Así calificó la prensa de la época a este documento, aprobado por la Asamblea General Nacional del pueblo de Cuba en la Plaza de la Revolución, el 2 de septiembre de 1960
Fotos. / Archivo de BOHEMIA
Según enseñaban los colegios privados existentes entonces en nuestro país, en uno de los cuales el redactor de estas líneas estudió hasta el segundo grado, una isla es un territorio rodeado de agua por todas partes. A finales de agosto de 1960, Cuba estaba circunvalada de amenazas por los cuatro puntos cardinales, desde San Antonio a Maisí.
Algunas emisoras radiales foráneas divulgaban con entusiasmo “la existencia de campamentos de exiliados cubanos dispuestos a derrocar a Fidel Castro” aunque no precisaban aún en qué lugar se estaban entrenando. Los servicios yanquis de Inteligencia comenzaban a propalar la falsa noticia, eso que ahora conocemos como fake news, sobre una ley que preparaba el Gobierno Revolucionario con la cual les quitaría a los progenitores la potestad de sus hijos.
El terrorismo contrarrevolucionario, estimulado y pertrechado por la CIA (Agencia Central de Inteligencia) empezaba a cobrar auge en las ciudades y en el Escambray aparecían bandas de alzados que ya habían dado muerte a un miliciano desarmado. A la vez, Estados Unidos acrecentaba las agresiones a la mayor de las Antillas, las cuales no se limitaban a subvertir al pequeño país sino que pretendían aislarlo diplomáticamente.
En respuesta a la farsa que constituyó la VII Reunión de Consulta de Cancilleres de la Organización de Estados Americanos (OEA), celebrada en aquellos días en San José, Costa Rica, el entonces primer ministro de la República Fidel Castro Ruz, máximo líder de la Revolución Cubana, convocó a todos los patriotas de la geografía nacional a la “asamblea general en la Plaza Cívica [hoy Plaza de la Revolución José Martí], del pueblo de Cuba, para que el mundo vea la firmeza y la unión de nuestro pueblo en pro de su lucha por la libertad”.

Batalla diplomática en San José
¿Qué sucedió realmente en la capital de Costa Rica? El gobierno de Perú, en abierta complicidad con Washington, había solicitado la realización de una reunión de consulta de cancilleres de la OEA, ante la posibilidad –según expresara– de que “ajenas tutelas espirituales” pudieran convertir a Cuba “en satélite” de potencias foráneas. Se escogió como sede del cónclave al Teatro Nacional de San José.
El canciller cubano Raúl Roa, quien encabezaba la delegación de Cuba a ese foro, rápidamente alertó a los asistentes que la Isla no había acudido “como reo sino como fiscal. Está aquí para lanzar a viva voz, sin remilgos ni miedos, su yo acuso implacable contra la más rica, poderosa y agresiva potencia imperialista del mundo”. Y enseguida contratacó al presentar un proyecto condenatorio a todo tipo de agresiones armadas e injerencias en las naciones del continente.
Ante las presiones de Estados Unidos, los ministros presentes en la cita desaprobaron el proyecto cubano, con las honrosas excepciones de México y Brasil. Los representantes de Venezuela y Chile, en un intento de salvar sus ya deterioradas imágenes públicas, expresaron una justificación del voto en contra de la propuesta cubana.
Según el venezolano, no se apreciaba claramente la existencia real de agresiones a pesar de las evidencias mostradas del entrenamiento en bases centroamericanas de elementos contrarrevolucionarios de origen cubano con el fin de invadir la isla antillana. El chileno trató mediante la verbosidad de salir airoso cuando calificó de académicas y filosóficas las denuncias cubanas sobre los preparativos de la estadounidense CIA para derrocar a la Revolución Cubana.
En cambio, la titulada Declaración de San José, redactada casi totalmente por la delegación yanqui en una comisión a la que a Cuba se le negó participación, tenía todas las probabilidades de ser aprobada. Roa ya había protestado con respecto a la exclusión de la patria de José Martí en la confección del documento: “Constituye, para decirlo con elegancia, una falta de simetría en la consideración de los problemas”.
Convencido que en ese escenario las denuncias de Cuba ante la inminente agresión nunca encontrarían eco, resonancia ni acogida alguna, el 28 de agosto el canciller cubano anunció la retirada de su delegación. “Me voy con mi pueblo y con mi pueblo se van también los pueblos de nuestra América”, afirmó. Cuando toda la representación antillana abandonaba la sala, ante el azoro de muchos de los asistentes, una de sus miembros, la doctora Ada Kourí, les gritó: “Esta es una demostración de virilidad ante una reunión de castrados”.

La respuesta del pueblo cubano
Tal como Fidel había pronosticado, más de un millón de cubanos colmaron, el 2 de septiembre de 1960, la hoy Plaza de la Revolución. Si bien la capital aportó cientos de miles de compatriotas, vinieron otros millares de Pinar del Río, La Habana, Matanzas e incluso hasta de Oriente con el objetivo de participar en la concentración.
El Comandante en Jefe comenzó su alocución: “Junto a la imagen y el recuerdo de José Martí, en Cuba, Territorio Libre de América, el pueblo, en uso de las potestades inalienables que dimanan del efectivo ejercicio de la soberanía, expresada en el sufragio directo, universal y público, se ha constituido en Asamblea General Nacional”.
En la Declaración se condenó “en todos sus términos la denominada Declaración de San José de Costa Rica”, rechazó el intento de preservar la Doctrina Monroe, agradeció la solidaridad de la URSS y China con la Revolución Cubana y anunció el establecimiento de relaciones diplomáticas con ese último país.
Expresó la convicción de que la democracia no puede consistir solo en el ejercicio de un voto electoral, sino en el derecho de los ciudadanos a decidir sus propios destinos. Y ratificó la decisión cubana de trabajar por ese común destino latinoamericano, que permitirá a los países edificar una solidaridad verdadera, asentada en la libre voluntad de cada uno de ellos, y en las aspiraciones conjuntas de todos. Al someter a votación el documento, fue aprobado por la multitud que alzó sus manos durante varios minutos.

La Revolución se defiende
El anuncio de la existencia de armas soviéticas y chinas en Cuba con el fin de defenderse de una inminente agresión yanqui, hecho por Fidel, causó consternación en Washington. La CIA apresuró e intensificó el envío de pertrechos a las organizaciones contrarrevolucionarias de las ciudades y a los alzados en zonas montañosas. La Revolución respondió el 8 de septiembre con el traslado de batallones de milicianos al centro del país en lo que se denominó Primera Limpia del Escambray, culminada exitosamente en octubre con el exterminio y neutralización de las bandas que allí operaban.
Loa actos terroristas en las urbes se acrecentaron. En medio de un discurso del Comandante en Jefe, al regreso de su participación en la Asamblea General de la ONU, el 28 de septiembre, explotaron varios petardos. Fidel entonces expresó: “Vamos a implantar, frente a las campañas de agresiones del imperialismo, un sistema de vigilancia colectiva revolucionaria”. Así nacieron los Comités de Defensa de la Revolución (CDR), los cuales constituyeron un arma eficaz en la derrota al terrorismo contrarrevolucionario.
*Periodista y profesor universitario. Premio Nacional de Periodismo Histórico por la obra de la vida 2021.
__________________
Fuentes consultadas
Los libros Itinerario de una farsa, de Carlos Lechuga, y El canciller, de Manuel González Bello. Las intervenciones de Fidel del 29 de agosto, 2 de septiembre y 28 de septiembre de 1960.


















