En la era de las tecnologías de la información y de las comunicaciones, la serie Primer grado hizo un llamado a la socialización de valores universales como el humanismo y la solidaridad
¿Puede ocurrir en la vida real? Esta es, quizás, una de las tantas interrogantes que motivó la serie Primer grado (Cubavisión, domingo, 8: 45 p.m.). No podía ser de otro modo, pues la violencia devino cosmos revelador de existencias inmersas en la espesura de lo cotidiano. Además, el relato propició posiciones cuestionadoras de actitudes, modos de ser y de hacer: ¿Alguna vez has hecho daño a través de las redes sociales? ¿Es fácil ocultarse mediante un nombre falso? ¿Siempre se tiene en cuenta que la libertad es un derecho unido a la libertad de saber usarlo? ¿Tiene sentido la venganza?
En la trama lideró un tema transversal, las tecnologías de la información y de las comunicaciones, así como las consecuencias de su uso inadecuado. El primer acierto de la ficción fue estructurar historias ricas en conflictos de notable trascendencia personal y social, a partir de los múltiples avatares sufridos por la joven Daniela (Diany Aurora Zerquera) cuando se difundieron en internet unas fotos íntimas que enviaría a su novio.
Según expresó Rudy Mora, director de la puesta y también guionista junto a Eduardo Eimil, al surgir el proyecto la conectividad en Cuba no estaba tan avanzada; sin embargo, las situaciones que se plasmaron están en sintonía con el contexto actual.

Por lo tanto, los personajes son personas, pueden estar entre nosotros, incluso, ser nosotros mismos. Al parecer, esta concepción inspiró la visualidad de la serie que de ningún modo hizo juzgar con arreglos a nuestra razón, sino que apeló a claves dramáticas de un iceberg pleno de transgresiones donde anidan las sombras de lo oculto. Había que interpretarlas sin perder de vista la facultad de relacionar fenómenos en apariencia distantes.
Los secretos, las dudas, las máscaras formaron parte del imaginario icónico y de la prudencia de la palabra pensados, de alguna manera, para provocar el goce y, a la vez, el sufrimiento.
En tales sentidos se orientaron la dirección de fotografía de Alexander Escobar y la edición de Octavio Crespo, desde concepciones de una estética concebida por Rudy Mora, quien es consciente de las amplias posibilidades de la expresión formal y la experimentación narrativa.
No obstante, en algunos capítulos, el exceso de escenas preparatorias y caracterizadoras, y el uso de planos demasiado breves afectaron la asimilación de las informaciones por parte de los públicos.
Ciertamente, la diversidad de acciones subordinadas a la trama central –mal llamadas subtramas–, que protagonizaron numerosos actores y actrices en más de un centenar de locaciones, exigía una enunciación de los conflictos más asequibles a las mayorías.
No lo olvidemos, en el siglo XXI las tecnologías influyen en la construcción de un nuevo sujeto digital; significativamente cambiaron las maneras de la participación ciudadana asumida mediante los usos y las apropiaciones de diferentes productos comunicativos.
Tal vez, poco reflexionamos sobre el hecho de modelar la realidad considerando las funciones de las imágenes y sus valores denotativo (el contenido inmediato) y connotativo (lo que se lee, no lo que se percibe). Ambos están presentes en las manifestaciones artísticas, que son capaces de adelantar ideas, anticiparse al conocimiento social, movilizar la sensibilidad, las emociones, la solidaridad y el respeto al otro ser humano.
Ver lo que vemos en Primer grado significa producir la criticidad cognitiva mediante una comunicación con perspectiva de género. Crear a partir de la perspectiva del cambio requiere seguir cohesionando dramaturgias y puestas. De esto dio fe la serie, pues no por azar Daniela reconoce errores en su proceder, socializa ideas defendidas por el Centro Nacional de Educación Sexual (Cenesex), disfruta el reencuentro con el amor y la unión de la familia.
Sin duda, el convite de esta ficción audiovisual contribuye a la apertura de horizontes, la emancipación de posibles lastres y ofrece el sosiego para meditarlo todo de nuevo.
CREDITO PORTADA
Leyva Benítez.
























