Foto. / Leyva Benítez
Foto. / Leyva Benítez

Vivir el hechizo espiritual de la danza

La fina llovizna de la noche no impidió el goce para quienes seguimos el arte de ritmos, puntas y compases a que convida la edición 27 del Festival Internacional de Ballet de La Habana Alicia Alonso.

Pluralidad y lirismo son los atributos que calificarían a esta velada, ocurrida en la habanera sala Avellaneda del Teatro Nacional de Cuba, la cual cautivó por la calidad interpretativa y, en particular, los contrastes en cuanto a estilos y estéticas de dos sobresalientes agrupaciones cubanas que interpretaron obras de notables creadores contemporáneos extranjeros: Peter Quanz, Micaela Taylor y Uwe Scholz.

Los telones se descorrieron y la excelsitud de la energía de la danza volvió a irradiar cuando irrumpió en escena el Ballet Nacional de Cuba (BNC), con el montaje Tríptico, del coreógrafo Peter Quanz, quien concibió esta pieza especialmente para la compañía antillana.

No es la primera vez que el artista canadiense se integra al trabajo creativo de la prestigiosa institución, liderada por la primera bailarina Viengsay Valdés, antes ya había asumido las puestas Le Papillon (2010) y Luminous (2012).

En Tríptico, Quanz confronta intensidades a la hora de apropiarse del movimiento desde una atmósfera lúdica y a la vez estilizada, clásica; plena de lozanía y fuerza interior que agasaja, celebra la danza desde un lirismo sorprendente. No aprecia el espectador aquí una intención marcada de contar un relato, la esencia radica en el goce de bailar, en revelar el virtuosismo y la singularidad de cada uno de los cinco intérpretes que la componen.

Por su parte, la compañía Acosta Danza se inclinó hacia otras metáforas que, igualmente, realzaron las posibilidades técnicas y artísticas del bailarín, pero a partir de un concepto diferente, en apariencia caótico, de asimilar el arte danzario.

Acosta Danza exhibió un magistral dominio técnico e histrionismo en la obra Performance, de la estadounidense Micaela Taylor. / Leyva Benítez

El estreno de Performance, a cargo de la agrupación que dirige el Premio Nacional de Danza Carlos Acosta, y con coreografía de la bailarina, coreógrafa y directora artística estadounidense Micaela Taylor, impresionó por su diversidad compositiva, la capacidad y lucidez de esta creadora para explotar al máximo las cualidades histriónicas de los intérpretes, a partir de elementos estéticos que se avienen perfectamente a los refrendados por el colectivo cubano.

“Este trabajo se centra en las complejidades de la interpretación. Los bailarines entrelazan emocionalmente lo que es realidad y lo que es espectáculo. La cuarta pared se rompe cuando vemos que los ‘artistas’ generan más y más adrenalina y agotamiento […] vemos cuerpos que surcan el espacio y luego son despojados del ritmo”, ha dicho la propia artista sobre esta obra que deviene inusitada explosión sensorial.

En este montaje, además, tienen un rol protagónico en la intencionalidad de la puesta el diseño de luces ideado por Pedro Benítez y la concepción musical que amalgama los silencios, las desarmonías sonoras (ruidos) y elementos del hip-hop, el jazz, la llamada música clásica, a partir de las composiciones creadas por artistas del relieve de Kubra Khademi, Johnny Dexter Goss, Andy Stott y Claude Debussy, entre otros.

El intenso regodeo de bailar más allá del canon, capaz de integrar orgánicamente lo clásico, lo neoclásico, lo vanguardista, todo a la vez y en esencia excepcional ballet contemporáneo, fue la propuesta que nuevamente puso en escena durante esa jornada el BNC, ahora en el montaje de Séptima sinfonía, coreografiado por el alemán Uwe Scholz, quien siguió las pautas melódicas del insigne Ludwig van Beethoven para atrapar a los balletómanos por la mixtura de un concepto danzario sugerente, muy bien encarnado por los bailarines de esta compañía y en el cual la iluminación, el colorido del diseño escenográfico, el blanquísimo impoluto de los vestuarios configuró el halo de la frescura y pureza que en realidad trasmite la cadencia del músico y compositor germano.

Figuras de la talla de Anette Delgado y Dani Hernández, Grettel Morejón y Narciso Medina, Daniela Gómez y Yasiel Hodelín, Chavela Riera y Ányelo Montero congeniaron en el escenario junto a noveles creadores, algunos debutantes y otros, un poco más prácticos en las lides del espectáculo ballerístico.

Los primeros bailarines Anette Delgado y Dani Hernández fueron una de las parejas principales que autenticaron el montaje de Séptima sinfonía, estrenada en Cuba por el BNC en diciembre de 2021. / Leyva Benítez

En este punto cabe acotar que, aun cuando la puesta brilló en general por las cualidades y calidades interpretativas, el histrionismo y talento de sus integrantes, mal lució a quien apreciaba la función desde la platea, advertir las órdenes e indicaciones a los más bisoños desde la pata, o quizá la preocupación de uno u otro jovencito –escasos, la verdad– de autenticar el desempeño técnico por encima de la artisticidad que debe definir a una actuación de tal índole.

De cualquier modo, la función resultó memorable para un auditorio heterogéneo y, en especial, avisado que ovacionó cada pirueta, cada salto o gesto, con el regocijo y la sensibilidad de quien descubrió por primera vez el hechizo espiritual a que insta la danza desde siempre.

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