Cuba 1922: Los dos presidentes

Caricatura publicada en La política cómica acerca de la injerencia del enviado yanqui. / Autor no identificado
Caricatura publicada en La política cómica acerca de la injerencia del enviado yanqui. / Autor no identificado

El 6 de enero de 1921 el acorazado Minnesota arribó al puerto habanero trayendo a bordo un distinguido pasajero: el general Enoch Crowder, quien realizaba su cuarta visita a la Isla. Anteriormente había estado en 1906 durante la segunda ocupación estadounidense, cuando Washington lo puso al frente de la Comisión Consultiva para redactar un conjunto de legislaciones que, a partir de entonces, regularon en la república neocolonial el funcionamiento de instancias de gobierno a nivel nacional, provincial y municipal, igualmente las del poder Judicial, el servicio civil y lo penal-militar, entre otras.

La segunda estancia fue breve a raíz del alzamiento liberal de 1917. Pero necesidades del Ejército de su país, enfrascado en la Primera Guerra Mundial, causaron su regreso a Norteamérica donde primeramente supervisó el reclutamiento de tropas y luego la administración de la justicia militar. Finalizada la contienda, de nuevo lo mandan a Cuba (1919), con la encomienda de elaborar un código electoral, el cual llevó su nombre, para evitar fraudes y garantizar la estabilidad de la Isla. En la práctica, tal engendro no cumplió sus objetivos.

La misión que le asignaron en 1921, con el rango de “enviado personal” del presidente yanqui Warren G. Harding, resultó mucho más compleja. La mayor de las Antillas atravesaba una profunda crisis económica debido al descenso del precio del azúcar (de 22.5 centavos en mayo a 3.00 centavos en diciembre), lo que ocasionó la ruina de colonos y dueños de centrales, así como de la banca nacional. Aumentó el desempleo y los salarios fueron rebajados; los precios de los alimentos de primera necesidad se mantuvieron altos.

En medio de esta situación Crowder debía cimentar una conciliación nacional política aplacando cualquier agitación subversiva que pudiera desembocar en una insurrección armada. A la vez, sugerir medidas para solucionar la crisis económica sin perjudicar los intereses de los monopolios estadounidenses. Tenía a su favor las potestades que le otorgaba a Estados Unidos la Enmienda Platt, mediante la cual se aseguraba la incondicionalidad de gobernantes y parlamentarios ante el temor a una posible intervención militar del vecino país norteño.

El hombre de los memorandos

El general Crowder en su época de embajador en Cuba. / Autor no identificado
El general Crowder en su época de embajador en Cuba. / Autor no identificado

Aunque la injerencia del “enviado” comenzó en los últimos meses de la presidencia de Mario García Menocal, se hizo mucho más evidente después de que Alfredo Zayas tomara posesión de la primera magistratura el 20 de mayo de 1921. Cumpliendo entonces órdenes del Departamento de Estado, el general “aconsejó” al nuevo mandatario sobre quiénes debían integrar el Consejo de Ministros, denominado “el Gabinete de la honradez”, para el cual propuso a figuras de su absoluta confianza. Además, “sugirió” la política de austeridad que garantizaría el pago de las deudas del Estado cubano con la banca norteamericana, en especial con la casa Morgan.

Cuando, celoso por las prerrogativas concedidas a Crowder, comenzó a conspirar contra él Boaz W Long, ministro plenipotenciario estadounidense en funciones, este fue llamado a consultas en Washington (junio de 1921). No regresó a la Isla. Meses después Boaz W Long hizo pública “su renuncia”. Si había alguna duda, quedaba esclarecido el poder que sostenía al general.

A partir de marzo de 1922 y hasta abril de 1923, el “enviado” desarrolló un novedoso sistema injerencista con el que fiscalizó las actividades estatales cubanas por medio del envío de memorandos al presidente Zayas, acerca de asuntos financieros, proyectos bancarios, enmiendas constitucionales, pago de deudas del Estado y aprobación de presupuestos, entre otros temas.

Con esa prepotencia, no solo se entrometía en los asuntos internos del país, sino que también devenía la máxima autoridad en Cuba, incluso por encima del Presidente de la República, electo en unos comicios respaldados por la administración Harding con el aval de haber sido “genuinamente democráticos”. Sin embargo, ni el general injerencista ni sus asesores en el Departamento de Estado habían calibrado realmente a Zayas, molesto no por las afrentas a la dignidad nacional, sino por la mente puritana del yanqui que le impedía desarrollar manejos turbios en la gestión gubernamental.

Así se la agenció para entregarle a la prensa el Memorando número 13, el último recibido de Crowder en 1922, el cual, al orientar un “programa moralizador”, implícitamente revelaba intromisiones estadounidenses en secretarías y departamentos estatales cubanos. Tal documento fue publicado, con la traducción correspondiente, por el diario habanero Heraldo de Cuba y en su versión original por The New York Times. Washington se vio precisado a negar públicamente el haber enviado ultimatos a Zayas y ordenó a sus representantes en la Isla “evitar declaraciones que puedan ser interpretadas con ese sentido”, a la vez que reclamaba la presencia de su “enviado” en Norteamérica para conferenciar sobre la situación creada.

El mandatario cubano continuó su contraofensiva. Consintió una auditoría de expertos estadounidenses en las finanzas estatales, la cual arrojó un saldo favorable a su Gobierno. Logró un alivio para el erario del país al concertar en enero de 1922 un empréstito de 50 millones de dólares con la casa Morgan, en términos y condiciones muy favorables para ella. A partir de entonces, se forjó una sólida alianza entre la entidad bancaria y el politiquero cubano.

Zayas fue hasta el final de su mandato un fiel servidor de la oligarquía financiera estadounidense. / Autor no identificado
Zayas fue hasta el final de su mandato un fiel servidor de la oligarquía financiera estadounidense. / Autor no identificado

El ocaso del general injerencista

Zayas comprendió que la cacareada honestidad gubernamental de los Estados Unidos era un mito más. Con dádivas y jugosas propuestas de negocios puso de su parte a destacados congresistas y miembros del gabinete del presidente Harding. No es de extrañar, aunque la historiografía no ha podido verificarlo, que la idea de transformar en embajada la Legación norteña en la Isla partiera de La Habana. En Washington cosechó aplausos. ¿Y quién mejor que Crowder para asumir tamaña responsabilidad?

El 5 de marzo de 1923 presentó sus cartas credenciales como el primer embajador de su país en la nación caribeña. Por aquellos días se reveló el escandaloso fraude de la compra-venta del convento de Santa Clara, denunciado por un grupo de intelectuales liderado por Rubén Martínez Villena. En total, el mandatario cubano y sus compinches se embolsaron más de un millón de dólares. A esto hubo que agregar, meses después, los desfalcos a las colecturías de la Renta de Lotería por parte de familiares del primer magistrado.

Como era usual en él, el general injerencista envió dos memorandos entre el 9 y el 14 de abril de 1923. La respuesta de Zayas lo dejó boquiabierto. “Gustoso de complacer sus deseos, como demostración de nuestras amistosas relaciones”, comenzaba diciendo el cubano, para más adelante aclararle: “yo soy quien ha de gobernar dentro de los principios que tengo manifestados, y asumiendo la responsabilidad”.

Las protestas de Crowder no fueron escuchadas en el Departamento de Estado. El tiro de gracia lo recibió en el siguiente agosto, cuando falleció el presidente Harding. El vicepresidente Calvin Collidge, quien lo sustituyó, llamó a consultas a su embajador en La Habana. Entretanto el régimen zayista pagó adeudos financieros y mereció por ello una felicitación del Secretario del Tesoro yanqui. Al regresar en diciembre a la Isla, el ex enviado personal del Presidente tuvo que limitar su labor a la de simple funcionario del Departamento de Estado.

Con la ley de consolidación ferroviaria, que otorgó el monopolio de ese transporte al neoyorquino National City Bank, y el establecimiento de la Compañía Cubana de Electricidad, propiedad de una trasnacional bajo el control de la Casa Morgan, se cimentó aún más la alianza del mandatario cubano con la oligarquía financiera estadounidense. Solo por el primer negocio recibió medio millón de dólares como recompensa.

Zayas dejó la presidencia, el 20 de mayo de 1925, a Gerardo Machado, cuyos promotores pagaron una considerable cantidad de dinero al gobernante saliente por su apoyo. Ese día el futuro sátrapa inauguró en el parque detrás del Palacio Presidencial, donde hoy descansa el yate Granma, una estatua de cuerpo entero de su antecesor.

Solía contar el poeta Galo Herrero una anécdota que merece contarse, si bien la historiografía nunca ha podido verificar su autenticidad. Cuando al terminar el acto de develación quedó desierto el lugar, se acercaron al monumento dos personas: el embajador Crowder y el traductor que casi siempre usaba. El general esbozó una sonrisa entre cínica y burlona al contemplar la efigie. “Fox, damn fox!” (Zorro, maldito zorro), dijo. Lentamente se dirigió al auto que le aguardaba y antes de subir al vehículo volteó la cabeza: “Fox, damn fox!”.

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Fuentes consultadas

Los libros La neocolonia, organización y crisis desde 1899 hasta 1940 (por investigadores del Instituto de Historia de Cuba) y República rigurosamente vigilada. De Menocal a Zayas, de Rolando Rodríguez. La compilación Documentos para la historia de Cuba, tomo tres, preparada por Hortensia Picardo.

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