¿Viaje al centro de una gema?

Petropalmas. Foto. / Gilberto Rabassa Vázquez.

Como bálsamo cae la lluvia sobre Guantánamo. Para llegar a Maisí, el municipio más oriental de Cuba, faltan unos cientos de kilómetros. En el camino, bordeando la costa del mar Caribe, los farallones parecen gigantes que acompañan al viajante. Al ascender por la pendiente, es imposible no detener la marcha y admirar la belleza de Playita de Cajobabo así como otros paisajes costeros que provocan vértigo al verlos desde tanta altura.

Serpenteando la meseta, después de un largo andar, finalmente llegamos a El Diamante, una comunidad donde el huracán Matthew dejó solo ruinas y lágrimas, luego de embestir contra Maisí en octubre de 2016. Ya aparecen las primeras casitas a un costado de la carretera. A simple vista, el lugar no ha cambiado mucho desde que lo visitamos, cuando estaba en fase de recuperación.

Más adelante, avistamos tres petropalmas, casitas con una parte de mampostería, otra de tablas de palmas y cubierta ligera. Ingenioso aporte a la escasez de materiales para la construcción en zonas rurales. A pocos metros, aparece la amplia explanada, donde sí reluce la escuelita multigrado 26 de Julio. Próxima a esta, la panadería del poblado, de la cual se desprende un agradable olor a pan recién horneado. El área deportiva –al aire libre– y unas cuantas viviendas confortables completan la arquitectura del sitio.

Allí nos esperan Albert Legrá Frómeta, el coordinador político de la zona, y Daiyaris Abat Frómeta, delegada de circunscripción. Después de una cálida bienvenida, salimos a conversar con las familias que fueron afectadas por derrumbe total cuando Matthew desoló la comunidad.

Historias

¿Viaje al centro de una gema?
Dionis Matos Frómeta. Foto. / Gilberto Rabassa Vázquez.

El camino para adentrarnos en el lugar, llamado por los habitantes como La Trocha, está enfangado hasta el tuétano. La lluvia para ellos es un verdadero calvario. Justo a la entrada de ese atajo, aparece la vivienda de Oneida Marzo Estévez, la maestra de segundo grado de la escuelita. “Matthew destruyó mi vivienda. Cuando eso yo estaba embarazada y tenía además otros dos niños, uno de ellos asmático. En aquel entonces, mi esposo y yo nos acogimos al módulo de las petropalmas porque era el que más rápido se podía terminar”, refiere la educadora.

En La Trocha, no todos encontraron solución a sus desventuras. Atareada con el fogón de leña, preparando una coladita de café, anda Dionis Matos Frómeta. Al tocarle la puerta, nos recibe con la hospitalidad propia de la gente humilde. “Pasen, llegaron a buena hora”, dice mientras le baja el volumen a la radio.

“Miren, el huracán destruyó la casa, ya va para seis años. Nunca nos dieron nada. Mi esposo y yo levantamos este ranchito con lo que pudimos encontrar. La madera ya está podrida, cuando llueve se moja más adentro que afuera. Es terrible. Para colmo, hace un año y seis meses, las autoridades del municipio nos mandaron a desbaratar la parte delantera porque iban a entregarnos materiales para construir la casa. Mandaron a quitar la cerca para que entrara el camión con la arena y demás. Indicaron hacer la zapata y ahí está. Todavía los estamos esperando. Nos han engañado”, opina desde el enojo y la desilusión que la acompañan.

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Remigia Leyva Sánchez. Foto. / Gilberto Rabassa Vázquez.

La octogenaria Remigia Leyva Sánchez se siente igual de malhumorada; además tiene la presión arterial por las nubes y, literalmente, ganas de tirar lo poco que tiene para la calle. “Desde que pasó Matthew son promesas y más promesas. Siempre durmiéndonos con la misma canción, en el mismo balance. Ya no tengo dónde poner un recipiente más cuando llueve. Lo que tengo aquí es una trapera, esto parece una cueva de humo”.

En el jardín de Remigia, su pequeño gato y el perro de una vecina se enredan en una pelea… y caen en unos huecos abiertos. “Ahí teníamos una frijolera enorme y la arrancamos porque nos dijeron que hiciéramos la zapata, que traerían los materiales para empezar las viviendas. Y hasta ahora, nada de nada”, agrega Magdelina, la hija de la anciana.

A pocos pasos de allí, está la “cuevita” de Zenaida Estévez Frómeta, a la que los vecinos llaman cariñosamente Chicha. Ella tiene 54 años, aunque aparenta muchos más. Su vida ha sido muy dura. Trabajar en el campo, criar a los hijos, cuidar al esposo que ya cumplió 72. En el cuartico, a duras penas tienen espacio para un camastro y algunas pocas pertenencias.

“Matthew arrasó con todo lo que teníamos. Con lo que pudimos encontrar levantamos este sitio. En aquel entonces, las autoridades nos visitaron, entregaron un colchoncito, ahora podrido de la mojasón, y una manta para el techo, ya rota. En agosto del pasado año, igual que a otros vecinos, nos mandaron a tumbar lo que teníamos porque ya iban a darnos los materiales. Todo fue mentira. Nos han dejado desamparados. Ojalá el Presidente visite este lugar para que vea cómo estamos sobreviviendo”, lamenta Chicha, quien además padece de un rosario de enfermedades.

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Zenaida Estévez Frómeta. Foto. / Gilberto Rabassa Vázquez.

De los sufrimientos de esta pobre gente bien conoce su delegada de circunscripción, Daiyaris Abat Frómeta, quien corrobora cada palabra dicha por los vecinos. “Cada vez que empieza a llover, Oneida, la maestra y yo nos tiramos una capa por arriba y salimos a visitarlos porque realmente lo que están pasando es muy duro”, reconoce la joven delegada.

Y es la cadencia de tu voz tan cristalina/ tan suave y argentada/ de ignota idealidad/ que impresionada por todos tus encantos… tararea al compás de la radio Vicenta Matos Matos, quien se sorprende al vernos en la puerta del ranchito. “Oigan, casi me matan de un susto”, dice en tono jocoso, mientras confiesa en voz baja que Longina, de Manuel Corona, es su canción preferida.

Vicenta a sus 85 años asegura sentirse “tan fuerte como un roble”. Por eso, aunque vive en condiciones bien difíciles, no se va “a vivir agregada a casa de nadie, ni muerta”. El huracán también derrumbó su vivienda de madera y desde entonces sus hijos levantaron un localcito con lo que lograron rescatar. “Por suerte mi´ja, no tuvimos que lamentar ningún fallecido”.

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Vicenta Matos Matos. Foto. / Gilberto Rabassa Vázquez.

Daiyaris asegura que tanto Vicenta, como Dionis y Chicha, están dentro de un plan para que se les construya sus casas. Pero ni ella misma sabe cuándo será eso. Según la delegada, “funcionarios del Gobierno municipal nos visitaron días atrás e informaron que están en los trámites para incluir a El Diamante como comunidad vulnerable”. Esto hace renacer las ilusiones rotas de las 138 familias que todavía sufren por derrumbes totales en sus viviendas.

En la circunscripción fueron aprobados, después de Matthew, 11 subsidios (el Estado corre con todos los gastos), mas solo se ha terminado la construcción de dos células básicas habitacionales (CBH); es decir, una modestas casitas de 25 metros cuadrados. Además, 65 familias recibieron bonificación (pagan la mitad del precio de los materiales y el Estado la otra parte). Por esta modalidad, dos viviendas ya han sido terminadas y 14 se encuentran en los toques constructivos finales.

Concesiones

Desde que su esposa murió de cáncer hace poco tiempo, Eider Navarro Pérez tuvo que convertirse en papá y mamá de sus dos hijos menores. Los ojos se le llenan de lágrimas cuando cuenta los trabajos que pasó “para llevarla cada 15 días al hospital de Santiago de Cuba, en medio de la pandemia, sin transporte, sin una ambulancia, sin nada. Ella murió aquí, en esta pocilga”.

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Eider Navarro Pérez. Foto. / Gilberto Rabassa Vázquez.

La familia de Eider también fue afectada por este huracán. La casita quedó en ruinas. Como pudo, levantó un cuartico en el que han estado viviendo hasta la actualidad. Al lado de este, él comenzó a hacer una casa de mampostería, a partir de la bonificación que recibió del Estado.

“Pagué y obtuve mi proyecto de obra. Hice tres habitaciones. Lo único que le agregué, y no estaba en el diseño, fue un baño dentro de la vivienda porque tenía a mi esposa enferma y sería más cómodo para ella. Avancé bastante, luego con la covid los materiales dejaron de entrar”, expresa Eider.

Sin embargo, aunque está abrumado porque no acaban de llegar los recursos, eso no es lo que más le atormenta. “Hace unas semanas vinieron funcionarios del Gobierno y de la Vivienda municipales, dieron una reunión y dijeron que con las bonificaciones tenían que construir una CBH de un solo cuarto, igual que si fuéramos un subsidio. Aquí en Maisí se han aferrado a eso. No puedo entender esa medida. Porque a mí no me están regalando las cosas, yo estoy pagando la mitad del precio de los materiales. Y están bastante caros. Además, tengo un varón de 14 años y la hembra de 12. ¿Los voy a poner a dormir juntos, si ya ahorita son adolescentes?, interroga angustiado.

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Daiyaris Abat Frómeta. Foto. / Gilberto Rabassa Vázquez.

Ante esta disyuntiva le explicamos a la delegada que no pueden dejar pasar “gato por liebre”: el subsidio es una cosa y la bonificación, otra.

En ese momento interviene Elmis Luis Gaínza Abat, coordinador del Gobierno de Maisí, encargado de las inversiones. Luce impecable, con zapatos tan lustrados que parecen charol. El funcionario insiste en que “la bonificación es una modalidad similar al subsidio: los recursos se le sitúan para la construcción de una CBH de 25 metros cuadrados. La diferencia es que la primera no tiene reconocida el monto para pagar ni mano de obra ni transporte”.

Hasta el momento ninguna normativa establece tal paridad, de modo que le preguntamos al funcionario ¿dónde está normado eso? Responde: “fue una medida del Consejo de Defensa Municipal cuando comenzó la recuperación. Todas las viviendas tienen una norma de recursos; es decir, una carta límite. Y no pueden pasarse. En Maisí tenemos 824 bonificaciones”.

Si como asegura Gaínza Abat, el Consejo de Defensa Municipal aprobó esta norma cuando comenzó la recuperación de Matthew, ¿cómo es posible que sea ahora cuando reúnen a los afectados por derrumbe total en El Diamante para explicarles que las bonificaciones solo pueden construir 25 metros cuadrados, como si fueran subsidios?

Con el objetivo de esclarecer esta situación, contactamos vía telefónica con Vivian Rodríguez Salazar, al frente de la dirección general de la Vivienda en el Ministerio de la Construcción, quien explica: “no hay nada regulado a nivel de país que establezca los 25 metros cuadrados en caso de bonificaciones”.

La ausencia normativa sobre las bonificaciones permite a funcionarios insensibles adoptar medidas por igual sin tener en cuenta las necesidades reales de cada núcleo familiar.

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Yuliet Marilyn, su mamá Doraidis y su hermanito Julio Andy. Foto. / Gilberto Rabassa Vázquez.

La tarde comienza a caer y es hora del regreso. Nos queda una larga travesía hasta Guantánamo y de ahí para Santiago de Cuba. En el cielo unos nubarrones presagian lluvia de nuevo. Sin embargo, no queremos regresar sin decir adiós a la pequeña Yuliet Marilyn, quien ahora está feliz en su nueva petropalma.

La madre, Doraidis Marzo Rodríguez, nos despide con afecto, aunque preocupada porque “si llueve la casita se moja en una esquina, por el caballete, pero qué le vamos a hacer”. No obstante, sus inquietudes también van más allá del presente; piensa: “¿cómo me las arreglaré con los dos únicos cuartos que tiene la vivienda cuando comiencen a crecer mis cuatro hijos?”

Salimos del poblado agradecidos de haber conocido a personas increíbles que, en medio de una pobreza surrealista, son capaces de emanar hospitalidad y amor. Repaso en la memoria otros nombres, Anayanza, Rafael, Margot, Damaris y Adrianis con sus tres vejigos… gemas maisienses que nos obligan al regreso.

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Flashazos
¿Viaje al centro de una gema?
La mayoría de los afectados por derrumbe cocinan con leña. Foto. / Gilberto Rabassa Vázquez.

En El Diamante hay un policlínico, ubicado en La Güira, para atender a los lugareños. También tienen electricidad y agua potable en las viviendas. En muchos casos se cocina con leña. Por la mañana, a eso de las 7:00 a.m., pasa una guagua hacia La Máquina, la cabecera municipal de Maisí, y luego regresa sobre las 5: 00 p.m. Fuera de eso, tienen que arreglárselas con los particulares que suben a La Máquina o con algún chofer caritativo.

El poblado no posee círculo infantil donde dejar los niños para que las madres puedan incorporarse al empleo. Muchas mujeres son amas de casa porque tampoco aparece trabajo para ellas. No son pocas las jóvenes, madres de tres y más hijos menores de edad, que no son atendidas por el programa de Gobierno que estimula la natalidad. Hay personas de la tercera edad y núcleos familiares vulnerables que no reciben la ayuda de la asistencia social. La vida cultural en la comunidad es casi nula. Allí languidece una plaza deportiva por falta de presupuesto para contratar a un especialista en Cultura Física.

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3 comentarios

    1. POBRESA SI PERO NO HAY MISERIA MISERA EXISTE AQUI QUE DA MIEDO ENTRE 87 MIL A 120 MIL PERSONAS DUERMEN EN LAS CALLES Y NO SABEN SI MNANA SE VAN A LEVANTAR Y COMO SE VAN A LEVANTAR , EN CUBA LOGRAREMOS LEVANTAR ESA POBREZA , AQUI EN LOS ANGELES LLEVAN MAS DE 20 ANOS Y SIGUE CRECIENDO , LA POLITICA DEL ABUSO DE LOS ABUSADOS NADIE SE PREOCUPA NO HAY PROGRAMA NI GOBIERNO CON PROGRAMAS ALGUNO , YO SE QUE CUBA SALDRA DE ESA POBREZA , GRACIAS

  1. Periodista : Su artículo, muy bueno , hice un primer comentario y no me publicaron y eso que estaba menos duro que lo que usted resumió en sus Flashazos

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