Las tardes cambian tácitamente cada sábado en el sanmiguelino parque La Herradura, de La Habana. El silencio sobrecogedor del entorno se vuelve alegre algarabía, bancos, vecinos, transeúntes… son testigos de estos jovencitos apasionados al fútbol.
“Hace más de dos años es nuestro pasatiempo, principalmente en el verano. Nos atraen otras actividades también como la playa cuando podemos ir, pero nada se compara con la emoción de cada GOL…”, me expresaron con satisfacción Anthony y Maikel, ambos líderes de grupos, así los reconocen gentilmente sus ágiles y entusiastas jugadores. Todo un ritual antecede la partida, el seguimiento de cada juego de sus equipos favoritos trasmitidos en la tele lo adoptan como una clase que se vuelve tremendo intercambio en el terreno, y convierten en excelentes jugadas con determinación, a mi juicio, bastante cercanas a las de sus ídolos referentes.
Entre retos y sanos desafíos transcurre cada tarde para estos prometedores jugadores, mientras el sol se torna rojizo y se desvanece detrás del viejo parque. Les asiste la convicción de encontrarse en otra cita sabatina en la que todos volverán a disfrutar del potente balón.


























