La tercera vida de Notre Dame

Remontando discrepancias, prosiguen las labores restauradoras del célebre santuario. Se busca que en 2024 los turistas y los asistentes a los Juegos Olímpicos puedan disfrutar la magnificencia de la edificación y la belleza de sus obras de arte


El 15 de abril de 2019 un incendio devastó el tejado y los muros superiores de la catedral de Nuestra Señora de París. La torre más alta se derrumbó, al igual que la emblemática aguja (alcanzaba 93 metros de altura). Las vidrieras y el –varias veces centenario– órgano principal también sufrieron.

Tras largas horas los bomberos pudieron extinguir las llamas. El agua utilizada elevó la humedad del edificio, lo cual afectó las paredes y esculturas.

Nuevamente el templo se enfrentaba a la adversidad. La anterior debacle ocurrió a finales del siglo XVIII, durante la Revolución Francesa, cuando el inmueble ya contaba con una venerable longevidad, pues su construcción se inició en el XII.

Notre Dame tras la catástrofe. / lavanguardia.com

En su artículo Las otras destrucciones de Notre-Dame, Francesc Gracia, de la Universidad de Barcelona, relata que la iglesia “será saqueada […] entregado al pillaje el tesoro […] servirá como mercado cubierto y almacén de 1 500 toneles de vino destinados al Ejército del Norte; y las campanas de las torres, junto a la campana mayor Marie, serán desmontadas en 1791-1792 destinándose el bronce a la fundición de cañones. Cuando los clérigos constitucionalistas intenten retomar las prácticas de culto en 1795, el edificio se encontraba en muy mal estado: vidrieras destrozadas, suelos reventados, las paredes cubiertas de inscripciones y una gran suciedad”.

No serían únicamente las convulsiones políticas lo que atentaría contra el inmueble. “Durante la Restauración borbónica (1814-1830) la catedral continuó su proceso de degradación como resultado del creciente desprecio hacia la arquitectura gótica que impregnaba la sociedad francesa, imbuida de las corrientes artísticas del neoclasicismo y el romanticismo, que propiciaban la demolición de numerosos edificios medievales”.

Desazones de un novelista

Suele afirmarse que si la humanidad puede seguir preocupándose por el futuro de Notre Dame, debe agradecerlo a un grupo de artistas e intelectuales, entre ellos Víctor Hugo; ellos se empeñaron en que los círculos gobernantes remozaran el desmantelado santuario.

El valioso órgano principal también necesitó una cuidadosa rehabilitación. / lanacion.com.ar

Gracia hace hincapié en la participación del literato: ante “la posibilidad real de que la catedral fuese derribada, Víctor Hugo […] aprovechará el contrato firmado en 1828 con el editor Charles Gosselin […] para escribir una obra de ambiente histórico en la línea de las novelas históricas ambientadas en la Edad Media de Walter Scott […] de gran éxito en Francia. Tras la revolución de julio de 1830 que significó la caída de los Borbones, redactó en pocas semanas Nuestra Señora de París, publicada el 16 de marzo de 1831”. En sus páginas “desarrolló una contundente defensa de la arquitectura medieval que redundó, por el éxito de la novela, en la recuperación del favor de la sociedad hacia el arte gótico”.

El gran prosista no solo quería salvarla del derribo, asimismo alertar sobre innovaciones que dañaran su valor arquitectónico y estético. Al respecto es explícito en su libro:

«Todavía hoy la iglesia de Nuestra Señora de París continúa siendo un sublime y majestuoso monumento, pero […] no puede uno menos que indignarse ante las degradaciones y mutilaciones de todo tipo que los hombres y el paso de los años han infligido a este venerable monumento […] Si para examinar con el lector, dispusiéramos, una a una, de las distintas huellas destructoras […] las producidas por el tiempo resultarían muy inferiores a las provocadas por los hombres, especialmente por los hombres dedicados al arte”.

Luego menciona decisiones de carácter arquitectónico y estilístico que a lo largo de centurias transformaron –a menudo no para bien, según su criterio– la imagen externa e interna de la catedral. Y asegura: “Cada cara, cada piedra del venerable monumento es no solo una página de la historia de su país sino también una página de la historia de la ciencia del arte”.

No andaban mal encaminados los temores del novelista. Todavía originan debate las concepciones seguidas por los arquitectos Eugène Viollet-le-Duc y Jean-Baptiste-Antoine Lassus en una intervención que duró dos decenios (a partir de 1844) e incluyó, entre otras acciones, la incorporación de nuevas campanas, vidrieras y esculturas.

Avenencias y discrepancias

¿Qué habría opinado Víctor Hugo sobre las ulteriores reparaciones? Nunca lo sabremos. Algo sí es seguro: no desaprovecharía la oportunidad de involucrarse en la controversia en torno a la actual renovación. Esta abarcó, en primera instancia, cuál estilo predominaría.

El presidente Emmanuel Macron propuso adoptar un enfoque contemporáneo, pero terminó aceptando la propuesta de la Comisión Nacional de Patrimonio y Arquitectura de Francia: la catedral debía recuperar la fisonomía previa al incendio. O sea, conservar su aspecto medieval y utilizar los mismos materiales constructivos de antaño.

Una veintena de obras pictóricas fueron trasladadas para reparar las cicatrices dejadas por el polvo y el envejecimiento de los barnices. / lavozdegalicia.es

Otro motivo de desacuerdo también logró conjurarse: según trascendió a los medios de comunicación, los vidrieros franceses se indignaron al escuchar que serían expertos alemanes quienes recuperarían los ventanales estropeados, solo se aplacaron cuando se les aseguró que lo pactado era una colaboración, no una exclusión.

Por autorizar la tala de robles centenarios, cuya madera conformaría la armazón del tejado, el gobierno francés recibió críticas. Tampoco ha habido unanimidad acerca de si resulta posible o no cumplir con la promesa gubernamental de concluir las obras antes de los próximos Juegos Olímpicos. Algunos expertos estiman que devolver el completo esplendor a Nuestra Señora demorará aún más.

En cuanto al financiamiento, Macron solicitó (y obtuvo) ayuda internacional, pues necesitaría al menos centenares de millones de euros (ya el Estado francés había invertido unos 150 millones en la rehabilitación iniciada en 2017 y que proseguía en el momento del siniestro). Tales cifras motivaron en las redes sociales ciertos cuestionamientos a la conveniencia de gastar tantos recursos en el empeño, en lugar de utilizarlos para resolver acuciantes problemas sociales.

A marcha forzada

Se augura que en el verano de 2024 los turistas podrán entrar al edificio (o a zonas de él). De acuerdo con informaciones ofrecidas a la prensa gala, el camino hacia ese futuro, a las puertas, ha implicado, además de los trabajos en la estructura del templo, una precisa labor para revitalizar los vitrales: a maestros franceses, junto con los de la Catedral de Colonia, se les encomendó desmontarlos, inspeccionarlos, numerarlos, remover suciedades y sellar las fisuras.

Asimismo, una veintena de pinturas, no afectadas directamente por las llamas, pero sí por el polvo, el humo, el calor excesivo y el paso del tiempo, han sido retocadas. En esa tarea intervienen especialistas como los conservadores del Centro de Investigaciones y Restauraciones de los Museos de Francia.

Los restauradores limpian la superficie, luego recubren las grietas y lugares descascarados. / larazon.com

Algodones impregnados con sustancias limpiadoras y a la vez no perjudiciales, pinceles, lupas, barnices, son las armas de quienes se han esforzado por devolver su lustre a piezas concebidas en los siglos XVII y XVIII. El protocolo general conllevó la habilitación de un “historial médico” previo para cada paciente. 

De aquella época datan, por ejemplo, las obras de Laurent de La Hyre, Charles Le Brun, Jacques Blanchard, y otras pertenecientes a Les Grand Mays (serie de cuadros a los que acompañan poemas dedicados a la Virgen María).

Esperemos que se mantengan ilesos; y que un cronista de finales de siglo, o del XXII y sucesivos, no deba escribir, bajo el apremio de otra calamidad, acerca de una nueva vida para la catedral de Notre Dame.

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