El fracaso de la Junta de Información (1867), con la que se pretendía obtener de España una serie de reformas, evidenció que la metrópoli no iba a cejar en su política económica abusiva y el régimen despótico represor de las libertades individuales que había implantado en Cuba. Solo les quedaba a los naturales de la Isla lanzarse a la insurrección. La interrogante era ¿cuándo?
Muchos de los patriotas proponían que el estallido ocurriese después de la zafra, para tener más recursos con que comprar pertrechos. Carlos Manuel de Céspedes disentía de ellos, les advertía que toda conspiración prolongada terminaba siendo neutralizada por las autoridades coloniales, que el momento de la decisión era en el otoño de 1868.

Hay quienes en la retrospectiva de un siglo han sacado erróneas conclusiones. Para ellos, el motivo que animaba a Céspedes a apresurar el estallido era su precaria situación económica. Desconocimiento total. En 1868 el abogado bayamés disponía de 16 florecientes propiedades.
La hipoteca del ingenio Demajagua, uno de los más rentables del Oriente cubano según Álvaro Reinoso, la hizo para garantizar un préstamo con vistas a nuevas inversiones (adquisición de tecnología relacionada con la máquina de vapor) y no por deudas apremiantes.
Incluso donde más ganancias obtenía era en su hacienda ganadera y los tres corrales que poseía en las cercanías de Campechuela. Si alguno de los lectores duda de lo alegado en estas líneas, lo convidamos a consultar los legajos existentes en el Archivo Histórico Municipal de Manzanillo.
La fecha del inicio de la sublevación se aplazó varias veces hasta que se determinó que fuera el 14 de octubre. Un pariente de Céspedes supo que las autoridades españolas iban a detener a los principales complotados en las ciudades granmenses y se lo comunicó a su primo. En la madrugada del 10 de octubre de 1868 se reunieron en el ingenio Demajagua, para pronunciarse por la independencia, decenas de patriotas (“sobre 500” según Bartolomé Masó, testigo presencial).
Esa mañana Céspedes dio a conocer el Manifiesto de la Junta Revolucionaria de la Isla de Cuba dirigido a sus compatriotas y a todas las naciones, más conocido hoy día como el Manifiesto del 10 de octubre, donde exponía y argumentaba las causas del levantamiento: “Nadie ignora que España gobierna a la Isla de Cuba con un brazo de hierro ensangrentado, no solo no le deja seguridad en sus propiedades arrogándose la facultad de imponerle tributos y contribuciones a su antojo […] teniéndola privada de toda libertad política, civil y religiosa.

“Cuando un pueblo llega al extremo de degradación y miseria en que nosotros nos vemos, nadie puede reprobarle que eche mano a las armas para salir de un estado tan lleno de oprobio […] La Isla de Cuba no puede estar privada de los derechos que gozan otros pueblos”.
“Solo queremos ser libres e iguales como hizo el Creador a todos los hombres”, se subraya en otro momento del Manifiesto. Y luego afirmaba: “Nosotros consagramos estos dos venerables principios; nosotros creemos que todos los hombres somos hermanos […] Admiramos el sufragio universal”.
De esta forma, en la cuestión de la esclavitud, Céspedes se distanciaba de otros pensadores cubanos como Saco, y del reformismo al estilo de Pozos Dulces y Morales Lemus, quienes abogaban, aunque desde variados matices, por la abolición de la esclavitud, pero obviaban mencionar todo lo referente a la justicia social.
El Héroe del 10 de octubre convocaba a igualar los derechos del antiguo esclavo con los del amo, pues al universalizarse el sufragio, aquel podía elegir y ser elegido. Posteriormente, en el Bayamo libre, incluiría en el gobierno de la ciudad a dos afrodescendientes. Y en el Ejército Libertador, ya Presidente mambí, promovió a altas responsabilidades a patriotas provenientes de las clases más populares, entre ellos a muchos negros y mulatos.
Algunos historiadores han esgrimido fuertes críticas contra el Manifiesto porque en él se abogó por “la emancipación gradual y bajo indemnización de la esclavitud”. En primer lugar, el abogado bayamés (muy consciente de que en 1868 la obtención de la independencia tenía que partir necesariamente de la abolición total de la esclavitud) solo podía ofrecer como ejemplo su gesto del 10 de octubre al liberar a su dotación, pero no tenía potestad ni poder para imponer su criterio al resto de los cubanos.
No podemos olvidar que no solo para los terratenientes occidentales, sino para muchos de los hacendados villareños y camagüeyanos que abrazaban la causa del independentismo, era indiscutible el requisito de indemnización. Incluso, cuando la Cámara de Representantes, órgano supremo del gobierno insurrecto constituido en Guáimaro en abril de 1869, decretó la abolición, estipuló que “oportunamente serán indemnizados los dueños de esclavos”.
Tras el juramento de ser libres o morir en el empeño, aquel contingente marchó de Demajagua para conquistar la independencia. Luego vendrían el combate de Yara, la dispersión, el reagrupamiento de las fuerzas patrióticas, reforzadas por grupos de diversas localidades que acudieron a incorporarse, la toma de Bayamo y la constitución de esta ciudad como capital de la revolución. Nacía así la nación cubana, la cual se iría consolidando en los diez siguientes años de guerra.
Fuentes consultadas
La compilación Carlos Manuel de Céspedes. Escritos, de Fernando Portuondo y Hortensia Pichardo. El libro El estandarte que hemos levantado. Apuntes cronológicos. Carlos Manuel de Céspedes (1819-1874), de Aldo Daniel Naranjo.
CRÉDITO
Por PEDRO ANTONIO GARCÍA*
Imagen de portada: Félix M. Azcuy
* Periodista y profesor universitario. Premio Nacional de Periodismo Histórico 2021


























