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Narrativa y realidad en Cecilia Valdés


Este 28 de octubre se conmemora el 212 aniversario del nacimiento del renombrado periodista, traductor y escritor Cirilo Villaverde, una figura icónica de la narrativa cubana que encarnó el intelecto de su tiempo y se posicionó como uno de los autores más leídos de la historia, gracias a su famosa novela Cecilia Valdés.

La obra, pionera en la construcción de la identidad cubana y un verdadero reflejo de las tradiciones y costumbres del siglo XIX en La Habana, revela una sociedad colonial caracterizada por la diferencia de clases, la esclavitud y la discriminación racial, además de retratar el rol marginal de las mujeres, especialmente de las criollas.

Por esa razón queremos destacar el brillante artículo del destacado periodista Reinaldo Peñalver Moral, titulado “Leonardo Gamboa (el verdadero) no murió asesinado”, publicado en la edición número 9, del 28 de febrero de 1975, en las páginas 4-9.

El texto es parte de una serie que surgió tras el descubrimiento, en el Cementerio de Colón, de una tumba con la inscripción “Cecilia Valdés 1893”. El hallazgo llevó al autor a realizar una investigación meticulosa sobre la vida de los personajes de su célebre novela.

En el artículo, que pone de manifiesto su astucia como reportero, Peñalver Moral desvela la historia y los propietarios de la tumba, además de ofrecer elementos fascinantes sobre la verdadera identidad de los personajes Cecilia Valdés y Leonardo Gamboa, así como información sobre sus familias y descendencia.


LEONARDO GAMBOA (EL VERDADERO) NO MURIÓ ASESINADO

Por./ Reinaldo Peñalver Moral[1]

Tras varias semanas de minuciosa e incesante investigación pudimos reafirmar que casi la totalidad de los personajes que figuran en la genial novela de Cirilo Villaverde fueron reales y que la tumba que hallamos en la Necrópolis de Colón en esta ciudad (BOHEMIA 13 de diciembre de 1974) posiblemente guarda los restos de la famosa mulata de la Loma del Ángel y los del supuesto fruto de sus amores con Cándido Rubio Lima (el verdadero Leonardo Gamboa) que, por cierto, no murió asesinado…

La celeridad y veracidad con que arribamos a esclarecer parte de este enigma que perdura desde hace siglo y medio fue posible gracias a la valiosa cooperación que nos brindaron entusiásticamente las autoridades del Arzobispado de La Habana, de la Administración del Cementerio de Colón, los empleados de los Archivos Históricos y en especial de numerosos lectores que nos alentaron y nos ofrecieron valiosas sugerencias. A todos, nuestro agradecimiento.

Dijo la verdad, el novelista Cirilo Villaverde, cuando en el primer tomo de «Cecilia Valdés», impreso en La Habana en 1839, expresó en una carta prólogo dirigida a su viejo amigo Don Manuel del Portillo:

… “los personajes que en ella figuran nacieron en esa loma…”

Y 40 años después en el prólogo de la obra editada en Nueva York, Villaverde señalaba:

… “he llevado el realismo, según lo entiendo, hasta el punto de presentar los principales personajes de la novela con todos sus pelos y señales, como vulgarmente se dice, vestidos con el traje que llevaron en la vida, la mayor parte bajo su nombre y apellidos verdaderos”…

Transcurrieron algunos años, y en carta que dirigió al escritor Julio Rosas, fechada el 21 de noviembre de 1883 le dice en respuesta a sus preguntas:

…“todos los que en ella figuran los he tomado de entre mis amigos, condiscípulos, conocidos, parientes, etcétera”…

Y refiriéndose, al modelo escogido para la protagonista, le expone haberse servido de:

…“una mulata muy linda con quien llevó amores Cándido Rubio, mi condiscípulo y amigo, en La Habana”…

Sin embargo, pese a las reiteradas aseveraciones hechas por el genial escritor, muy pocos historiadores hallaron la forma de dar crédito a sus palabras.

—Cecilia Valdés fue producto de la imaginación de Villaverde. Esa mujer jamás existió —me declaró un destacado historiador cubano.

Y otro:

—Cirilo Villaverde inventó el nombre de su protagonista utilizando las iniciales que el mismo usaba (C V.): Cecilia Valdés.

¿Pero y la misteriosa tumba que hallamos en el cementerio?

—En Cuba hubo muchas Cecilias de apellido Valdés… —respondían.

Solo el destacado investigador e historiador cubano Pedro Deschamps Chapeux, nos expresó:

—Creo que estás bien encaminado. Continúa la investigación que quizás esa tumba te ayude a esclarecer si existió o no la Cecilia que protagonizó la inmortal novela de Villaverde.

Deschamps años atrás había logrado comprobar que muchos de los personajes de la novela de Villaverde habían sido, como vulgarmente se dice, “de carne y hueso”. Faltábanle los protagonistas principales: Cecilia y Leonardo, aunque en sus investigaciones había logrado la plena identificación de Leonardo Gamboa con Cándido Rubio. Sobre la verdadera existencia de Cecilia nunca se pudo hallar rastros. ¡Tal parecía que se habían esfumado en la historia!

Aquella tumba: una clave

Después de un incesante peregrinar en busca de datos por archivos, bibliotecas, dialogar con historiadores, etcétera, la intuición reporteril nos hizo volver los pasos hacia el punto de partida: la Necrópolis de Colón. Una valiosa y entusiasta cooperación íbamos a encontrar en ese lugar por parte del administrador y de los empleados; y muy especialmente del compañero Femando Hernández Benítez, quien desde los primeros momentos se mostró vivamente interesado en el asunto. Largas sesiones de búsqueda en los libros de enterramientos de la necrópolis efectuamos casi diariamente hasta que al fin aquella tumba con la inscripción: CECILIA VALDES 1893 comenzó a revelarnos datos interesantes…

Cándido y Leonardo, la misma persona

Nuestra tarea primordial fue comprobar que Cándido Rubio Lima y Leonardo Gamboa (el personaje de la novela) eran la misma persona.

Ya Villaverde en su carta a Julio Rosas así lo insinuaba al manifestar que Cecilia fue una mulata muy linda con quien llevó amores Cándido Rubio, su condiscípulo y amigo en La Habana.

El joven Cándido Rubio era hijo de Don Cándido Rubio Bujedo y de Doña Gertrudis Lima, hija de Don Francisco de Borja de Lima y Muñoz, cuyos antecesores, procedentes de la región portuguesa del Puerto de la Barca, se habían instalado en Cuba, a mediados del siglo XVII.

Don Francisco de Borja de Lima y Muñoz había sido capitán de Infantería de la Plaza de La Habana y gozaba de la merced de Hijo-dalgo. En 1819 se le concedió por real decreto el título de Marqués de Santa Olalla y en 1822, ingresaba en la orden de Carlos III. Casó con Doña Tomasa Domínguez y Sosa, de cuyo matrimonio nació Gertrudis, la que fuera esposa del viejo Cándido Rubio que en la novela Villaverde presenta como Cándido Gamboa.

En Historia de Familias Cubanas (Habana, 1942 tomo 3) de Francisco Xavier de Santa de Cruz y Mellen, conde de San Juan de Jaruco y de Santa Cruz de Mompox, aparece que Doña Gertrudis de Lima y Domínguez casó con Don Cándido Rubio, del cual no se menciona su segundo apellido, procedencia, empleo, ocupación o profesión, condición social, etc., lo que parece confirmar que era un “Don nadie», al que recordaba el sastre Uribe (en la novela) que cuando Cándido Gamboa llegó de su tierra “…traía zapatos de empleita (alpargatas), chaqueta y calzones de bayeta y gorro de paño (boina). A poco más puso taller de maderas y tejas, después trajo negros de África a montones, después casó con una niña que tenía ingenio, después le entró dinero por los cuatro costados y hoy es un caballero de primera, sus hijas ruedan quitrín de pareja y su hijo bota onzas de oro como quien bota agua…”

En la vida real de la familia Rubio-Lima así ocurrió. A la muerte del marqués de Santa Olalla ocurrida el 4 de octubre de 1822, el ingenio San Francisco de Borja, del Partido de Guanajay, pasó a poder de sus herederos, entre ellos su hija Gertrudis y el cual fue administrado por Cándido Rubio, que poseía por su parte, un taller de maderas, unas 30 casas y otra negocios, contando entre sus asociados a hacendados y negreros.

Villaverde conocía a la familia Rubio-Lima

Villaverde, indudablemente, como habrá podido apreciar el lector, tuvo relaciones muy estrechas con la familia Rubio-Lima (en la novela Gamboa-Sandoval) que le permitieron conocer intimidades que llevó a las páginas de su genial obra. Sobre todo, en lo referente al manejo de los bienes, motivo de discusión alguna que otra vez entre Leonardo y su madre (Rosa Sandoval) y que en 1854, al fallecimiento del viejo Rubio (Cándido Gamboa) que no hizo testamento, diera origen a reclamaciones de los herederos del Marqués de Santa Olalla, de las cuales conocieron los tribunales de la época.

En cuanto a Cándido Rubio Lima (Leonardo Gamboa) falleció el 9 de agosto de 1881 dejando como herederos de sus cuantiosos bienes a su esposa Camila Entralgo y a su hija María de los Dolores Rubio, según el testamento que dictara el 8 de marzo de 1864, ante el notario Don Francisco de Castro, firmando como testigos de su voluntad Don Juan Manuel de Porto y Don José Sixto Guanche.

Hasta aquí todo la que hemos podido hallar concerniente a la vida de esta familia que se identifica plenamente con la Gamboa-Sandoval de la inmortal novela.

¿De quién es la tumba?

El hecho de que una dama nombrada Cecilia María de la Merced Valdés haya adquirido su propia tumba en 1886 para luego utilizarla siete años después, rodeaba el asunto de un tupido velo de misterio.

Es cierto que esta dama nacida el 10 de agosto de 1807 e hija de la Real Casa de Maternidad contaba al adquirir la propiedad de la tumba la edad de 78 años, pero también es cierto, que ella adquiría la propiedad de una tumba que ya estaba ocupada. ¿Por quién?

He aquí la historia que hemos logrado reconstruir:

Ocurrió que el primero de junio de 1883 se le dio sepultura en el Cementerio de Colón de esta ciudad de La Habana, a un hombre nombrado Antonio Valdés, de 40 años de edad, que falleció a consecuencia de tuberculosis e hijo también de la Real Casa de Maternidad, es decir, de padres desconocidos.

A los tres años de enterrado, o sea, en 1886, Cecilia María de la Merced Valdés, presentó al Obispo de La Habana una solicitud en la que expresaba su deseo de obtener la propiedad a perpetuidad del terreno situado en el cuartel noreste, cuadro número 6, campo común, hilera cuatro, fosa doce del tramo tercero donde yacían —y aún yacen— los restos de Antonio Valdés.

Con fecha 34 de noviembre de ese mismo año, se la otorga el permiso correspondiente para la adquisición de dicha propiedad y se fija el valor de del terreno por la suma  de 20 pesos oro.

Dos cuerpos en una tumba

Transcurren siete años y el 20 de mayo de 1893 a las diez de la noche, sola y sin familiares fallece víctima de esclerosis cerebroespinal, Doña Cecilia a la edad de 86 años en una pequeña casita de la calle San Nicolás número 179, en esta ciudad, y son sus vecinos los encargados de amortajarla y de correr con todos los trámites de su enterramiento. Sus restos están depositados en la misma tumba que ocupara desde 10 años atrás Antonio Valdés.

¿Era el hijo de esta Cecilia?

Antonio Valdés —cabe la posibilidad— de que sea hijo de esta mujer que llevó en vida el nombre de Cecilia Valdés.

Resulta lógico que sólo una madre haga la elevada inversión para aquella época de 20 pesos oro para adquirir la propiedad de un terreno en el cementerio y evitar de esta forma que fueran exhumados con destino desconocido los restos del que fuera su hijo.

También es lógico, que debido a su avanzada edad, ella haya dispuesto alguna suma de dinero para que a su muerte se le enterrara junto a su hijo y además se le construyera un sólido panteón como el que aparece en la foto que a través de los años se ha conservado perfectamente. Este encargo, pudiera ella haberlo confiado a algún vecino, de los tantos que firmaron como testigos en el acta de su defunción. Con todo, estas suposiciones no dejen de ser hasta cierto punto especulativas. Otro dato interesante:

Bautizado en dos ocasiones

Los detalles alrededor del nacimiento de Antonio Valdés están llenos de misterio.

Antonio Valdés nació el 29 de agosto de 1842 y fue bautizado privadamente por el cura Don Cristóbal Soler. Es decir, sus padres obviaron el trámite de conducirlo a la iglesia y darle al fausto acontecimiento la notoriedad y festividad que se acostumbraba. Diríase más bien que fue un bautizo a hurtadillas. Y nos preguntamos: ¿Por qué?

Otro detalle de interés: Antonio fue llevado a la Real Casa de Maternidad el 25 de enero de 1843. Es decir, cuando contaba ya con cinco meses de nacido. ¿Por qué esperaron tanto para deshacerse del muchacho?

Suponemos que algo imprevisto ocurrió cuando sus padres o tutores cambiaron bruscamente el deseo de conservar al niño pese a que ya lo habían bautizado. (Se nos informó en el Arzobispado que se trata de un caso insólito en la historia de la Casa Cuna).

Cuando Antonio Valdés ingresó en la Real Casa de Maternidad fue bautizado nuevamente a pesar de que, como hemos dicho anteriormente, lo había sido ya privadamente.

El niño había sido arrojado al torno de la institución con una nota adjunta en sus pañales donde se hacía constar el día de su nacimiento y su bautizo.

Relaciones entre Cándido y Antonio

Investigando paralelamente las vidas de Cándido Rubio Lima y Antonio Valdés, hallamos numerosas coincidencias que mientras no se demuestre lo contrario, nos sugieren la posibilidad que sean relaciones padre-hijo.

Empecemos por el bautismo.

En un libro de bautismos de la iglesia del Spíritu Santo aparece como padrino de Cándido Rubio Lima (Leonado Gamboa) un individuo nombrado Alexandro Romay.

Antonio Valdés fue bautizado con el nombre de Antonio Juan Alexandro Valdés.

Al parecer el nombre de Alexandro nunca le gustó al joven Antonio o quizá le traía desagradables recuerdos pues al cumplir la edad de 21 años solicitó permiso a Arzobispado de La Habana para cambiar este nombre por el de Alejandro.

Otro hecho importante:

El mismo testigo de matrimonio

Cándido Rubio (Leonardo) contrajo matrimonio el 13 de abril de 1815 con Camila María del Carmen Entralgo de Almanza y uno de los testigos se nombra Gerónimo de Salazar. La boda se realizó en el Spíritu Santo.

Transcurren 18 años y en la parroquia de Jesús del Monte contrae matrimonio el joven Antonio Valdés y ¿sabe el amigo lector quién firma como testigo? ¡Gerónimo de Salazar!

¿Quién es Gerónimo de Salazar?

José Gerónimo de Salazar nadó en La Habana el 30 de septiembre de 1826 y su bautizo aparece registrado en el libro 13 de la iglesia del Ángel. Su nacimiento se legitimó por el matrimonio que contrajeron sus padres el 14 de marzo de 1828.

En el año 1846, Gerónimo era sacristán de la iglesia del Spíritu Santo y en 1858, encontramos en una relación de acreedores que este hombre aparece debiendo la suma de 42 pesos oro y 5 reales nada menos que… a ¡Antonio Valdés!

Este dato nos inclina a pensar que el tal Gerónimo —nombre que no era muy corriente en esa época, ni en ésta tampoco— amigo íntimo de Cándido Rubio Lima, fungía como intermediarte para tal vez entregar a Antonio Valdés la “mesada” o pensión que le hacía llegar mensualmente su supuesto padre. Porque… ¿cómo explicar que un individuo de la desahogada posición económica de Gerónimo, dedicado el lucrativo negocio de la cigarrería en esa época, debiera tan ridícula suma de dinero a Antonio que sólo contaba en aquellos momentos 16 años de edad?

Es posible que Gerónimo por indicaciones de Cándido Rubio protegiera a Antonio empleándolo en algunos trabajos que en alguna ocasión dejó de pagarle, de ahí que se produjera la correspondiente denuncia que encontramos.

Sea una cosa u otra, queda virtualmente demostrado mediante estos hechos que entre Cándido Rubio y Antonio Valdés existió alguna relación.

Cecilia y el viejo Rubio

Cándido Rubio Bujedo, que así se llamaba el padre de Cándido Rubio Urna (Leonardo), contrajo matrimonio en la iglesia de la catedral en 1809 (dos años después de nacer la presunta Cecilia) con Doña Gertrudis Lima y de esta unión tuvo tres hembras y dos varones. Todas las hembras a excepción de Rosario, la mayor, fueron bautizadas con el nombre de: María de la Merced Lázara y María Antonia de la Merced.

El viejo Cándido, (y ahora viene la especulación) devoto fidelísimo de la virgen de la Merced, no tendría a menos bautizar a su primera hija, habida en concubinato con la mulata Rosario Alarcón —según la novela—, con el nombre de Cecilia María de la Merced Lorenza.

Y otra coincidencia: ¿Tan fuerte fue el amor que sintió el viejo Cándido por la madre de Cecilia que tampoco titubeó en ponerle Rosario a su primera hija?

Todos estos datos y otros más que harían interminable este trabajo nos inclinan a creer que si Cirilo Villaverde al final de la novela incurrió en deliberadas alteraciones, no lo hizo al principio donde como él dice “con todos los pelos y señales” expresa que la atractiva mulata fue hija de Cándido Rubio. Pero, ¿por qué Villaverde altera el final de su novela?

La verdadera razón de las alteraciones

En el curso de la obra, Villaverde repite en más de una ocasión: “…esta verídica historia…”; “la verídica historia cuya fisonomía trazamos…”

Pero esto no es todo. Lo más afirmativo radica, en que toma como modelo a una mulata que llevó amores con su amigo y condiscípulo Cándido Rubio, quien aún vivía en La Habana en 1879, cuando termina su novela. Y de esto, hay mucho que decir, ya que sin duda, el hecho de estar vivo en dicha fecha, aunque ya no en 1882, cuando llegan a La Habana los primeros ejemplares de “Cecilia Valdés” editada en Nueva York; es lo que obliga a Villaverde a dar un final violento a su obra; valiéndose quizás para ella, en parte; de un hecho real ocurrido en 1835, fuera de la época que relata (1812-1831) y lejos del verdadero escenario del sangriento suceso.

Villaverde, según las acuciosas investigaciones del historiador Deschamps, dada su amistad con Cándido Rubio Lima, desde sus años de estudiante, seguramente no ignoraría su matrimonio con Doña Camila Entralgo y Almanza, natural de San Agustín de La Florida, donde ésta nació por el año 1820 y en cuya posesión española en aquel entonces, su padre Juan Blas Entralgo, desempeñaba el oficio de escribano del gobierno colonial. En 1842, la Guía de Forasteros de la Isla de Cuba, lo registra ejerciendo como tal, domiciliado en la calle San Ignacio 31, en la ciudad de La Habana.

A esto hay que añadir que en 1845 (13 de abril), fecha del matrimonio de Cándido Rubio con Camila Entralgo, el autor de “Cecilia Valdés” se encontraba en La Habana, ejerciendo como profesor y periodista, en cuya época dio a la publicidad “La peineta calada” (1843); “Dos amores” (1843), “El Penitente” (1844) y “La Tejedora de sombreras de yarey” (1844-45).

En estas actividades de profesor, periodista, escritor, permaneció Villaverde en la ciudad de La Habana hasta 1848, en que las autoridades coloniales descubrieron su participación en la conspiración de la “Mina de la Rosa Cubana” lo detienen y lo condenan a muerte, salvándose, gracias a la fuga que realiza el 31 de marzo de 1849 con otros implicados en la conspiración y se dirige a Estados Unidos.

Regresa a Cuba en 1858

Villaverde, que en 1858 regresa a Cuba, acogido a una amnistía dictada por el gobierno colonial español, a pesar del poco tiempo que permaneció en La Habana, con toda seguridad tuvo noticias de que su viejo amigo y condiscípulo Cándido Rubio Lima se había convertido en un opulento fabricante de azúcar, dueño del ingenio “Jesús María”, situado en la zona de Quiebra-Hacha, con una dotación de 208 esclavos y que gozaba de una sólida posición económica y social, que le permitía realizar operaciones de préstamos y compra-venta de propiedades, en compañía de su cuñado Don Antonio del Valle Hernández.

Si bien Villaverde como vemos, insiste en la veracidad de los hechos que él narra tan magistralmente, están deliberadamente alterados, cosa que por demás no tiene por que restar autenticidad a sus principales personajes y a los secundarios.

Entre estos últimos podemos identificar perfectamente al médico Tomás Montes de Oca, su esposa Agueda Valdés; el negrero Joaquín Gómez, el traficante Pedro Blanco, cuyas actividades fueron narradas en la novela “El Negrero”, de Novás Calvo; el músico Brindis de Salas, el casi legendario Tondá, favorecido por el capitán general Francisco Dionisio Vives y así sucesivamente otros personajes que forman parte entre los años 1812 y 1831 del mundo en que se destaca Cecilia Valdés, que como señala un estudioso de la obra de Villaverde:

“Todo esto confirma la creencia de que Cecilia Valdés existió y que fue conocida de Villaverde, quien siguió de cerca sus pasos para retratarlas en la novela, como lo hizo después con tanto éxito”.

(E. Rodríguez Herrera).

Sí es bueno señalar que Villaverde, al referirse a Tondá, cuyo verdadero nombre era José Herrera, alférez del batallón de Morenos de La Habana, relata su muerte como acaecida en los primeros días de enero de 1831, a manos del esclavo prófugo de los Gamboa: Dionisio Gamboa o Jaruco. El hecho cierto es que Tondá murió violentamente el primero de agosto de 1827, según consta en su defunción, asentada en los libros de enterramientos de la iglesia de Jesús María y José, señalando Calcagno en su Diccionario Biográfico que el autor de su muerte fue un negro curro conocido como Curro Figueras o Figuras.

Leonardo (el verdadero) no murió asesinado

En cuanto al final de la novela, que se nota a las claras que fue apresurado, inferimos que el sangriento epílogo puede estar basado en un hecho cierto: la muerte del Conde de Peñalver, ocurrida en 1835, cuando fue acuchillado por un desconocido en las escaleras de la iglesia de La Catedral.

Leonardo Gamboa, el verdadero, o sea Cándido Rublo, —pudimos comprobar a través de su defunción— falleció en la casa marcada con el número 104 de la calle Campanario en esta ciudad a consecuencias de una enteritis crónica cuando contaba la avanzada edad de 70 años.

Federico Villoch, en una de sus Postales Descoloridas, cree que Villaverde utiliza el asesinato del conde de Peñalver para darle un final sensacional a su obra, que por otra parte, siguiendo los datos verídicos que hasta ese momento había estado utilizando, no le hubiera sido posible, porque en esa fecha, Leonardo Gamboa, el verdadero, estaba vivo en la persona de Cándido Rubio Lima, como lo estaba igualmente en 1819, fecha en que Villaverde escribe en Nueva York, en el mes de mayo, el último capítulo de su novela.

Conclusión

Después que el amigo lector haya leído o vuelva a leer la genial obra de Villaverde y, desde luego, establezca comparaciones y haga sus reflexiones alrededor de estos datos que hemos aportado, además de hallar aún más interesante la novela, podría contestar esta interrogante: ¿Existió Cecilia Valdés? ¿Dentro de esta tumba yacen los restos de la hermosa mujer que inspiró la tradicional novela de Cirilo Villaverde?

Que se llamara Cecilia María de la Merced o Cecilia María del Rosario puede que sea lo de menos, pues como expresa Manuel de la Cruz: “Villaverde es un caso singular de imaginación reconstructiva. No ha creado hombres ni cosas, en el sentido artístico de la frase, los ha reproducido como una cámara oscura. No ha asociado elementos dispersos para construir caracteres y situaciones, ha copiado como un pintor retratista, del modelo vivo…”

Ahora tienen la palabra los historiadores.


[1] Publicado en BOHEMIA, edición no. 9, del 28 de febrero de 1975; páginas 4-9.

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Un comentario

  1. Me encanta la novela y es muy interesante todo el aporte de la investigación aunque noté algunas inconsistencias en las fechas pero se puede entender por el tiempo transcurrido y l falta de documentos. Ha sido excelente su trabajo. Muchísimas gracias

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