Al reducir Estados Unidos la cuota azucarera cubana a su mercado, el gobierno revolucionario responde con la nacionalización de 27 empresas yanquis, que incluían 36 centrales azucareros, tres refinerías de petróleo y los monopolios de la electricidad y teléfonos
Fotos. / Archivo de BOHEMIA
Desde la década de 1920, el movimiento revolucionario cubano se trazaba, entre sus objetivos la lucha por la emancipación nacional, la independencia económica, la cual tenía que partir necesariamente de la nacionalización de los servicios públicos (electricidad, teléfono, gas), en manos de compañías estadounidenses. Así lo reflejaban en sus proyectos de gobierno tanto el primer Partido Comunista como la Joven Cuba.
No es de extrañar que Antonio Guiteras hubiera subrayado en su artículo Septembrismo, publicado en BOHEMIA el 1⁰ de abril de 1934, que todo movimiento o partido en este archipiélago, para considerársele revolucionario, tenía que ser necesariamente antimperialista.
Incluso organizaciones políticas que abogaban por el mantenimiento de la propiedad privada, por ejemplo, el Partido del Pueblo Cubano-Ortodoxo (PPC-O), de Eduardo Chibás, dedicara un espacio en su plataforma programática a la expropiación indemnizada de empresas foráneas, como las del teléfono y la electricidad.

En su alegato de autodefensa, La Historia me absolverá, Fidel incluyó entre las leyes revolucionarias que adoptarían los moncadistas una vez asumieran el poder “la nacionalización del trust eléctrico y telefónico”, a los cuales se les exigiría “[la] devolución al pueblo del exceso ilegal que han estado cobrando en sus tarifas y [el] pago al fisco de todas las cantidades que han burlado a la hacienda pública”.
Ya con la Revolución en el poder, mucho antes de que arreciaran las agresiones de los Estados Unidos, el Comandante en Jefe afirmaba que el enfrentamiento con el capital extranjero “era el único camino correcto de un pueblo que quisiera liberarse […], que las industrias sean de la nación; y la nación pague con su producción; pero que las empresas sean nacionales, que el país no tenga que estar dependiendo de la voluntad de amos extranjeros. Que el amo de sus riquezas sea el país, porque no se concibe un país libre, cuya economía es economía de extranjeros”.
En plena coincidencia con el entonces Primer Ministro, el Che subrayaría semanas después en una comparecencia televisiva: “Nuestro camino hacia la liberación nacional estará dado por la victoria sobre los monopolios y sobre los monopolios norteamericanos concretamente”.
No obstante, en sus primeros 19 meses, el gobierno revolucionario no adoptó medida radical alguna al respecto, salvo la Reforma Agraria y la expropiación a testaferros y personeros del régimen batistiano de bienes malversados. El papel de catalizador lo desempeñarían las empresas petroleras al devenir cómplices de la administración Eisenhower en sus planes de subversión y agresiones económicas contra la Revolución.
La rebelión de las trasnacionales
Durante décadas, tres empresas foráneas (ESSO, Texaco y Shell) asumían la importación, refinación y el suministro de combustible en Cuba. Era un negocio redondo: transportaban petróleo crudo en sus barcos desde pozos de su propiedad y se lo vendían al Estado cubano, a casi tres dólares el barril. Luego había que pagarle por la refinación de petróleo y la producción de derivados, los cuales eran vendidos en la red de gasolineras de esas transnacionales.
Por órdenes del gobierno de los Estados Unidos, las compañías limitaron la importación y refinación para provocar una escasez artificial en nuestro país. Cuba adquirió petróleo en Venezuela, pero las empresas yanquis se rehusaron a alquilarnos sus supertanqueros. En el primer convenio comercial con la URSS, esta se comprometió a venderle petróleo a Cuba a poco más de dos dólares el barril y transportarlo. Entonces las transnacionales estadounidenses se negaron a refinar ese combustible, con lo que violaban el artículo 44 de la Ley de Minerales y Combustibles (en vigor desde el 9 de mayo de 1938, cuando Fulgencio Batista era el “Hombre fuerte”), la cual estipulaba la obligación de procesar el petróleo crudo suministrado por el Estado cubano.
Desde Washington se alzaron voces prepotentes profiriendo amenazas de reducir o eliminar la cuota cubana en el mercado azucarero norteamericano si el gobierno revolucionario aplicaba con vigor la legislación. Fidel respondió: “Nos quitarán las cuotas, ¡pero con las cuotas que nos quiten tendrán que acabarse de arrancar la careta de explotadores y enemigos de la humanidad!; nos quitarán las cuotas, ¡pero con las cuotas tendrán que arrancarse para siempre la simpatía del pueblo de Cuba!; nos quitarán las cuotas, ¡pero con las cuotas no podrán quitarnos la vergüenza y la dignidad con que estamos dispuestos a morir en nuestra tierra!”.
Ellos persistieron en su actitud y el 28 de junio de 1960, de acuerdo a la Resolución 166 del gobierno cubano, se intervino la planta de la Texaco en Santiago de Cuba (el gobierno revolucionario asumía su funcionamiento reconociéndole a la trasnacional sus derechos de propiedad). Tres días después, corrieron igual suerte en la capital las instalaciones de la Esso y la angloholandesa Shell. En respuesta, Estados Unidos promulgó la tristemente célebre Ley Puñal, con la cual redujeron la cuota azucarera cubana al mercado norteamericano. Cuba replicó el 5 de julio con la Ley Escudo que facultaba al Presidente y al Primer Ministro de la República a nacionalizar empresas y bienes foráneos por la vía de la expropiación forzosa, garantizando su correspondiente indemnización.
Cuatro días más tarde, el líder soviético Nikita Jruschov anunciaba, en un mensaje solidario a Fidel, que su país estaba dispuesto a comprar todo el azúcar cubano que Estados Unidos no adquiriera.

Se aplica la Ley
Al clausurar el Primer Congreso Latinoamericano de Juventudes, en un abarrotado Estadio del Cerro (hoy Latinoamericano), durante la noche del sábado 6 de agosto de 1960, Fidel anunció la aplicación de la Ley Escudo mediante la cual se nacionalizaban 26 compañías yanquis, que poseían tres refinerías de petróleo, los monopolios de la electricidad y del teléfono, además 36 de los mejores centrales azucareros del país, cuya producción abarcaba el 36 por ciento del total nacional y un volumen similar a lo elaborado entonces por Hawai y Puerto Rico juntas.
En medio de su alocución, Fidel perdió la voz. Los médicos le habían aconsejado que no hablara esa noche debido al esfuerzo realizado por él en los últimos días y la pertinaz llovizna que agravaba su estado gripal. Raúl tomó el micrófono: “En momentos que han de ser históricos para Cuba y para la América nuestra, ¡que es la verdadera!, no es ni cosa del destino ni cuestiones de malos augurios; eso es, simplemente, un ligero revés sin importancia, porque se ha ido una voz por un momento; ¡pero ahí está él y estará! […] Esto que acabamos de ver, y que por un fugaz instante fue el deleite de los enemigos de nuestros pueblos, no es nada, porque eso no es más que la consecuencia de una vida joven, dinámica y honrada, dedicada al bien de su pueblo. Y esto, que no ha sido nada, porque ahí está él, que es lo que importa; más esto otro que tengo en la mano”. Y mostró el documento que reglamentaba las nacionalizaciones, el cual procedió a leer.
Minutos después, una vez Fidel recuperado, continuó su discurso ante el silencio total del pueblo. A la mención de cada empresa estadounidense expropiada, Raúl añadía: “Se llamaba” y el pueblo comenzó a corear, junto con el ministro de las FAR, esa célebre frase del mambí Quintín Bandera.

Júbilo popular
Aquel 7 de agosto parecía día de carnaval. Desde horas tempranas, numerosas personas se concentraron ante el edificio de la Cuban Telephone Company, en la capitalina calle Dragones. Armado de una escalera, un obrero retiraba todo letrero alusivo a la transnacional. Otros trabajadores despojaban a las paredes de los afiches de Tonito Rin-rin, logo utilizado en la publicidad por esa firma, cuyos “restos” eran velados en el lobby. En la calle, ciudadanos portaban cartelones: “Tonito Rin-rin, se llamaba”, “Murió Tonito, pero nació Liborito”.
A esa misma hora, en el edificio principal de la Cuban Electric Company (Cubaneleco), ubicado en la calle Carlos III, funcionarios del gobierno cubano hacían efectiva la nacionalización. Irónicamente, desde las puertas de vidrio que custodiaban la entrada, el logo de esta trasnacional, un bombillo con casco, llamado K-Listo Kilowatt, continuaba sonriendo.
Ante el Palacio de los Trabajadores, sede de la Central de Trabajadores de Cuba (CTC), se congregó un mar de pueblo. Varios ataúdes que representaban a diversos monopolios expropiados, a los que seguían actores y actrices disfrazados de llorosas viudas, fueron cargados en hombros y en estruendosa pachanga la muchedumbre enrumbó a Carlos III, continuó por Reina, Prado –en el Capitolio aguardaba otra multitud–, hasta Malecón, a gritos de “1, 2, 3 y 4. Hay Fidel pa’ rato”.
Una estentórea voz iba mencionando cada una de las compañías yanquis expropiadas: “Esso… United Fruit Company… Texaco… Manatí Sugar Company” y un coro gigantesco le replicaba: “Se llamaba”. En el embarcadero del Castillo de la Punta se arrojaron los féretros al agua, entre risas y canciones.

Retrospectiva desde 2025
Las nacionalizaciones de agosto de 1960 tenían obviamente un marcado carácter antimperialista, pero la propiedad privada sobre los medios fundamentales de producción seguía predominando en la economía nacional. La burguesía cubana, lejos de verse afectada, estaba en mejores condiciones de desarrollar una producción capitalista nacional al librarse de la desleal competencia de los monopolios yanquis.
A la vez, gozaban a su favor de la existencia de un incrementado poder adquisitivo de la población y el apoyo que podían recibir –y que en ocasiones se les brindó–,del sector estatal, robustecido por la recuperación de los bienes mal habidos en el batistato y su reciente control de las empresas foráneas expropiadas. Sin embargo, la burguesía cubana, cada vez menos patriota y cada vez más proimperialista, fue incapaz de estar a la altura del momento histórico.
Fue mucho el miedo a no poder subsistir como empresarios sin el comercio con Estados Unidos y a una agresión militar para derrocar a la Revolución (ya entonces la CIA preparaba una brigada invasora en Centroamérica y la Florida, la cual desembarcaría en abril siguiente en Bahía de Cochinos). Abandonaron sus negocios y marcharon al extranjero, hacia el vecino norteño fundamentalmente.
Muchos de ellos imaginaron que todo se resolvería en menos de un año y regresarían al país y a sus propiedades. Después de 65 años, en su gran mayoría, reposan en cementerios floridanos, lejos de la tierra que los vio nacer.
COMPAÑÍAS YANQUIS NACIONALIZADAS
1. Compañía Cubana de Electricidad. 2. Compañía Cubana de Teléfonos. 3. Esso Standard Oil, S.A., División de Cuba. 4. Texas Company West Indian (Texaco). 5. Sinclair Cuba Oil Company, S.A. 6. Central Cunagua, S.A. 7. Compañía Azucarera Atlántica del Golfo, S.A. 8. Compañía Central Altagracia, S.A. 9. Miranda Sugar States. 10. Compañía Cubana, S.A. 11. The Cuban American Sugar MilI. 12. Cuban Trading Company. 13. The New Tuinicú Sugar Company. 14. The Francisco Sugar Company. 15. Compañía Azucarera Céspedes. 16. Manatí Sugar Company. 17. Punta Alegre Sugar Sales Co. 18. Baraguá Industrial Corporation of New York. 19. Florida Industrial Corporation of New York. 20. Macareño Industrial Corporation of New York. 21. General Sugar States. 22. Compañía Azucarera Vertientes Camagüey de Cuba. 23. Guantánamo Sugar Company. 24. United Fruit Company. 25. Compañía Azucarera Soledad S.A. 26. Central Ermita, S.A.
Fuentes consultadas
Los libros Otros pasos del Gobierno Revolucionario cubano, de Luis Buch y Reinaldo Suárez; y El bloqueo a Cuba, de Nicanor León Cotayo. Discursos de Fidel del 24 de febrero, 28 de junio y 6 de agosto de 1960. Informaciones periodísticas publicadas por la revista BOHEMIA y los diarios Revolución, Hoy y Prensa Libre, en agosto de 1960.
*Periodista y profesor universitario. Premio Nacional de Periodismo Histórico por la obra de la vida 2021.


















