller sirio, Asaad Al-Shaibani, maniobra demostrativa de una nueva etapa en las relaciones político-militares.
Al dar una valoración sobre el intercambio, Damasco, en una declaración oficial, puntualizó que fue “un histórico encuentro desarrollado en un clima de entendimiento mutuo, respeto recíproco y voluntad compartida de fortalecer los lazos bilaterales, en plena concordancia con los principios de soberanía e integridad territorial siria”. Mientras, Moscú reafirmó “la postura firme en contra de toda forma de intervención extranjera, en particular las acciones desestabilizadoras del régimen israelí”. Asimismo, expresó el compromiso en los esfuerzos de reconstrucción y estabilización del país árabe.
Hay más: el 15 de noviembre de 2025, el viceministro de Defensa ruso Yunus-Bek Yevkurov visitó Siria, en una recomposición abierta del eje militar bilateral en pleno reordenamiento de Asia Occidental. A esto debe añadírsele el recibimiento, en octubre 2025, de Al-Sharaa en el Kremlin por el mismísimo Vladímir Putin.
¿Por qué tantas miradas al acercamiento a dos naciones tan distantes geográficamente? Sencillo: los EE.UU. e Israel pretenden impedir la capacidad operativa de Rusia en el Oriente Medio luego de la reconfiguración interna siria. Y el gigante euroasiático, en respuesta, reafirma su presencia en el paso estratégico del Mediterráneo y, dicho sea de paso, apuntala el acceso energético y logístico hacia Irán por esa vía oceánica.
Siria posee grandes yacimientos de petróleo, algunos en posesión ilegal de los EE. UU, además de ser nodo de estabilización en la región, debido a su ubicación. Según el sitio Almayadeen, “la implicación más directa es que la estrategia occidental vuelve a tropezar con su propio límite material: su dominio regional dependía de un Estado sirio fragmentado y de una Rusia sobreextendida en Ucrania. Ninguna de las dos premisas se sostiene hoy. Siria, incluso debilitada, sigue siendo el nudo que impide una arquitectura de control desde el Golfo hasta el Mediterráneo; y Rusia, aun erosionada por el desgaste ucraniano, tiene margen para sostener posiciones clave que interrumpan la proyección militar estadounidense (en su base operativa en Siria)”.

Donald Trump en la ecuación
En una publicación de Internet, el exembajador indio M. K. Bhadrakumar, especialista en temas levantinos, analiza con una visión interesante el encuentro de este 10 de noviembre de 2025 entre el nuevo presidente sirio Al-Sharaa y Trump. Según él, el mandatario estadounidense “no podía pasar por alto la tranquila confianza con la que el presidente Vladímir Putin está reestructurando las relaciones de Rusia con Damasco e incluso está explorando un triángulo reformado entre Moscú, Damasco y Teherán como pilar de la estabilidad regional”.
En otra parte de su análisis expresa: “Sea como fuere, la confianza mutua entre Rusia y Siria está llegando a un punto tal que Damasco solicita patrullas de la policía militar rusa en las provincias del sur, lo cual podría limitar la actividad israelí en las zonas fronterizas […] Rusia ha llevado a cabo su primer patrullaje desde el cambio de poder cerca de Qamishli, en el noreste sirio, considerado por Turquía su esfera de influencia. Es de esperar que las fuerzas de seguridad estadounidenses presionen a Al-Sharaa por sus contactos con Rusia. Al fin y al cabo, la CIA es la responsable de que pasara cinco años en una cárcel iraquí y acabara convirtiéndose en un islamista”.
El experto Shaher Al Shaer ve un poco más allá en el texto “Washington y Damasco: ¿Gestionar asuntos internos o forjar alianzas?”. En uno de sus párrafos señala: “la reunión entre el exdegollador jefe Al-Sharaa y Trump equivalió a incluir a Siria en una ecuación geopolítica centrada en la gestión de conflictos y la creación de alianzas fuera del BRICS […], y marcó un punto de inflexión histórico, no solo en las relaciones sirio-estadounidenses, sino también en el intento occidental de reposicionamiento estratégico de Siria en el escenario internacional”. De la cita trascendió la lucha conjunta contra los terroristas, las tensiones con Israel y una futura participación siria en los Acuerdos de Abraham.
¿Qué pasa con China?
A la República Popular China le preocupa, y ocupa, la existencia de extremistas extranjeros y la yihad transfronteriza, de tal suerte que se abstuvo en la votación de la resolución del Consejo de Seguridad de la ONU para levantar las sanciones contra el presidente Ahmed Al-Sharaa y el ministro del Interior sirio, otro exterrorista. Sin embargo, es pertinente apuntar una cosa: China también colabora con Siria en el esquema de “gestión de riesgos” asentado en el principio de asumir sabiamente “la pintura completa” en Oriente Medio.


















