La Gala Vogue del Día de Muertos 2026 llevó a la alfombra roja una tradición nacida en la mesa familiar

Una pregunta me ronda desde que vi las fotos de la Gala Vogue del Día de Muertos: ¿a quién le llegó la invitación? Los vivos llegaron impecables.
La Gala de 2026 se celebró en el Antiguo Colegio de San Ildefonso, en Ciudad de México, y el tema fue justo: el muralismo femenino, la memoria de artistas cuya obra tardó en recibir el lugar que merecía. Vogue México lo presentó como “una celebración del presente” y el desfile de la diseñadora mexicana Dan Cassab puso la creación nacional al frente. Hasta aquí, aplausos.
Pero el escenario cuenta otra historia: una firma italiana de ropa como patrocinadora principal, automóviles dando la bienvenida, un altar montado por una joyería, y activaciones de belleza y tecnología tras bambalinas. Seamos realistas: un evento así se financia con patrocinios y el pan de muerto no alcanza para más. Eso sí, el altar de la abuela jamás tuvo dinero oficial ni zona de backstage1.
La incomodidad, por cierto, viene de lejos. En la crónica del New York Times sobre la Gala de 2022, la actriz Claudia Ramírez resumió el Día de Muertos como ir al cementerio, rezar, cantar y comer con los difuntos, y apuntó que a la fiesta le faltaba algo: los difuntos.
Este año, la moda salió también del patio de San Ildefonso. Según recogió la revista Reforma, de Ciudad de México, la temporada trajo joyas inspiradas en los milagritos, tenis con una catrina en los zapatos, relojes y calzado inspirado la película animada Coco. Conviene reconocer los matices; varias propuestas involucran a creadores mexicanos, como la colección de Vans con Mauro Garfias, y el reloj de alebrijes parte de la obra de Pedro Linares. Aun así, un detalle me desvela, una catrina en la lengüeta es, visto desde esta parafernalia, una que se pisa. Seguro nadie lo pensó así, pero el símbolo queda ahí, a ras del suelo.
¿De dónde tanto entusiasmo? De los números. Tras el desfile que el filme británico Spectre inspiró en 2015, el gobierno capitalino esperaba en 2022 unos 400 000 turistas y 200 millones de dólares por las celebraciones. Con esa cifra, hasta la calavera se pone a hacer cuentas.

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Para ir más allá del chiste, sirven dos pensadores. Néstor García Canclini, en el libro Culturas híbridas, recuerda que las tradiciones populares se transforman al cruzarse con el mercado, el turismo y los medios, y que conservarlas en formol sería otra manera de perderlas. Que el Día de Muertos llegue a la pasarela lo mantiene latente; lo que importa es en qué condiciones se siente y quién manda en el resultado. Guy Debord, en su ensayo La sociedad del espectáculo, es más severo: lo que se vivía pasa a mirarse como imagen. Traducido a esta noche, el altar de casa se vive y el desfile de las estrellas se fotografía.
Entre uno y otro, me quedo con tres preguntas que sirven para cualquier colección de temporada: ¿Quién cuenta la historia? Quienes honran la tradición o una marca que la descubrió en septiembre. ¿A quién le llega el dinero? A las comunidades que sostienen la festividad o a quien tiene el logo. ¿Qué queda el 3 de noviembre? Una colección agotada y olvidada, o algo duradero: conocimiento, recursos, visibilidad.

Al final, la moda siempre ha subsistido de la memoria: cada abrigo “vintage”, cada revival de los noventa, cada bota que regresa del armario lo demuestra. La pasarela sabe citar y lo hace muy bien. Lo que está por verse es si sabe reconocer a sus protagonistas e historias… que es otra cosa.
La alfombra roja se enrolla al terminar la noche; en la casa mexicana, la ceremonia permanece. Ojalá lo recaudado llegara también a los que la sostienen, porque ahí, y no en el escenario, se resguarda lo sagrado.
1 Es un espacio y proyecto dedicado al mundo del espectáculo, que combina eventos presenciales, acceso exclusivo a conciertos y un podcast de entretenimiento.

























