Sus compañeros del Ejército Rebelde lo recuerdan como el medico valiente que salvaba vidas y el guerrillero osado de excelente puntería en las emboscadas
Fotos. / Archivo de BOHEMIA
Quienes le conocieron describen a Manuel Piti Fajardo más bien de pequeña estatura, delgado, ágil y fuerte, con una musculatura que delataba la práctica asidua de ejercicios físicos. De niño gustaba de jugar pelota y quimbumbia –aunque en el recuerdo de algunos manzanilleros no era muy bueno–, montar bicicleta y nadar. Ya en la adolescencia practicó el volibol, en el cual sí se destacó incluso en su etapa universitaria. Por las noches estudiaba las lecciones aprendidas en el colegio con su madre, quien le inculcó un hábito de aprendizaje mantenido incluso hasta en la adultez.

Culto y alegre, tocaba muy bien el piano y, según dicen, si le daban una lata y un palo organizaba la mejor rumba jamás oída en Manzanillo. Generoso en el trato, caballeroso con las mujeres, especialmente delicado con su esposa, Nidia Ledea, y sus hijas Nidia Francisca y Gabriela; a su madre, la doctora Francisca Rivero, además del entrañable amor filial, le unía una identificación plena de ideas y principios.
Panchita había sido una de las primeras afrodescendientes en graduarse de galenas y la primera cubana en dirigir un hospital. Por su sensibilidad y sentido de la justicia el pueblo manzanillero la calificó de “médico de los pobres”. Ella lo inició en las actividades revolucionarias cuando, apenas un adolescente, lo llevaba a las protestas por el intento de usar la campana del ingenio Demajagua con fines politiqueros.
Una vez un periodista preguntón indagó con la doctora Francisca de dónde había salido el apodo de Piti. Ella dijo: “Mi hermana Enma era una muchacha muy graciosa y ocurrente, fue de las primeras maestras normalistas […]. En la escuela de ella había un muchacho al que le decían Pitinti mi gallo y cuando nació mi hijo dijo: ‘Pero si está aquí Pitinti mi gallo’. Y le decíamos Pitinti hasta que se fue acortando y se le quedó Piti”.
Pronto demostró tener vocación por la Medicina, tal vez al ver a la madre dedicarse cada día de manera tan consagrada a esa profesión, y matriculó esa carrera en la Universidad de La Habana. Al graduarse, en 1955, comenzó a prestar servicios como cirujano residente en el capitalino Hospital Municipal General Freyre de Andrade (Emergencias). El 2 de junio de 1956 se casó con Nidia, también egresada de esa especialidad.
Regresó a Manzanillo. Comenzó a trabajar en el Hospital Civil y en la clínica privada La Caridad; allí se vinculó con el doctor René Vallejo, quien ejerció una positiva influencia sobre él. Solía contar la manzanillera Georgina Mendoza, una niña a mediados de los años 50: “Los únicos golondrinos que yo he tenido en mi vida me los operó Piti. Mi hermana me llevó al hospital con fiebre. No teníamos dinero y para entrar tuvimos que pagar 10 centavos. Mandaron a buscar a Piti: me inyectó y me pidió que volviera en la tarde a su consulta donde había mejores condiciones. Cuando terminó la cirugía y preguntamos el precio, me puso la mano en la cabeza y dijo: ‘Siempre que saques buenas notas me estarás pagando la operación’”.

Celia Sánchez contactó con Vallejo y Piti, y la Clínica La Caridad se convirtió en la retaguardia médica de quienes combatían a la tiranía mediante la lucha armada. Ambos ingresaron en el Movimiento 26 de Julio. Cuando la actividad revolucionaria de los dos fue detectada por el aparato represivo del régimen, el Movimiento decidió enviarlos a la Sierra Maestra donde fundaron un hospital de campaña en Pozo Azul.
Piti comenzó a simultanear sus funciones de médico con las de combatiente. Participó como guerrillero en las acciones de Santo Domingo, Providencia, El Jigüe, Cerro Pelado y Las Mercedes, entre otras, en las cuales se destacó hasta obtener el grado de capitán. A la vez, fue médico de primera línea, atendía a los heridos dentro del combate y en el poco tiempo libre que le queda entre las acometidas enemigas, organizaba los servicios médicos. El Comandante Juan Almeida diría: “Era un combatiente con el bisturí en una mano y el fusil en la otra”.
Tras la derrota de la ofensiva de verano de la tiranía, Fidel lo envió al llano junto con el comandante Eduardo Lalo Sardiñas con la misión de operar en un territorio entre Las Tunas, Holguín y Bayamo en el que el Comandante en Jefe formó semanas después el IV Frente Simón Bolívar del Ejército Rebelde. Su primera misión fue propiciar con sus acciones militares el paso de las columnas invasoras del Che y Camilo hacia Occidente.
Con el triunfo revolucionario lo nombraron director del Hospital Civil de Manzanillo, ya con el grado de comandante. Poco después, lo trasladaron con igual responsabilidad al Hospital Militar de Santiago de Cuba, con la encomienda de depurar a elementos batistianos y poner fin a un intento de boicot interno contra los servicios médicos.
Ante la traición y fuga del excapitán rebelde Manuel Beatón, quien había sido internado en un centro penitenciario por haber asesinado al comandante Cristino Naranjo, Fidel requirió de los servicios de Piti y lo nombró jefe de operaciones en la Sierra Maestra, adonde el desertor se había refugiado con la ayuda de parientes y cómplices. Excelente campaña desarrolló el comandante Fajardo contra Beatón y su grupo al capturarlo en tiempo récord.
No regresó al hospital de la Ciudad Héroe porque Fidel y el Che le tenían asignada otra misión. Luego relataría su hija Nidia Francisca: “mi papá tenía demasiadas cosas que hacer. Se fue a la Sierra Maestra a crear una escuela utópica y alucinante [la Ciudad Escolar Camilo Cienfuegos, en el Caney de las Mercedes] con planetarium y campos deportivos, libros de textos de Herminio Almendros, talleres de pintura y cerámica, escuelas de ballet y un enorme gimnasio”.

Al enfermar Fidel con una afección pulmonar, el doctor Fajardo se convirtió en su médico de cabecera. Ante el auge de las bandas contrarrevolucionarias en el Escambray, ambos partieron hacia la región central (el “paciente” aún convaleciente). Ell líder máximo de la Revolución nombró a su galeno jefe de operaciones en la zona, basándose en su experiencia con el traidor Beatón. Al cabo de un mes habían sido capturados 102 alzados y 75 colaboradores, incluyendo a varios de los principales cabecillas.
A finales de noviembre las bandas sobrevivientes todavía seguían ocultas y en compás de espera por los suministros prometidos por la CIA. En la noche del 29 de noviembre de 1960, un grupo de elementos contrarrevolucionarios, que habían robado armas, escaparon hacia las afueras de Trinidad con el objetivo de alzarse. Al frente de un grupo de milicianos les tendió un cerco a los bandidos; entonces, durante uno de los intercambios de disparos, Piti Fajardo fue herido de muerte.
En la despedida de duelo, Fidel visiblemente emocionado expresó: “Hemos venido a dar sepultura a un combatiente del Ejército Rebelde. Este acto tiene que ser necesariamente doloroso para todos nosotros. Primero, porque la Patria pierde un hijo bueno; segundo, porque la Revolución pierde un combatiente de primera línea; y tercero, porque los que fuimos sus compañeros y sus hermanos, perdemos a un compañero, un amigo, un hermano”.
*Periodista y profesor universitario. Premio Nacional de Periodismo Histórico por la obra de la vida 2021.
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Fuentes consultadas
Testimonios recogidos por el Museo Nacional de Lucha Contra Bandidos en Trinidad; testimonios de Nidia Francisca Fajardo (publicado en el sitio web Rebelión); y de Ulises Estrada, José Ramón Herrera y el historiador manzanillero Daniel Rodríguez, recopilados por el autor de este trabajo.


















